Torres de medianoche
- Автор: Джордан Роберт, Сандерсон Брендон
- Серия: La Rueda del Tiempo #13
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:
—En qué lugar se halla ahora lo ignoro —contestó ésta—. Pero sé dónde va a estar…
Fortuona Athaem Devi Paendrag, dirigente del Glorioso Imperio Seanchan, entró en su aula de adiestramiento. Iba ataviada con un magnífico vestido de tela dorada, confeccionado al estilo de la más alta moda imperial. La falda se dividía por delante justo por encima de las rodillas y era tan larga que hacían falta cinco da’covale para llevar los lados y la cola.
Lucía un tocado muy vistoso de seda dorada y carmesí, con hermosas alas sedosas que imitaban las de un búho alzando el vuelo, y en los brazos brillaban trece brazaletes, cada uno con una combinación de gemas diferente. Colgado al cuello, un largo collar de reluciente cuarzo. Había oído un búho por encima de su ventana esa noche, y el ave no había huido cuando ella se había asomado. Era un augurio que indicaba que debía ser muy prudente, que en los próximos días habría de tomar decisiones importantes. La respuesta apropiada a tal auspicio era llevar joyas con un simbolismo poderoso.
Cuando entró en el aula, los que se encontraban dentro se postraron. Sólo la Guardia de la Muerte —hombres con armaduras de color rojo sangre y verde oscuro— estaba exenta; hicieron una reverencia, pero mantuvieron los ojos altos, atentos a cualquier atisbo de peligro.
En la gran aula no había ventanas. Al fondo se veían hileras de piezas de cerámica apiladas; un lugar donde las damane practicaban tejidos de destrucción. El suelo estaba cubierto de alfombrillas tejidas donde las damane contumaces caían al suelo retorciéndose de dolor. No era conveniente dañarlas físicamente; las damane se encontraban entre las herramientas más importantes que el imperio tenía, más valiosas que los caballos o los raken. No se destruía a una bestia porque aprendiera despacio; se la castigaba hasta que aprendía.
Fortuona cruzó el aula hasta donde se había instalado un trono imperial apropiado. Por lo general acudía allí a fin de observar los procedimientos para hacer trabajar a las damane o para quebrantarlas. Eso la relajaba. El trono estaba sobre una pequeña plataforma; subió los escalones, seguida por el frufrú de la cola del vestido que sujetaban las da’covale. Se volvió de cara a los presentes y permitió que las criadas arreglaran el vestido. La tomaron por los brazos y la ayudaron a sentarse en el trono, de forma que los vuelos de la dorada falda se extendieran por la parte delantera de la plataforma como un tapiz.
Esa falda llevaba escritos con puntadas los lemas de poder imperial. «La emperatriz ES Seanchan». «La emperatriz VIVIRA para siempre». «A la emperatriz se le DEBE obediencia». Sentada allí era como un estandarte viviente del poderío del imperio.
Selucia ocupó su posición en los escalones inferiores de la plataforma. Hecho esto, los cortesanos se incorporaron. Las damane, por supuesto, permanecieron de rodillas. Había diez y tenían la cabeza agachada; sus sul’dam sostenían las correas y —en unos pocos casos— les daban palmaditas afectuosas en la cabeza.
El rey Beslan entró. Se había afeitado casi toda la cabeza, dejando sólo una oscura franja de pelo en lo alto, y llevaba esmaltadas siete uñas de los dedos de las manos. Una más que cualquiera de la Sangre a este lado del océano, excepto la propia Fortuona. Todavía se vestía con ropas altarenesas —uniforme verde y blanco— en lugar de atavíos seanchan, pero Fortuona no lo había presionado en ese sentido.
Que ella supiera, Beslan no había hecho ningún plan para que la asesinaran desde su ascensión al trono. Asombroso. Cualquier seanchan habría empezado a intrigar de inmediato. Algunos habrían probado con el asesinato; otros habrían decidido limitarse a hacer planes, aunque sin dejar de darle su apoyo. No obstante, todos habrían considerado la idea de matarla.
Muchos a este lado del océano pensaban de forma distinta. Jamás lo habría creído de no ser por el tiempo que había pasado con Matrim. Obviamente, ésa era una de las razones por las que Fortuona había tenido que ir con él. Ojalá hubiese sabido interpretar los augurios antes.
A Beslan se le unieron el capitán general Lunal Galgan y unos cuantos miembros de la Sangre baja. Galgan era un tipo de hombros anchos, con una cresta de cabello blanco en lo alto de la cabeza. Los otros miembros de la Sangre le mostraban deferencia, pues sabían que gozaba de su favor. Si las cosas iban bien aquí y con la reclamación de Seanchan, tenía muchas probabilidades de que lo ascendiera a la familia imperial. Después de todo, haría falta cubrir de nuevo los rangos de la familia una vez que Fortuona regresara y restaurara el orden. Con toda seguridad, muchos habrían caído asesinados o ejecutados. Galgan era un aliado muy valioso. No sólo se había opuesto sin tapujos a Suroth, sino que había sugerido el asalto a la Torre Blanca, una maniobra que había salido bien. Sumamente bien.
Melitene, la der’sul’dam de Fortuona, se adelantó e hizo otra reverencia. La corpulenta mujer, de cabello canoso, conducía a una damane de cabello castaño oscuro que tenía los ojos inyectados de sangre. Al parecer, lloraba con frecuencia.
Melitene tuvo la decencia de mostrarse avergonzada por lo del llanto e hizo una reverencia más. Fortuona eligió no darse por enterada del desagradable comportamiento de la damane. Ésta era una buena captura, a pesar de su mal humor.
Fortuona hizo una serie de gestos a Selucia, indicándole lo que tenía que decir. La mujer observó con ojos penetrantes; llevaba la mitad de la cabeza cubierta con tela, a la espera de que el cabello le creciera, mientras que la otra mitad la llevaba afeitada. Con el tiempo, Fortuona tendría que elegir otra Voz, ya que Selucia era ahora su Palabra de la Verdad.
—Muéstranos qué sabe hacer esta mujer —dijo Selucia, dando Voz a las palabras que Fortuona le había indicado.
Melitene dio unas palmaditas a la damane en la cabeza.
—Suffa mostrará a la emperatriz, así viva para siempre, el Poder de hender el aire.
—Por favor —dijo Suffa, mirando a Fortuona con gesto suplicante—. Por favor, escuchadme. Soy la Sede Amyrlin.
Melitene ahogó una exclamación, y los ojos de Suffa se desorbitaron al sentir la descarga de dolor a través del a’dam. Aun así, la damane continuó hablando:
—¡Puedo ofrecer una gran recompensa, poderosa emperatriz! Si me dejáis volver, os entregaré a diez mujeres a cambio. ¡A veinte! Las más poderosas que tenga la Torre. Yo…
Enmudeció de golpe y después cayó al suelo lanzando gemidos.
Melitene sudaba. Miró a Selucia y habló deprisa, con nerviosismo:
—Por favor, explicad a la emperatriz de todos, así viva para siempre, que bajo los ojos al haber perdido prestigio por no saber entrenar a esta damane de forma apropiada. Suffa es obstinada hasta la saciedad, a despecho de su rapidez para echarse a llorar y ofrecer a otras en su lugar.
Fortuona permaneció impasible un instante, dejando que Melitene sudara. Por fin, hizo unos signos para que Selucia contestara.
—La emperatriz no está disgustada contigo —dio Voz Selucia a las palabras de Fortuona—. Todas estas marath’damane que se llaman a sí mismas Aes Sedai han demostrado ser obstinadas.
—Por favor, expresad mi gratitud a la Altísima Señora —pidió Melitene, más relajada—. Si le place a La que Mira a lo Alto, conseguiré que Suffa lo haga, aunque podría haber más arranques emocionales.
—Puedes proseguir —dio Voz Selucia.
Melitene se arrodilló junto a Suffa y, al principio, le habló con dureza, pero a continuación lo hizo con voz reconfortante. Era muy hábil en el trabajo con antiguas marath’damane. Ni que decir tiene que Fortuona también se consideraba buena con las damane. Disfrutaba quebrantando marath’damane tanto como su hermano Halvate había disfrutado entrenando grolm salvajes. Siempre creyó que era una lástima que lo asesinaran. Era el único hermano con el que se había encariñado.