Viernes o Los limbos del Pacífico
- Автор: Tournier Michel
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viernes o Los limbos del Pacífico». Краткое содержание книги:
Аннотация
Viernes o Los limbos del PacíficoMe encontraba sumergido en estas reflexiones cuando tuve la ocasión de atravesar una provincia de Irlanda del Norte que acababa de sufrir una hambruna terrible. Los supervivientes vagaban por las callejas de las aldeas como fantasmas esqueléticos y se amontonaban los muertos en piras para destruir con ellos los gérmenes de las epidemias, más temibles aún que la escasez. La mayoría de los cadáveres eran del sexo masculino -hasta tal punto es cierto que las mujeres soportan mejor que los hombres la mayoría de las pruebas- y todos proclamaban la misma lección paradójica: en aquellos cuerpos consumidos por el hambre, vaciados de su sustancia, reducidos a maniquíes de cuero y tendones de terrorífica sequedad, el sexo -y sólo él- florecía monstruosamente, cínicamente, más hinchado, más turgente, más musculoso, más triunfante que jamás, sin duda, lo había sido nunca, antes, cuando aquellos miserables estaban vivos. Aquella fúnebre apoteosis de los órganos de la generación arrojaba una extraña luz sobre las razones de Gloaming. Imaginé inmediatamente un debate dramático entre aquella fuerza de vida -el individuo- y aquella fuerza de muerte: el sexo. De día, el individuo tenso, elevado, lúcido rechaza lo indeseable, lo reduce, lo humilla. Pero a merced de las tinieblas, de una debilidad, del calor, del atontamiento, de ese atontamiento localizado: el deseo, el enemigo abatido se reconstruye, afina su espada, simplifica al hombre, hace de él un amante al que sumerge en una agonía pasajera; luego le cierra los ojos y el amante se entrega a la pequeña muerte; es un durmiente, acostado sobre la tierra, flotando en las delicias del abandono, de la renuncia a sí mismo, de la abnegación.
Acostado sobre la tierra. Estas cuatro palabras, caídas con toda naturalidad de mi pluma, son tal vez la clave. La tierra atrae irresistiblemente a los amantes enlazados cuyas bocas se han unido. Tras el abrazo, les acuna en el sueño feliz que sigue a la voluptuosidad. Pero también es ella la que envuelve a los muertos, bebe su sangre y come su carne, para que esos huérfanos sean devueltos al cosmos del que habían sido arrebatados el tiempo que dura una vida. El amor y la muerte, esos dos aspectos de una misma derrota del individuo, se arrojan con un impulso común en el mismo elemento terrestre. Uno y otra son de naturaleza telúrica.
Los más sagaces de los hombres adivinan -más que percibir con claridad- esta relación. La situación sin precedentes en que yo me encuentro me la muestra de forma meridiana… ¡Qué digo!: me obliga a vivirla con todos los poros de mi piel. Privado de mujer, estoy reducido a amores inmediatos. Despojado del rodeo fecundo que representan las vías femeninas, me encuentro sin dilación ante esta tierra que será también mi última morada. ¿Qué he hecho en la loma rosa? He cavado mi tumba con mi sexo y he muerto de esa muerte pasajera que tiene por nombre voluptuosidad. Me doy cuenta además de que de este modo he franqueado una nueva etapa en la metamorfosis que estoy padeciendo. Porque he necesitado años para llegar a ello. Cuando fui arrojado a estas costas, era hijo de los moldes de la sociedad. El mecanismo que desvía la vocación naturalmente geotrópica del sexo para dirigirle al circuito uterino actuaba en mi vientre. Era la mujer o nada. Pero a poco la soledad me ha ido simplificando. El rodeo ya no tenía objeto, el mecanismo ha dejado de funcionar. Por vez primera en la loma rosa mi sexo ha vuelto a encontrar su elemento naturaclass="underline" la tierra. Y al tiempo que realizaba este nuevo progreso en el camino a la deshumanización, mi alter ego cumplía, al crear un arrozal, la obra humana más ambiciosa de su reinado sobre Speranza.
Toda esta historia sería apasionante si yo no fuera el único protagonista y si no escribiera con mi sangre y mis lágrimas.
Isaías, LXII.
De pie en el umbral de la Residencia, ante el atril sobre el cual se abría la Sagrada Biblia, Robinsón se acordaba, en efecto, de un día ya lejano en que él había bautizado a aquella isla con el nombre de Desolación. Pero aquella mañana tenía un esplendor nupcial y Speranza estaba postrada a sus pies en la dulzura de los primeros rayos del levante. Un rebaño de cabras descendía de la colina y los cabritos, impulsados por la pendiente y por su exceso de vitalidad, caían y botaban como pelotas. Al oeste, el pelaje dorado de un campo de trigo maduro ondulaba bajo la caricia de un viento tibio. Un ramillete de palmeras interrumpía el resplandor plateado del arrozal erizado de jóvenes espigas. El cedro gigante de la gruta resonó como un órgano. Robinsón pasó algunas páginas del Libro de los libros y lo que leyó no era sino el cántico de amor de Speranza y su esposo. Le decía:
Y Speranza le respondía:
Y ella le decía por último, como si hubiera podido leer en su interior, sus meditaciones sobre el sexo y la muerte:
De este modo Speranza, a partir de ese momento, tenía el don de la palabra. Ya no era el roce del viento de los árboles, ni el mugido de las olas inquietas, ni los chasquidos apacibles del fuego vigía que se reflejaba en los ojos de Tenn. La Biblia, plena de imágenes que identifican la tierra con una mujer o la esposa con un huerto, acompañaba a sus amores con el más venerable de los epitalamios. Robinsón aprendió pronto de memoria aquellos textos sagrados tan ardientes y, cuando atravesaba el bosque de los gomeros y los sándalos para dirigirse a la loma rosa, profería los versículos del esposo, y luego, callándose, oía cantar en él las respuestas de la esposa. Estaba entonces preparado para arrojarse sobre un surco de arena y, poniendo a Speranza como un sello sobre su corazón, calmar en ella su angustia y su deseo.