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Электронная книга - «Quiz? Nos Lleve El Viento Al Infinito». Краткое содержание книги:

Quiz? Nos Lleve el Viento al Infinito: La historia del capit?n de nav?o a quien la OTAN encomienda una delicada misi?n, de Irina, una agente sovi?tica, y del cient?fico que, recluido en un sanatorio, se asemeja a un personaje literario, puede leerse como un apasionante relato policiaco, de espionaje y aventuras. Pero tambi?n encierra una met?fora de la d?bil l?nea que separa lo real de lo verdadero e imaginario, as? como una visi?n de las falsedades o inverosimilitudes de la Historia y de las servidumbres del progreso cient?fico y de otros mitos contempor?neos.
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El tercer treinta y tres con treinta y tres había recaído jubilosamente en la persona de Pat D'Omersson, un genio que se ignoraba, porque lo más probable era que, desde el momento en que pudo pensar, lo hizo por y para los otros, y quizás, a las alturas de mi relato, no hubiera descubierto aún que se podía también pensar en uno mismo. Pat había hecho una revolución, había liberado un país, lo había organizado, y el país se lo había agradecido con el destierro a regañadientes, cuando lo que les hubiera gustado a los últimos triunfadores (que en este momento ya no lo son), cuando lo que se proponían, era mantenerlo indefinidamente, ya que infinitamente no les era dado, en prisión, acaso en una jaula, para mayor inri, y lo hubiesen hecho, sin las protestas firmadas de media Humanidad. Durante su encierro, Pat había compuesto los «Cantos de un prisionero», y ahora, de vez en cuando, las revistas político-literarias publican algún que otro «Canto del destierro». Pat liberó a su país con entera independencia de lo que acerca de eso pensasen los del Este y los del Oeste, casi diría que con indiferencia, y eso siempre se paga: como los que lo encadenaron se apoyaban ya en una potencia del Oeste, insensiblemente Pat se vio empujado hacia el Este, en lo que yo veía precisamente una dificultad para entrar en el corazón de Irina, que era rusa y patriota, pero no comunista; que ahora estaba seguramente intentando ayudar a la señora Fletcher a reunirse con su marido, no a pasar al Este contrabando estratégico. Se me olvidó decir que Pat era ligeramente moreno, y que se le suponía nacido en Martinica. En todo caso, era también de cultura francesa. Su experiencia del dolor superaba a la de cualquiera, pero no se había dado cuenta, en el sentido de que el dolor no había dejado huella en su alma: ¡así era de puro!

He aquí mi situación sentimental formulada en números:

Blaise Sanders…… 33,33

Ernst von Bülov… 33,33

Pat D'Omersson… 33,33

____________________

99,99

Aquella brizna de parcialidad, aquel 0,01 del que yo podía disponer libremente, o al menos eso debería ser, iba a decidir mi Destino, probablemente el de Irina, y quizás el de Eva Gredner, que hallaría mi rastro entre millones de rastros, podenco artificial y demoníaco, y me descubriría allí donde fuese a esconderme. Obsérvese, sin embargo, la inutilidad de las soluciones matemáticas, y, en general, racionales: todo depende, como al principio, de una corazonada o de un capricho, cuando no de un azar. Mi deseo de jugar, en aquel momento, había mermado considerablemente. La carta de Irina había operado dentro de mí algo semejante a una transformación, y no me atrevo a decir que una metamorfosis porque ésta es la palabra que vengo utilizando para indicar mis cambios de residencia. Con la brizna en la mano, lanzándola al futuro como se lanza al aire un yo-yo, y recogiéndolo luego, estuve a punto de arrojársela a Pat, y casi lo había acordado ya después de releer uno de esos poemas en que el amor a los hombres se transfigura en ritmo antillano donde todo resuena y baila, huracán, palmeras y maracas. Pero me estremecí al pensar que yo proyectaba firmemente, para Irina y para mí, un destino estrictamente privado en el caso de que lográsemos salir indemnes de la aventura, lo cual llevaba consigo la desaparición inexorable de Pat del mundo en que era feliz, aquél en que se pelea por la libertad de los hombres, aunque sea sin esperanza. ¡Y yo, que ya me había imaginado provisto de sus grandes ojos oscuros, de su voz cadenciosa, del tacto como de gato, como de tigre, de su piel! Por otra parte, aunque su presencia hubiera sido bien vista en Berlín Este, no así en el Oeste, ni siquiera con el pretexto o la justificación de escuchar a Von Karajan. «¿Lo ha oído ya? ¡Pues márchese!» Este posible exabrupto policiaco podía recibirlo uno de los más grandes poetas del mundo libre, un hombre que, hasta ahora, no se había replegado jamás sobre sí mismo: la operación precisamente cuyo comienzo le reservaba a Irina.

Un razonamiento parecido me obligó a recoger en el aire la brizna de destino cuando ya la había adjudicado al nombre de Sanders: teníamos que esconder a Irina, y eso no nos permitiría seguir jugando al criquet. Ignoro la fuerza que sobre mi voluntad podrían hacer los hábitos y las aspiraciones deportivas de Sanders, pero fácilmente imaginaba lo que harían los periódicos, los aficionados y los clubs. Llegué, en el mismo momento, a la conclusión de que la única persona cuyo destino aparente no se vería alterado por mi intervención y mis proyectos era Von Bülov, ya que nada procedente de Irina, menos aún su compañía, le impediría enseñar Historia e ir aclarando algunas confusiones universales con la publicación de breves folletos periódicos, que casi no se leían más que en los Estados Mayores, en los Ministerios de Asuntos Exteriores y en la Bolsa de Londres. A las Universidades no habían llegado todavía, pero no porque esas gloriosas instituciones careciesen de curiosidad, sino porque a Von Bülov se le había olvidado enviarles alguno de sus cuadernos (brochures, solía llamarles De Blacas), y su modestia le impedía recordar siquiera que si Einstein había revolucionado la Física con apenas una página, él podía revolucionar la Historia con unas pocas más. La brizna del Destino, el 0,01 estaba ante mí como una bolita de marfil que pudiera empujar con el dedo, o, mejor, como una bola de golf a la que basta ya una ligera caricia del stick para hundirse en el hoyo. Se la hice. Entonces, cogí el teléfono para encargar un pasaje para Berlín Oeste. No a nombre de Maxwell, por supuesto: Maxwell estaría siendo buscado por todos los lugares de París, exceptuando quizás el barrio en que yo me refugiaba. Hice, primera vez en mi vida, una pequeña trampa: utilicé los recursos del C. G. para que el pasaje lo reservaran a un número y a una clave. Todo fue bien. Ahora me faltaba metamorfosearme en mi portero, único modo de salir de París sin ser inmediatamente detenido. Mi portero había combatido con Leclerc y solía llevar en la solapa una medalla muy ostentosa. No tuve más remedio que aceptarlo. «¿Quiere subir a mi departamento, Paul?»

2

No dejó de divertirme su intimidad, golfo parisino ya en situación de reserva, más memoria que acción, pero mi atención a sus recuerdos y deseos fue meramente informativa y por razones de seguridad. Aunque, desde un principio, acepté como indispensable (era casi su seña de identidad) la condecoración en la solapa, prescindí con la más absoluta falta de respeto a su modo de vestir e incluso a su modo de moverse, hábitos y movimientos que conculcaban mis convicciones más impepinables y que, en otras circunstancias, hubiera tenido que aceptar, pero no en ésta, cuando pensaba que mi tránsito por la personalidad de Paul sería menos duradero que por otras. Así, me vestí correctamente y me puse una corbata neutra: ¡nada de patriotismo en la corbata! Aunque quizá convenga dejar constancia aquí de que el de Paul se extendía también a los tirantes, a la camiseta y a los calzoncillos, prendas en que se combinaban, con cierta monotonía, los colores nacionales: con ellos quedó, con ellos lo metí en una maleta preparada para estos casos, que facturé con destino a Berlín Oeste: pensaba devolver a Paul sus pertenencias en cuanto me fuera posible, aun a riesgo de recuperar lo de Maxwell. El espejo me convenció de que mi aspecto era bastante aceptable, aquel espejo de mi cuarto de baño, tan superficial, tan sin historia: era un espejo brillante, incompatible con cualquier misterio, incluido el de quien se mira en él. No retenía la imagen, no la profundizaba, no la ponía en relación con imágenes perdidas o vagabundas, sino que casi la arrojaba de su espacio, como si quisiera quedar a solas con su propia vaciedad. Yo lo usaba para ejercicios de ascesis.

Me acerqué a la casa donde Irina había vivido: no esperaba hallarla todavía vigilada, ni por los suyos ni por los míos, pues, tras su marcha, unos y otros se habrían apresurado a registrarla y quizás a despojarla. De todas maneras, me tomé un café en un bar de enfrente, cuyo propietario resultó ser también secuaz de Leclerc, si bien, por fortuna, en brigada distinta de la de Paul. Tuve que escuchar el relato breve de sus hazañas, pero le hago el honor de reconocer que en ningún momento dijo «yo», sino «nosotros». Me limité a citar vagamente la entrada en París, aunque hubiera podido relatarle la campaña entera, no gracias a los recuerdos de Paul, sino a mis propios saberes. En resumen, ¿qué más da? La portera de la casa de Irina carecía, lamentablemente, de recuerdos bélicos, y tuve que abordarla derecho y por las buenas. Me referí, arriesgándome, a ciertas visitas llegadas durante las horas anteriores, e hice recaer sobre aquella gente brusca y bastante ineducada, las más siniestras sospechas por el procedimiento de revelar a Madame Jeanne, ése era su nombre, que se trataba, uno de los grupos, de la KGB, y, el otro, de la CÍA. Como Madame Jeanne era furiosamente chauvinista, denostó de ellos equitativamente, pero no por eso se mostró dispuesta a facilitarme la entrada. Entonces, le supliqué:

– Suba al departamento de la señorita Tchernova; si tiene usted alguna dificultad de visión, lleve las gafas consigo. En el ángulo superior derecho de su dormitorio, verá un puñal clavado, y, de paso, se dará cuenta de que las velas de los iconos se han apagado o quizá consumido. Mi única misión es recobrar el puñal y encender las velas. Ya sé que usted puede hacerlo también, pero la señorita Tchernova me suplicó que lo tomase a mi cargo personalmente. Suba, pues, y compruebe, y si miento, écheme del portal.

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