Relatos De Poder
- Автор: Кастанеда Карлос Сезар Арана Сальвадор
- Серия: На испанском языке #4
- Год: 1975
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Relatos De Poder». Краткое содержание книги:
Con plantas o sin ellas, seguiremos en el reino de los ensueños, en el camino del conocimiento, en el mundo de los acertijos, asistiremos a diálogos enigmáticos y tronchantes entre don Juan y el aprendiz Castaneda, con unas descripciones y una narración llenas de una fina psicología, planteando y replanteando constantemente el concepto que uno tiene de al realidad y de la participación y dominio de la misma.
Esta entrega de las enseñanzas retoma la situación dónde se había dejado el segundo libro de la serie, Una realidad aparte -pues el tercer libro, Viaje a Ixtlán, fue una reelaboración de lo expuesto en los dos primeros libros, conformando la base para el doctorado que Castaneda presentó en la Universidad de UCLA. En Relatos de poder se expone, largo y tendido, una discusión sobre los conceptos del tonal y el nagual, sobre el conocimiento de las fuerzas y articulaciones del mundo invisible, del dominio de uno mismo, y de la interacción consciente, con propósito y con estrategia en el reino de lo visible e invisible.
Algunas personas han querido ver ciertas semejanzas entre lo expuesto en este libro y las enseñanzas zen. Sea como fuere, narrando actitudes zen o estrategias del guerrero Juan Matus, o bien refundiendo estados alterados de consciencia en episodios de ensoñación, este libro, como los otros de la serie, buen puede tomarse como un relato de enseñanzas, de diálogos sin desperdicio y de inquirir e preguntarse una y otra vez sobre el mundo en que vivimos.
"La noche esa que te encontraste con la polilla, como yo anticipaba, fue para ti una verdadera cita con el conocimiento. Aprendiste su llamado, sentiste el polvo de oro de sus alas, pero, sobre todo, esa noche, por primera vez, te diste cuenta de que veías y tu cuerpo aprendió que somos seres luminosos. Todavía no has tasado correctamente ese evento monumental en tu vida. Genaro te demostró, con tremenda fuerza y claridad, que somos un sentir; lo que llamamos nuestro cuerpo es un manojo de fibras luminosas que se dan cuenta.
"Anoche estabas de nuevo bajo el buen amparo del aliado. Vino a mirarte cuando llegaste y así supe que debería llamar a Genaro para que te explicara el misterio del soñador y el soñado. Tú creíste entonces, como siempre lo haces, que yo te engañaba, pero Genaro no estaba escondido entre las matas, como pensaste. Vino por ti, aunque tu razón se niegue a creerlo."
Esa parte de las elucidaciones de don Juan fue, en verdad, la más difícil de aceptar en su valor evidente. Yo no podía admitirla. Dije que don Genaro había sido real y de este mundo.
– Todo cuanto has atestiguado hasta ahora ha sido real y de este mundo -dijo don Juan-. No hay otro mundo. Lo que te hace tropezar es una peculiar insistencia por parte tuya, y esa peculiaridad no se te va a curar con explicaciones. De manera que, hoy, Genaro se dirigió directamente a tu cuerpo. Un examen cuidadoso de lo que hiciste hoy te revelará que tu cuerpo supo juntar las cosas en una forma digna de alabanza. De algún modo, te moderaste y no te diste a tus visiones junto a la zanja. Mantuviste un control muy raro y un dominio de ti mismo como debe ser para un guerrero; no creías nada, y sin embargo actuaste con eficacia y pudiste así seguir el llamado de Genaro. Lo encontraste sin más ni más y sin que yo te ayudara en nada.
"Cuando llegamos a la roca, estabas llenito de poder y viste a Genaro parado donde otros brujos han estado parados, por razones similares. Se acercó a ti después de que saltó al suelo. Él era todo poder. De haber procedido como antes, junto a la zanja, lo habrías visto como es en realidad, un ser luminoso. En vez de eso te asustaste, sobre todo cuando Genaro te hizo saltar. Ese salto debería haber bastado para transportarte más allá de tus limites. Pero no tuviste fuerza y volviste a caer en el mundo de tu razón. Entonces, claro, te trabaste en combate mortal contigo mismo. Algo en ti, tu voluntad, quería ir con Genaro, mientras tu razón se le oponía. De no ser por mi ayuda, estarías muerto y sepultado en ese sitio de poder. Pero, aún con mi ayuda, el resultado estuvo en duda por un momento."
Quedamos callados algunos minutos. Esperé que él hablara. Por fin pregunté:
– ¿Me hizo don Genaro saltar hasta la cima de la roca?
– No tomes ese salto en el sentido en que entiendes un salto -dijo-. Una vez más, ésta es sólo una manera de decir las cosas. Mientras pienses que eres un cuerpo sólido, no podrás concebir de qué cosa hablo.
Derramó entonces cenizas en el piso, junto a la linterna, cubriendo una zona cuadrangular de medio metro por fiado, y trazó con los dedos un diagrama que tenía ocho puntos interconectados por medio de líneas. Era una figura geométrica.
Había dibujado una semejante años atrás, al tratar de explicarme que no era ilusión el observar la misma hoja cayendo cuatro veces del mismo árbol.
El diagrama en las cenizas tenía dos epicentros; don Juan llamó a uno "la razón", y al otro "la voluntad". "Razón se conectaba directamente con un punto que él llamó "el habla". A través de "el habla", "la razón" se relacionaba indirectamente con otros tres puntos, "el sentir", "el soñar" y "el ver". El otro epicentro, "la voluntad", se conectaba directamente con "el sentir" "el soñar" y "el ver", pero sólo en forma indirecta con "la razón" y "el habla".
Comenté que el diagrama era distinto del que copié años antes.
– La forma de afuera no tiene importancia -dijo-. Estos puntos representan a un ser humano y puedes dibujarlos como se te dé la gana.
– ¿Representan el cuerpo de un ser humano? -pregunté.
– No lo llames el cuerpo -dijo-. Ésos son ocho puntos en las fibras de un ser luminoso. Un brujo dice, como puedes ver en este dibujo, que el ser humano es, primero que nada, voluntad, porque la voluntad se relaciona con tres puntos: el sentir, el soñar y el ver: después, el ser humano es razón. Este es propiamente un centro más pequeño que la voluntad; sólo está conectado con el habla.
– ¿Qué son los otros dos puntos, don Juan?
Se me quedó mirando y sonrió.
– Ahora eres ya mucho más fuerte que la primera vez que hablamos de este diagrama -dijo-. Pero todavía no eres lo bastante fuerte para conocer todos los ocho puntos. Genaro te hablará algún día de los otros dos.
– ¿Tiene todo el mundo esos ocho puntos, o sólo los brujos?
– Podríamos decir que cada uno de nosotros trae al mundo ocho puntos. Dos de ellos, la razón y el habla, los conocen todos. El sentir es siempre vago, pero de algún modo familiar. Pero sólo en el mundo de los brujos llega uno a conocer por completo el soñar, el ver y la voluntad. Y finalmente, en el último borde de ese mundo, encuentra uno los otros dos. Los ocho puntos componen la totalidad de uno mismo.
Me mostró sobre el diagrama que, en esencia, todos los puntos podían conectarse indirectamente.
Volví a preguntar acerca de los dos misteriosos puntos restantes. Me enseñó que solo estaban conectados a "la voluntad": se hallaban aparte de "el sentir", "el soñar" y "el ver", y mucho más lejos de "el habla" y "la razón”. Señaló con el dedo cómo estaban aislados de los demás, y el uno del otro.
– Estos dos puntos jamás se someten al habla ni a la razón -dijo-. Sólo la voluntad puede con ellos. La razón está tan lejos de ellos que es completamente inútil tratar de figurárselos. Ésta es una de las cosas más difíciles de aceptar; después de todo, el fuerte de la razón es razonarlo todo.
Pregunté si los ocho puntos correspondían a zonas, o a ciertos órganos, del ser humano.
– Pues sí -repuso con sequedad y borró el diagrama.
Me tocó la cabeza y dijo que ése era el centro de "la razón” y "el habla". La punta de mi esternón era él centro de "el sentir". La zona debajo del ombligo era "la voluntad". "El soñar" estaba en el lado derecho, contra las costillas. "El ver" en el izquierdo. Dijo que a veces, en algunos guerreros, "el ver" y "el sonar" estaban del lado derecho.
– ¿Dónde están los otros dos puntos? -pregunté.
Me dio una respuesta sumamente obscena y lanzó la carcajada.
– Qué vivo eres -dijo-. Crees que soy un viejo cabrón que anda medio dormido, ¿verdad?
Le expliqué que mis preguntas creaban su propio impulso.
– No andes tan de prisa -dijo-. Ya lo sabrás a su debido tiempo, y después que lo sepas estarás por tu cuenta, tú solo.
– ¿Quiere usted decir que ya no volveré a verlo, don Juan?
– Nunca jamás -dijo-. Genaro y yo seremos entonces lo que siempre hemos sido, polvo en el camino.
Sentí una sacudida en la boca del estómago.
– ¿Qué dice usted, don Juan?