La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]
- Автор: Ларссон Стиг
- Язык: испанский
- Переводчик: Martin Lexell
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
– Según Blomkvist, Zalachenko llegó aquí en 1976. Y esa información, en mi opinión, solamente ha podido sacarla de una sola persona.
– Gunnar Björck -precisó Curt Svensson.
– ¿Qué nos ha contado Björck? -preguntó Jerker Holmberg.
– No mucho. Se acoge al secreto profesional y dice que no puede tratar nada con nosotros sin el permiso de sus superiores.
– ¿Y quiénes son sus superiores?
– Se niega a revelarlo.
– ¿Y qué va a pasar con él?
– Yo lo detuve por violar la ley de comercio sexual; Dag Svensson nos proporcionó una magnífica documentación. Ekström se indignó bastante, pero como yo ya había puesto una denuncia formal, no puede archivar el caso así como así sin correr el riesgo de meterse en líos -dijo Curt Svensson.
– Bueno, ¿y qué le puede caer por violar la ley de comercio sexual? ¿Una multa?
– Probablemente. Pero ya lo tenemos introducido en el sistema y podemos volver a convocarlo para un interrogatorio.
– Sí, pero os recuerdo que nos estamos metiendo en el territorio de la Säpo. Eso podría crear una cierta agitación.
– Lo que pasa es que nada de lo que en estos momentos está sucediendo podría haber pasado si la Säpo no hubiera estado implicada de una u otra manera. Es posible que Zalachenko fuera realmente un espía ruso que desertó y al que le dieron asilo político. También es posible que trabajara para la Säpo como agente o como fuente, no sé muy bien cómo llamarlo, y que existiese una buena razón para darle una falsa identidad y un anonimato. Pero hay tres problemas. Primero, la investigación que se hizo en 1991 y que condujo al encierro de Lisbeth Salander es ilegal. Segundo, la actividad de Zalachenko desde entonces no tiene absolutamente nada que ver con la seguridad del Estado. Zalachenko es un gánster normal y corriente que seguro que ha participado en varios asesinatos y en unos cuantos delitos. Y tercero, no hay ninguna duda sobre el hecho de que se disparara y enterrara a Lisbeth Salander en los dominios de su granja de Gosseberga.
– Por cierto, me gustaría mucho leer el famoso informe de la investigación -dijo Jerker Holmberg.
A Bublanski le cambió la cara.
– Ekström se lo llevó el viernes, y cuando le pedí que me lo devolviera me dijo que iba a hacer una copia, algo que, sin embargo, no hizo. En su lugar me llamó y me comentó que había hablado con el fiscal general y que existía un problema: según el fiscal general, el sello de confidencial implica que el informe no pueda ser copiado ni difundido. El fiscal ha reclamado todas las copias hasta que el asunto se haya investigado a fondo. Sonja le ha tenido que mandar la suya por mensajero.
– ¿Así que ya no tenemos el informe?
– No.
– ¡Joder! -exclamó Holmberg-. Esto no me gusta nada.
– No -intervino Bublanski-. Pero sobre todo quiere decir que alguien está actuando en nuestra contra y que, además, lo está haciendo de forma muy rápida y eficaz; fue el informe lo que por fin nos puso en el buen camino.
– Lo que tenemos que hacer entonces es averiguar quién está actuando en nuestra contra -concluyó Holmberg.
– Un momento -dijo Sonja Modig-. No olvidemos a Peter Teleborian; él contribuyó a nuestra investigación con el perfil que trazó de Lisbeth Salander.
– Es verdad -asintió Bublanski con una voz más apagada-. ¿Y qué fue lo que dijo? No me acuerdo muy bien…
– Se mostró muy preocupado por la seguridad de Lisbeth Salander y dijo que quería lo mejor para ella. Pero al final de su discurso señaló que era peligrosísima y potencialmente capaz de oponer resistencia. Hemos basado gran parte de nuestros razonamientos en lo que él nos explicó aquel día.
– Además encendió a Hans Faste -apostilló Holmberg-. Por cierto, ¿sabemos algo de él?
– Se ha cogido unos días libres -contestó Bublanski-. La cuestión ahora es cómo seguir adelante.
Dedicaron dos horas más a debatir las diferentes posibilidades. La única decisión práctica que se tomó fue que Sonja Modig regresara a Gotemburgo al día siguiente para ver si Salander tenía algo que decir. Cuando finalmente concluyeron la reunión, Sonja Modig acompañó a Curt Svensson al garaje.
– He estado pensando que… -empezó a decir Curt Svensson para, acto seguido, callarse.
– ¿Sí? -preguntó Modig.
– … que cuando estuvimos hablando con Teleborian tú eras la única del grupo que le hizo preguntas y que le puso peros.
– Sí, ¿y?
– Nada que… Bueno, buen instinto -le contestó.
Curt Svensson no era precisamente conocido por ir repartiendo elogios a diestro y siniestro. Esta era, sin ninguna duda, la primera vez que le decía algo positivo o alentador a Sonja Modig. La dejó perpleja junto al coche.
Capítulo 5 Domingo, 10 de abril
La noche del sábado, Mikael Blomkvist la pasó en la cama con Erika Berger. No hicieron el amor; tan sólo estuvieron hablando. Una considerable parte de la conversación la dedicaron a desmenuzar los detalles de la historia de Zalachenko. Tal era la confianza que existía entre ambos que, ni por un segundo, él se paró a pensar en el hecho de que Erika fuera a empezar a trabajar en un periódico de la competencia. Y la propia Erika no tenía ninguna intención de robar la historia; era el scoop de Millennium. Como mucho, es posible que sintiera una cierta frustración por no poder ser la redactora de ese número. Habría sido una buena manera de terminar sus años en Millennium.
También hablaron del futuro y de lo que la nueva situación les reportaría. Erika estaba decidida a quedarse con su parte de Millennium y permanecer en la junta. En cambio, los dos fueron conscientes de que ella, obviamente, no podía ejercer ningún tipo de control sobre el trabajo diario de la redacción.
– Dame unos cuantos años en el Dragón… ¿Quién sabe? Tal vez vuelva a Millennium cuando se me acerque la hora de jubilarme.
Y hablaron de la complicada relación que ambos mantenían. Estaban de acuerdo en que, en la práctica, nada tenía por qué cambiar, aparte del hecho de que, a partir de entonces, obviamente, no se verían tan a menudo. Sería como en los años ochenta, cuando Millennium todavía no existía y cada uno tenía su propio lugar de trabajo.
– Pues ya podemos empezar a reservar hora -comentó Erika con una ligera sonrisa.
El domingo por la mañana se despidieron apresuradamente antes de que Erika volviera a casa con su marido, Greger Backman.
– No sé qué decir -comentó Erika-. Pero reconozco todos los síntomas, y deduzco que estás metido de lleno en un reportaje y que todo lo demás es secundario. ¿Sabes que te comportas como un psicópata cuando trabajas?
Mikael sonrió y le dio un abrazo.
Cuando ella se fue, él llamó al Sahlgrenska para intentar obtener información sobre cómo se encontraba Lisbeth Salander. Nadie le quiso decir nada, así que al final telefoneó al inspector Marcus Erlander, quien se compadeció de él y le explicó que, considerando las circunstancias, Lisbeth estaba bien y que los médicos se mostraban ligeramente optimistas. Mikael le preguntó si la podía visitar. Erlander le contestó que Lisbeth Salander se hallaba detenida por orden del fiscal y que no podía recibir visitas, pero que ese tema seguía siendo una pura formalidad: su estado era tal que ni siquiera resultaba posible interrogarla. Mikael consiguió arrancarle a Erlander la promesa de que lo llamaría si Lisbeth empeoraba.
Cuando Mikael consultó su móvil, pudo constatar que, de entre llamadas perdidas y mensajes, un total de cuarenta y dos procedían de distintos periodistas que habían intentado contactar con él desesperadamente. Durante las últimas veinticuatro horas, la noticia de que fue él quien encontró a Lisbeth Salander y avisó a Protección Civil -lo que le vinculaba estrechamente al desarrollo de los acontecimientos- había sido objeto de una serie de dramáticas especulaciones en los medios de comunicación.