El guardián entre el centeno
- Автор: Сэлинджер Джером Дейвид
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «El guardián entre el centeno». Краткое содержание книги:
El autor, que suele tomar como referentes de su obra a los más jóvenes, en concreto a los que pasan por esa edad tan crítica de la adolescencia y de tránsito a la edad adulta, refleja con gran precisión la confusión y búsqueda de la identidad que, casi con total seguridad, habrá pasado más de un lector que se adentre en las páginas de esta especie de libro-diario, en el que el protagonista va a narrar su, para él, deprimente e insulsa vida cotidiana.
Y es que Holden, como así se llama el joven, es el típico niño-bien, perteneciente a una familia acomodada en la que todo se le da y se le consiente, pero en la que no van a estar presentes unos padres en su educación y estabilidad emocional, demasiados ocupados por el trabajo o por los compromisos sociales a los que tienen que acudir. No tiene ilusión por nada, no sabe lo que quiere, nada le llena y todo le parece aburrido… y además, le expulsan del instituto en el que estudia, del que escapará sin rumbo ni objetivos.
El autor va a hacer que el protagonista descubra, en su huida a ninguna parte, lo más bajo del ser humano, la violencia, la codicia, el vicio… levándole a una cada vez más marcada madurez… parece que así, a base de malas experiencias, como se suele decir, se aprende a crecer y ser una persona adulta y coherente: la huida es la búsqueda de la propia identidad del joven. El regreso al buen camino va a ser, como en la parábola del `hijo pródigo`, la vuelta a casa, pudiendo empezar de cero una nueva vida.
Puede chocarle al lector el `pasotismo` o descaro con el que Holden cuenta sus experiencias, pero no hay que olvidar que se trata de un lenguaje producto de la confusión y rabia de cualquier joven, ya esté enclavada la acción en la Nueva York de los años 40, como es este caso, o la de hoy día… son sentimientos y situaciones que se han dado y se darán siempre… es ley de vida.
A propósito del título, éste hace referencia a que al joven lo único que le gustaría ser es un `guardián entre el centeno`, y `evitar que los niños caigan en el precipicio (…), vigilarles todo el tiempo…` es el deseo del protagonista de que nadie más pueda pasar por lo mismo que él, en el fondo es una persona muy sensible y,de provocar al principio cierto rechazo, el lector acaba apiadándose de él.
Volvieron a llamar. Más fuerte.
Al final me levanté de la cama y tal como estaba, sólo con el pijama, entreabrí la puerta. No tuve que dar la luz porque ya era de día. En el pasillo esperaban Sunny y Maurice, el chulo del ascensor.
– ¿Qué pasa? ¿Qué quieren? -dije. ¡Jo! ¡Cómo me temblaba la voz!
– Nada de importancia -dijo Maurice-. Sólo cinco dólares.
El hablaba por los dos. La tal Sunny se limitaba a estar allí, a su lado, con la boca entreabierta.
– Ya le he pagado. Le he dado cinco dólares. Pregúnteselo a ella -le dije. ¡Jo! ¡Cómo me temblaba la voz!
– Son diez dólares, jefe. Ya se lo dije. Diez por un polvo, quince hasta el mediodía. Se lo dije bien clarito.
– No es verdad. Cinco por un polvo. Dijo que quince hasta el mediodía, pero…
– Abra, jefe.
– ¿Para qué? -le dije. ¡Dios mío! Me latía el corazón como si fuera a escapárseme del pecho. Al menos me habría gustado estar vestido. Es horrible estar en pijama en medio de una cosa así.
– ¡Vamos, jefe! -dijo Maurice. Luego me dio un empujón con toda la manaza. Tenía tanta fuerza el muy hijoputa que por poco me caigo sentado. Cuando quise darme cuenta, él y la tal Sunny se habían colado en mi habitación. Andaban por allí como Pedro por su casa. Sunny se sentó en el alféizar de la ventana. Maurice se hundió en un sillón y se desabrochó el botón del cuello -aún llevaba el uniforme de ascensorista-. ¡Jo, yo estaba con los nervios desatados!
– ¡Venga, jefe! Suelte ya la tela que tengo que volver al trabajo.
– Ya se lo he dicho diez veces. No le debo nada. Le pagué los cinco dólares…
– ¡Déjese de historias! ¡Vamos, largue la pasta!
– ¿Por qué tengo que darles otros cinco dólares? -le dije. Apenas podía hablar-. Lo que quieren es timarme.
El tal Maurice se desabrochó la librea. Debajo no llevaba más que un cuello postizo. Tenía un estómago enorme y muy peludo.
– Nadie está tratando de timarle -dijo-. Vamos, la pasta, jefe.
– No.
Cuando lo dije se levantó del sillón y se acercó a mí. Parecía como muy cansado o muy aburrido. ¡Jo! ¡No me llegaba la camisa al cuerpo! Recuerdo que tenía los brazos cruzados. Si no me hubieran pillado en pijama, no me habría sentido tan mal.
– La tela, jefe.
Se acercó aún más. Parecía un disco rayado, el tío.
– La tela, jefe -era un tarado.
– No.
– Va a obligarme a forzar las cosas, jefe. No quería, pero me parece que no va a quedarme otro remedio -me dijo-. Nos debe cinco dólares.
– No les debo nada -le dije-. Y si me atiza gritaré como un demonio. Despertaré a todo el hotel. Incluida la policía -¡cómo me temblaba la voz!
– Adelante. Por mí puede gritar hasta desgañitarse. Haga lo que usted quiera -dijo Maurice-. Pero, ¿quiere que se enteren sus padres de que ha pasado la noche con una puta? ¿Un niño bien como usted? -el tío no era tonto. Cabrón, sí, pero lo que es de tonto no tenía un pelo.
– Déjeme en paz. Si me hubiera dicho diez desde el principio, se los daría, pero usted dijo claramente…
– ¿Nos lo da o no? -Me tenía acorralado contra la puerta y estaba prácticamente echado encima de mí, con estómago peludo y todo.
– Déjenme en paz y lárguense de mi habitación -les dije. Seguía como un imbécil con los brazos cruzados.
De pronto Sunny habló por primera vez:
– Oye, Maurice. ¿Quieres que le coja la cartera? -le preguntó-. La tiene encima del mueble ése.
– Sí, cógela.
– ¡No toque esa cartera!
– Ya la tengo -dijo Sunny. Me paseó cinco dólares por delante de las narices-. ¿Lo ves? No he sacado más que los cinco que me debes. No soy una ladrona.
De repente me eché a llorar. Hubiera dado cualquier cosa por no hacerlo, pero lo hice.
– No, no son ladrones. Sólo roban cinco dólares.
– ¡Cállate! -dijo Maurice y me dio un empujón.
– ¡Déjale en paz! -dijo Sunny-. ¡Vámonos! Ya tenemos lo que me debía. Venga, vámonos.
– Ya voy -dijo Maurice, pero el caso es que no se iba.
– Vamos, Maurice, déjale ya.
– ¿Quién le está haciendo nada? -dijo con una voz tan inocente como un niño. Lo que hizo después fue pegarme bien fuerte en el pijama. No les diré dónde me dio, pero me dolió muchísimo. Le dije que era un cerdo y un tarado.
– ¿Cómo has dicho? -dijo. Luego se puso una mano detrás de la oreja como si estuviera sordo-. ¿Cómo has dicho? ¿Qué has dicho que soy?
Yo seguía medio llorando de furia y de lo nervioso que estaba.
– Que es un cerdo y un tarado -le grité-. Un cretino, un timador y un tarado, y en un par de años será uno de esos pordioseros que se le acercan a uno en la calle para pedirle para un café. Llevará un abrigo raído y estará más…
Entonces fue cuando me atizó de verdad. No traté siquiera de esquivarle, ni de agacharme, ni de nada. Sólo sentí un tremendo puñetazo en el estómago.
Sé que no perdí el sentido porque recuerdo que levanté la vista, y les vi salir a los dos de la habitación y cerrar la puerta tras ellos. Luego me quedé un rato en el suelo, más o menos como había hecho cuando lo de Stradlater. Sólo que esta vez de verdad creí que me moría. En serio. Era como si fuera a ahogarme. No podía ni respirar. Cuando al fin me levanté, tuve que ir al baño doblado por la cintura y sujetándome el estómago.
Pero les juro que estoy completamente loco. A medio camino, empecé a hacer como si me hubieran encajado un disparo en el vientre. Mauricio me había pegado un tiro. Y yo iba al baño a atizarme un lingotazo de whisky para calmarme los nervios y entrar en acción. Me imaginé saliendo de la habitación con paso vacilante, completamente vestido y con el revólver en el bolsillo. Bajaría por las escaleras en vez de tomar el ascensor. Iría bien aferrado al pasamanos, con un hilillo de sangre chorreando de la comisura de los labios. Bajaría unos cuantos pisos -abrazado a mi estómago y dejando un horrible rastro de sangre-, y luego llamaría al ascensor. Cuando Maurice abriera las puertas me encontraría esperándole, con el revólver en la mano. Comenzaría a suplicarme con voz temblorosa, de cobarde, para que le perdonara. Pero yo dispararía sin piedad. Seis tiros directos al estómago gordo y peludo. Luego arrojaría el arma al hueco del ascensor -una vez limpias las huellas- y volvería arrastrándome hasta mi habitación. Llamaría a Jane para que viniera a vendarme las heridas. Me la imaginé perfectamente, sosteniendo entre los dedos un cigarrillo para que yo fumara mientras sangraba como un valiente.
¡Maldito cine! Puede amargarle a uno la vida. De verdad.
Me di un baño como de una hora, y luego volví a la cama. Me costó mucho dormirme porque ni siquiera estaba cansado, pero al fin lo conseguí. Lo único que de verdad tenía ganas de hacer era suicidarme. Me hubiera gustado tirarme por la ventana, y creo que lo habría hecho de haber estado seguro de que iban a cubrir mi cadáver en seguida. Me habría reventado que un montón de imbéciles se pararan allí a mirarme mientras yo estaba hecho un Cristo.
Capítulo 15
No debí dormir mucho porque eran como las diez cuando me desperté. En cuanto me fumé un cigarrillo sentí hambre. No había tomado nada desde las hamburguesas que había comido con Brossard y con Ackley cuando fuimos a Agerstown para ir al cine. Y desde entonces había pasado mucho tiempo. Como cincuenta años. Había un teléfono en la mesilla y estuve a punto de llamar para que me subieran el desayuno, pero de pronto se me ocurrió que a lo mejor me lo mandaban con el tal Maurice. Como no me seducía la idea de verle de nuevo, me quedé en la cama un rato más y fumé otro cigarrillo. Pensé en llamar a Jane para ver si estaba ya en casa, pero no me encontraba muy en vena.
Lo que hice en cambio fue llamar a Sally Hayes. Sabía que estaba de vacaciones porque iba al colegio Mary Woodruff y porque me lo había dicho en una carta. No es que me volviera loco, pero la conocía hacía años. Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no. En el caso de Sally me llevó años enteros darme cuenta de que lo era: Creo que lo hubiera sabido mucho antes si no hubiéramos pasado tanto tiempo besándonos y metiéndonos mano. Lo malo que yo tengo es que siempre tengo que pensar que la chica a la que estoy besando es inteligente. Ya sé que no tiene nada que ver una cosa con otra, pero no puedo evitarlo. No hay manera.