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Antihielo [Anti-Ice - es]

Электронная книга - «Antihielo [Anti-Ice - es]». Краткое содержание книги:

En 1870, cuando el poder del Imperio británico es absoluto, en las remotas tierras de una península antártica al sur del continente australiano se descubre un nueva material: el antihielo. Por el fenómeno que Faraday denominará de «conductancia aumentada», el material libera prodigiosas cantidades de energía cuando su temperatura se eleva. Su potencial energético, casi infinito, va a acelerar la Revolución Industrial de forma insospechada.
El antihielo, como no podía ser de otra manera, es empleado en la campaña de Crimea, pero también se revela útil en otras aventuras del espíritu humano que, a priori, parecen menos. sangrientas. En la Nueva Gran Exposición de Manchester de 1870, un joven agregado del Foreing Office descubrirá el inmenso poder del antihielo y, junto al visionario sir Josiah Traveller, tendrá que enfrentarse a un inesperado y decimonónico viaje espacial a la Luna.
Stephen Baxter, la nueva y gran estrella de la ciencia ficción británica, es considerado el sucesor de Arthur C. Clarke y un igual de Isaac Asimov y Robert A. Heinlein. Sus homenajes a Herbert G. Wells (Las naves del tiempo) y a Julio Verne (Antihielo) son un verdadero tour de force de la mejor ciencia ficción.
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Pero yo apenas le escuchaba, porque alguna zona deductiva sin usar estaba empezando a funcionar.

—Holden…

—¡No hay tiempo! ¡No hay tiempo! —Traveller bajó de un salto de la escalera y comenzó a sacar los asientos—. ¡Siéntense, todos! Hay arneses bajo los asientos; Vicars, yo le ayudaré. Pocket, ¡haga que ese gordo se siente!

Pero el comportamiento incomprensible de sir Josiah —incluso su uso de mi nombre correcto— me pasó vagamente.

—Holden, no puedo recordar la geografía de la nave. —Me encontré gritando sobre un ruido en ascenso, un rugido como una cascada bajo nuestros pies; Traveller vino hacia mí, el abrigo aleteándole, para ponerse el arnés por cintura y pecho—. ¡Holden! —grité—. Las chimeneas pasaban por el gran salón, ¿no?

—Sí, muchacho.

Traveller y Pocket ocuparon sus propios asientos; pronto los cuatro estuvimos atados en los cuatro puntos de la brújula de la pequeña cabina, mirándonos los unos a los otros con ojos frenéticos. Llamé a Holden.

—Y la chimenea que estalló, ¿era una de las que pasaba por el salón? Lo era, ¿no?

—Ned, ahora ya no puede hacer nada.

Toda la Faetón se agitaba a mi alrededor, pero todo lo que podía ver eran las columnas con espejos que atravesaban el abarrotado salón. Debía haber cientos de muertos.

y…

—Debo ir a por ella. —Intenté ponerme en pie, me hundí como un tonto al tirar el arnés de mí, y trasteé con los cierres de cintura y pecho.

—Vicars, ¡se lo ruego! —La voz de Traveller era un rugido que incluso ahogaba el clamor sobrenatural que venía de abajo. ¡Quédese en su asiento!

Solté el arnés, me puse en pie y fui hacia la escalera.

El suelo volvió a encabritarse a mis pies; pude ver algo del infierno por la portilla más cercana —la Cubierta de Paseo huyendo a toda velocidad, vapor vivo corriendo sobre el metal, la gente huyendo del vapor, gritando— y luego llegó la breve sensación de caída, una explosión apagada y como un golpe bajo el suelo, otro bandazo.

Choqué contra el suelo. Sentí sangre bajo la cara, y una presión constante que me apretaba contra las alfombras y el metal que había debajo.

Y desde una gran distancia oí la voz de Holden.

—Que Dios nos ayude —gritó—. ¡La Faetón está volando!

Con un gran esfuerzo levanté la cabeza una vez más hacia la portilla. Ahora el paisaje se había doblado sobre sí mismo, convirtiéndose en un cuenco azul invertido; pero todavía quedaba el ruido, la vibración, el olor de mi propia sangre…

La oscuridad me cubrió.

5

POR ENCIMA DEL AIRE

Era como si yaciese sobre la cama de plumas más suave del mundo. Me dejaba llevar en silencio, feliz de dormitar como un niño.

—¿… Ned? ¿Puede oírme?

Esas palabras captaron mi atención. Al principio me resistí, pero la voz insistió y al final me sentí subiendo como un corcho a la superficie de la consciencia.

Abrí los ojos. La cara redonda de Holden flotaba sobre mí con todos los signos de la preocupación; había perdido la faja, tenía el cuello y la corbata arrugadas y esta última colocada en ángulo recto, y el pelo parecía flotarle extrañamente alrededor de la cara, como un halo negro y graso.

—Holden. —Tenía la garganta seca, y todavía conservaba en la boca el sabor de la sangre.

—¿Está bien? ¿Puede sentarse?

Me quedé tendido un momento, permitiendo que la sensación de mi cuerpo y mis miembros me llegase al cerebro.

—Me siento rígido, como si me hubiesen dado una paliza; pero simultáneamente me siento sorprendentemente cómodo. —Volví la cabeza, medio esperando encontrarme tendido en alguna litera, pero sólo una alfombra, manchada de sangre, era lo que había debajo de mí.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

Holden me agarró los hombros y me obligó a sentarme; me pareció que reboté extrañamente sobre la alfombra turca y mi estómago dio un tumbo breve, como si cayese. Lo achaqué al mareo.

—Sólo unos minutos —dijo Holden—, pero… Ned, la situación ha cambiado. Creo que debería prepararse para un susto.

—¿Un susto?

Miré alrededor de la nave. El mismo Holden estaba agachado sobre la alfombra, agarrado al borde como si su vida dependiese de ello; el pobre Pocket seguía atado al asiento, una cara tan bochornosa como la de un pollo desplumado.

¿Y Traveller?

Sir Josiah estaba en una portilla, con la chistera bien metida en la cabeza. En una mano sostenía una pequeña libreta y un lápiz, y la otra mano la tenía entre la cara y la ventana con los dedos extendidos; luz blanquiazul penetraba por la ventana, produciendo reflejos en la nariz de platino pegada al rostro (noté que las otras ventanas estaban oscuras, y habían encendido las lámparas de acetileno de la cabina).

Me pregunté si no estaría todavía durmiendo.

He dicho que Traveller estaba frente a la portilla, y tal fue realmente mi impresión inicial; pero al estudiarle con más detenimiento observé que sus grandes zapatos estaban como a cuatro pulgadas por encima del hule. Es más, un ligero ángulo en las rodillas de Traveller me permitió leer el nombre del fabricante grabado en la suela.

Por tanto, sir Josiah flotaba en el aire como un ilusionista, aparentemente sin esfuerzo.

Miré a la cara de Holden. Tenía las manos en mis hombros.

—Calma, Ned. Una cosa cada vez…

Me asaltó una ola de pánico.

—Holden, ¿estoy perdiendo la cabeza? —Me apoyé en la alfombra con las manos, con la intención de meter las piernas bajo el cuerpo y ponerme de pie. La alfombra se escapó de debajo de mis dedos, y yo floté en el aire como si un hilo invisible tirase de mí. Intenté alcanzar la alfombra, primero con las manos, después con las puntas de los zapatos, pero sin éxito; y pronto quedé varado, en medio del aire, con brazos y piernas extendidos como una estrella de mar abatida.

—¡Holden! ¿Qué me pasa?

Holden permaneció sentado en la alfombra, bien agarrada con los dedos.

—Ned, baje de ahí.

—Si me dice cómo, lo haré —grité impresionado. A continuación, con un suave impacto, mi cuello y mis hombros chocaron con la parte superior y curva de la cámara. Puse las manos a la espalda buscando un agarre, pero mis dedos resbalaron sobre el cuero frustrantemente vertical de las paredes, y sólo conseguí empujarme a mí mismo hacia delante, de forma que colgaba boca abajo en el aire. Era como si Holden colgase absurdamente del techo, y Pocket estuviese suspendido del arnés de la silla, mientras que el modelo del Gran Oriental en su caja de vidrio colgase como una araña de luces náutica.

El estómago se me revolvió.

Una mano fuerte me agarró el brazo.

—En el nombre de Dios, Wickers, no devuelva el desayuno; nunca conseguiríamos limpiar este maldito lugar.

Era Traveller; con los tobillos huesudos atados al arnés de una silla, como un mono con abrigo, me hizo girar unos desconcertantes ciento ochenta grados y tiró de mí hasta el suelo. Aterricé cerca de una silla; aliviado, la agarré, me senté y me até. Durante el esfuerzo, el sombrero de Traveller se le había soltado. Ahora flotaba en el aire, rotando como una semilla de diente de león; con gruñidos de irritación, Traveller dio manotazos hasta que el sombrero navegó hasta sus brazos, y luego se lo metió seguro en la cabeza.

Restaurada una especie de normalidad —exceptuando la desconcertante propensión de mis piernas a colgar en el aire le comenté a Holden, con mucha frialdad dada las circunstancias:

—No dudo que todo esto tendrá una explicación racional. —Oh, por supuesto. —Se pasó una mano sobre el pelo negro, dándole algo de orden—. Aunque sospecho que no le gustará la respuesta.

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