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El asesinato de Johann Sebastian Bach

Электронная книга - «El asesinato de Johann Sebastian Bach». Краткое содержание книги:

«Laura Torras era todo lo que los solitarios y no tan solitarios sueñan alguna vez en la monotonía de su existencia». Una mañana de verano de Barcelona en un edificio de la calle, Johann Sebastian Bach, Daniel Ros descubre en el piso de enfrente el cuerpo destripado de su vecina. Ha sido víctima de un verdadero sádico. Pocos minutos después, conoce a Julia, una chica muy atractiva que aparece en el piso de Laura y dice ser su prima.
En vez de llamar a la policía, el periodista decide comenzar su propia investigación y descubre, poco a poco, que detrás de su oficio de modelo, Laura, escondía una vida mucho menos fascinante. Testarudo y con don para verse envuelto en líos, el periodista sigue varias pistas que llevarán hasta diversos sospechosos y, sobre todo, a volver a encontrarse con Julia, cuyas mentiras le dejan tan confundido como sus encantos juveniles.
En un juego de pistas a través de la ciudad, envuelto de imágenes que evocan escenas del cine americano, Daniel Ros descubre que el glamour puede transformarse, en ocasiones, en una película de terror.
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– ¿Y Elena Malla? ¿También era modelo?

– Lo mismo, sí. A ella la conocía menos. Elena sí era amiga de Laura. Muy buena amiga. Yo aparecí después.

– ¿Cómo supiste que Elena había muerto?

– Anteayer por la noche. Me llamó Laura, muy afectada, no te lo puedes imaginar. Necesitaba un poco de consuelo moral, porque estaba deshecha.

– ¿Por qué se hizo cargo Laura de todos los gastos del entierro de Elena?

– Por amistad. ¿Por qué otra cosa?

– Elena tenía un padre.

– Un padre con el que no se hablaba. Laura prefirió ocuparse de todo y pasar de él.

– Sin embargo, ese hombre fue al entierro.

– Es lo menos, ¿no? Era su hija. Laura le llamó y le dio la noticia.

– ¿Estabas delante cuando lo hizo?

– Sí.

– ¿Y?

– Nada. Un tremendo silencio al otro lado. Luego un «¡Dios mío!» y la pregunta ritual, el cómo. Laura se lo dijo de la mejor forma posible, con tacto. El tipo volvió a repetir lo de «¡Dios mío!» y colgó.

– ¿No preguntó nada?

– No.

– ¿Sabes por qué se suicidó Elena?

– No, ya te he dicho que la conocía a través de Laura. Oye -frunció el ceño intrigada-, ¿por qué te interesa tanto la muerte de Elena? ¿Qué tiene que ver con lo de Laura?

– Puede que nada -reconocí-. Pero me dejo llevar por el instinto y sé por experiencia que la muerte llama a la muerte. Las casualidades no abundan. Lo de Elena tal vez fuera lo único relevante que sucedió antes de que mataran a Laura. Una muerte siempre afecta a las vidas de quienes rodean a la víctima. Es el detonante de muchos sentimientos.

– En este caso lo fue. El entierro resultó de todo menos plácido.

– ¿Qué sucedió?

– El padre de Elena se puso como loco. Es más, yo creo que lo está. ¡Dios…! -se estremeció-. Con su hija de cuerpo presente empezó a gritar igual que un iluminado, llorando, montando un número espantoso… Dijo que Dios la había castigado, pronunció no sé cuántas frases bíblicas y luego, ya en plan más realista, le juró a Laura que le devolvería todo el dinero del entierro. A Laura sólo le faltaba eso.

– ¿Se puso violento?

– No, eso no. Gritos y cara de iluminado, ya sabes.

– ¿Quién asistió al entierro de Elena?

– No demasiada gente, la verdad, y yo apenas si conocía a nadie. Tampoco hice preguntas. ¿Qué más me daba?

– Elena Malla estuvo hospitalizada hace poco.

– ¿Ah, sí? No lo sabía.

Era lo menos convincente que me había dicho hasta ese momento, pero no quise forzarla. No era importante. Ahora reinaba la paz entre los dos.

– ¿Qué hizo Laura después del entierro?

– Se fue a su casa.

– ¿Sola?

– No, yo la acompañé. Fue cuando me pidió que pasara unos días con ella.

– ¿Tenía miedo?

– ¿Por qué iba a tener miedo? Simplemente estaba muy afectada. Es algo de lo más natural.

– Laura debía de saber por qué se suicidó Elena.

– Es posible. Puede que me lo hubiese contado si yo hubiera estado con ella.

– ¿Por qué no fuiste ayer mismo, por la noche?

– Laura quería hablar primero con Álex, a solas, y no me preguntes por qué, puesto que tampoco lo sé. Me dio unas llaves para que pudiera entrar sin problemas en caso de que ella no estuviese al llegar yo, o por si la pillaba dormida, ya que si lo está no oye el timbre de la puerta. Yo no sabía a qué hora estaría ahí.

Por fin salía el nombre.

– ¿Quién es Álex?

– El novio de Laura.

– ¿Novio?

– Sí, novio. -Hizo un gesto tajante.

– ¿Por qué no viven juntos?

– ¿Y yo qué sé, tío?

– ¿Y por qué no se quedó él con ella?

– Lo mismo: ni idea. Pero a veces hay cosas que es mejor compartir entre chicas, ¿vale? -Me lanzó una de sus miradas cargadas de dudas-. ¿Y tú vives en el piso de enfrente de Laura? ¡Joder! Pues no te enteras de la misa la mitad. ¿Nunca viste a Álex?

– Ni a él ni a nadie. -Pensé en lo de la Agencia Universal-. Mis horarios son muy anárquicos. Supongo que como los de ella. Nos cruzábamos a veces, pocas, y, que yo recuerde, nunca la vi acompañada. En según qué escaleras, nadie sabe nada de sus vecinos. Luego te sorprendes cuando lees que tenías a unos etarras arriba. -Recordé algo y agregué-: De todas formas, Álex tenía que estar por allí a menudo. Había un recado para él en el contestador automático de Laura esta mañana.

– ¿Que decía? -Julia se envaró aunque lo disimuló.

– Oh, nada. -Fingí indiferencia-. Lo de volveré a llamar y todo eso.

No insistió.

– ¿Sabes algo de las actividades de tu amiga?

– No demasiado, salvo que era muy guapa, un pedazo de mujer, y una buena modelo y actriz.

– ¿Algo acerca de con quién se relacionaba?

– No, ni idea. No vamos por ahí contando con quién salimos.

Quizá más tarde llegase la hora de los truenos. De momento echaba balones fuera. Seguí con mi línea blanda.

– La segunda vez que estaba en el piso, apareció Ágata Garrigós.

– Ah.

– Dejó una nota por debajo de la puerta. Una nota muy extraña.

– ¿Puedo verla?

– Sí, claro. -La saqué del bolsillo y se la pasé.

Julia la leyó en voz alta aunque para sí misma: «He cambiado de idea. Estoy dispuesta a negociar con usted. Es urgente. Póngase en contacto conmigo hoy mismo». Levantó los ojos, plegó los labios en un claro gesto de incomprensión y me la devolvió.

– ¿Sabes algo de esto?

– Supongo que sí -admitió, consciente de que yo la había seguido.

– ¿Quién es Ágata Garrigós?

– Una que tiene mucho dinero -dijo con admiración y pesar.

– ¿Qué relación tenía con Laura? ¿O contigo ahora?

– Conmigo, ninguna. Yo sólo hacía de intermediaria. Laura tuvo un lío con su marido, Constantino Poncela. El tío supo enrollársela bien, primero sin decirle que estaba casado, y luego… En fin, no sé exactamente cómo se lo montaron ni qué viento se traían. Duró lo que tardó Álex en volver, un par de meses.

– ¿Álex estaba fuera?

– Sí, haciendo una película barata. A Laura se le cruzaron los cables, pero ella estaba colada por él. Álex chasqueaba los dedos y Laura saltaba. Así son las cosas.

– ¿Dejó al tal Poncela?

– Laura siempre ha necesitado un hombre cerca. Me lo dijo ella misma. Era muy fuerte de carácter pero al mismo tiempo… Supongo que se sentía sola, celosa, porque Álex atrae a todas las mujeres como un imán. Pensó que se lo estaba montando con otras y lo suyo con Poncela fue más allá de lo normal. Se sintió impresionada por lo que tenía y por lo que seguramente le dijo que le daría. El mundo a sus pies.

– ¿Igual que Andrés Valcárcel?

– ¿Quién es ése?

– El que le compró a Laura el piso de Juan Sebastián Bach.

– No lo sabía. Nunca he oído hablar de él.

– ¿Se enteró la mujer de Poncela del lío de su marido?

– Sí, y metió baza. Toda una dama, ¿sabes? Fue a ver a Laura y ésta, que ya había recuperado a Álex, le aseguró que no volvería a suceder nada. Lo malo es que el tipo estaba colgado por Laura e insistió. Llamadas y todo eso. Se puso pesado.

– Esa nota habla de un chantaje.

– ¿Qué dices, hombre?

– «Estoy dispuesta a negociar con usted.» -Eso puede significar cualquier cosa.

– ¿Por qué has ido a hablar con Ágata Garrigós?

Esperaba la pregunta, y ya tenía la respuesta preparada.

– Laura estaba harta de Constantino Poncela y de su mujer. Me pidió que fuese a verla, antes de que la mataran. Me lo dijo después del entierro de Elena. Así que yo había quedado con esa mujer para explicarle la verdad, es decir, que vigilara a su marido, porque de Laura ya no tenía de qué preocuparse.

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