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Электронная книга - «El Último Cuaderno». Краткое содержание книги:

ES TIEMPO DE VOLVER
AL COMPROMISO:
EL ESCRITOR TIENE QUE DECIR
QUIÉN ES Y QUÉ PIENSA
No es éste un libro triste, no es un libro tronante, es, simplemente, una despedida. Por eso, José Saramago, pese a estar atento a la anécdota del día o al suceso terrible, pese a usar el humor y la ironía y emplearse a fondo en la compasión, rescata textos dormidos que son actuales y nos los deja como regalos inesperados, no como un testamento, simplemente ofrendas íntimas que desvelan pasiones y sueños. Nos acerca al mundo de Kafka, o a la inevitable tristeza de Charlot, o nos describe la soberbia aventura de coronar la cima de la Montaña Blanca, en Lanzarote. Éste es un libro de vida, un tesoro, un Saramago que nos habla al oído para decirnos que el problema no es la justicia, sino los jueces que la administran en el mundo. No habrá más cuadernos, esa mirada oblicua para ver el revés de las cosas, la frontal, sin bajar nunca la cabeza ante el poder, sí para besar, la ironía, la curiosidad, la sabiduría de quien no habiendo nacido para contar sigue contando, y con qué actualidad ahora que ya no está y tanta falta nos sigue haciendo. Así son las despedidas de los hombres que saben que han nacido de la tierra y que a la tierra vuelven, pero abrazados a ella, con esa especie de inmortalidad que ofrece el suelo del que nos levantamos cada día, con nuevas experiencias incorporadas. Las de quienes son suelo y tierra, nuestro sustento, tal vez nuestra alma.
PILAR DEL RÍO
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Día 2

Traducir

Escribir es traducir. Siempre lo será. Incluso cuando estamos utilizando nuestra propia lengua. Transportamos lo que vemos y lo que sentimos (suponiendo que el ver y el sentir, como en general los entendemos, sean algo más que las palabras con las que nos va siendo relativamente posible expresar lo visto y lo sentido…) a un código convencional de signos, la escritura, y dejamos a las circunstancias y a las casualidades de la comunicación la responsabilidad de hacer llegar hasta la inteligencia del lector, no la integridad de la experiencia que nos propusimos transmitir (inevitablemente parcelada con respecto a la realidad de la que se había alimentado), sino al menos una sombra de lo que en el fondo de nuestro espíritu sabemos que es intraducible, por ejemplo la emoción pura de un encuentro, el deslumbramiento de un hallazgo, ese instante fugaz de silencio anterior a la palabra que se quedará en la memoria como el resto de un sueño que el tiempo no borrará por completo.El trabajo de quien traduce consistirá, por tanto, en pasar a otro idioma (en principio, al propio) lo que en la obra y en el idioma original ya había sido «traducido», es decir, una determinada percepción de una realidad social, histórica, ideológica y cultural que no es la del traductor, substanciada, esa percepción, en un entramado lingüístico y semántico que tampoco es el suyo. El texto original representa únicamente una de las «traducciones» posibles de la experiencia de la realidad del autor, estando el traductor obligado a convertir el «texto-traducción» en «traducción-texto», inevitablemente ambivalente, porque, después de haber comenzado captando la experiencia de la realidad objeto de su atención, el traductor tiene que realizar el trabajo mayor de transportarla intacta al entramado lingüístico y semántico de la realidad (otra) a la que tiene el encargo de traducir, respetando, al mismo tiempo, el lugar de donde vino y el lugar hacia donde va. Para el traductor, el instante del silencio anterior a la palabra es pues como el umbral de un movimiento «alquímico» en que lo que es necesita transformarse en otra cosa para continuar siendo lo que había sido. El diálogo entre el autor y el traductor, en la relación entre el texto que es y el texto que será, no es sólo entre dos personalidades particulares que han de completarse, es sobre todo un encuentro entre dos culturas colectivas que deben reconocerse.

Día 3

Apariencias

Supongo que en el principio de los principios, antes de que hubiéramos inventado el habla, que es, como sabemos, la suprema creadora de incertidumbres, no nos atormentaría ninguna duda seria sobre quiénes éramos y sobre nuestra relación personal y colectiva con el lugar en que nos encontrábamos. El mundo, obviamente, sólo podía ser lo que nuestros ojos veían en cada momento, y también, como información complementaria no menos importante, lo que los restantes sentidos -el oído, el tacto, el olfato, el paladar- consiguiesen comprender de él. En esa hora inicial, el mundo era pura apariencia y pura superficie. La materia era simplemente áspera o lisa, amarga o dulce, ácida o insípida, sonora o silenciosa, con olor o sin olor. Todas las cosas eran lo que parecían ser por el simple motivo de que no había ninguna razón para que pareciesen y fuesen otra cosa. En aquellas antiquísimas eras no se nos pasaba por la cabeza que la materia fuese «porosa». Hoy, sin embargo, aunque sabedores de que, desde el último de los virus hasta el universo, no somos nada más que organizaciones de átomos y que en el interior de ellos, además de la masa que les es propia, todavía sobra espacio para el vacío (lo compacto absoluto no existe, todo es penetrable), seguimos, tal como hicieron nuestros antepasados de las cavernas, aprendiendo, identificando y reconociendo el mundo según la apariencia con que se nos presenta. Imagino que el espíritu filosófico y el espíritu científico, coincidentes en su origen, se habrán manifestado el día en que alguien tuvo la intuición de que esa apariencia, al mismo tiempo que imagen exterior captable por la consciencia y por ella utilizada, podría ser, también, una ilusión de los sentidos. Si bien es verdad que habitualmente se refiere más al mundo moral que al mundo físico, es de todos conocida la expresión popular en que esa intuición se plasma: «Las apariencias engañan». Una ilusión, por tanto…

Día 6

Crítica

Dice José Mario Silva en su crítica a El cuaderno, publicada en el suplemento «Actual» de la revista Expresso, que no soy un verdadero bloguero. Lo dice y lo demuestra: no hago links, no dialogo directamente con los lectores, no interactúo con la restante blogosfera. Ya lo sabía, pero a partir de ahora, si me preguntan, haré mías las razones de José Mario Silva y concluiré definitivamente el asunto. De todos modos, no me quejo de una crítica que es bien educada, pertinente, aclaradora. Dos puntos, sin embargo, me hacen salir al ruedo, quebrando, por primera vez, una decisión que hasta hoy ha sido para mí norma de obligado cumplimiento, la de no responder, ni siquiera comentar, cualquier apreciación realizada sobre mi trabajo. El primer punto tiene que ver con un supuesto simplismo en los análisis de los problemas que me caracterizaría. Podría responder que el espacio no da para más, aunque quien, de verdad, no da para más soy yo mismo, puesto que me faltan las habilitaciones indispensables de un analista profundo, como los de la Escuela de Chicago, que, a pesar de tan dotados, se cayeron con todo el equipo, ya que nunca les pasó por sus privilegiados cerebros la posibilidad de una crisis arrasadora que cualquier análisis simplista sería capaz de predecir. El otro punto es más serio y justifica, por sí solo, esta en algunos aspectos inopinada intervención. Me refiero a mis alegados excesos de indignación. De una persona inteligente como José Mario Silva esperaría todo menos esto. Mi pregunta será por tanto tan simple como mis análisis: ¿hay límites para la indignación? Y más: ¿cómo se puede hablar de excesos de indignación en un país donde precisamente, con las consecuencias que están a la vista, es lo que está faltando? Querido José Mario, piense en esto e ilústreme con su opinión. Por favor.

Día 7

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Главный герой
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