Sinuhé, El Egipcio
- Автор: Валтари Мика Тойми
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Sinuhé, El Egipcio». Краткое содержание книги:
Sinuhé el egipcio nos introduce en el fascinante y lejano mundo del Egipto de los faraones, los reinos sirios, la Babilonia decadente, la Creta anterior a la Hélade…, es decir, en todo el mundo conocido catorce siglos antes de Jesucristo. Sobre este mapa, Sinuhé dibuja la línea errante de sus viajes, y aunque la vida no sea generosa con él, en su corazón vive inextinguible la confianza en la bondad de los hombres.
Esta novela es una de las más célebres de nuestro siglo y, en su momento, constituyó un notable éxito cinematográfico.
– No está casada -dijo Horemheb con impaciencia-. Deja ya de hablar de fidelidad, de virtud y de vergüenza. No se digna siquiera mirarme, pese a que esté bajo sus ojos. No toca mi mano si se la tiendo para ayudarla a subir a la litera. Acaso me cree sucio porque el sol me ha bronceado. -¿Es, pues, una mujer noble?
– Es inútil hablar de ella. Es más bella que la luna y las estrellas; como ellas está alejada de mí. Me sería más fácil estrechar la luna entre mis brazos; por esto debo olvidarla. Por esto debo abandonar Tebas. Si no, moriré.
– ¿No habrás puesto tus ojos en la reina madre? -dije bromeando, porque quería hacerlo reír-. La creía vieja y regordeta, por lo menos para el gusto de un hombre joven.
– Tiene su sacerdote -dijo él con desprecio-. Creo que fornicaban ya en vida del rey.
Pero yo levanté rápidamente el brazo para interrumpirlo y dije: -Verdaderamente, has saciado tu sed en algún pozo envenenado desde tu llegada a Tebas.
– La que es objeto de mis ardores -dijo Horemheb- se pinta los labios y las mejillas con ocre rojo, sus ojos son ovalados y oscuros y nadie ha acariciado jamás sus miembros bajo el lino real. Se llama Baketamon y por sus venas corre sangre de los faraones. Ya conoces ahora mi locura, Sinuhé. Pero si hablas de ella a alguien, aun cuando sea a mí mismo, te mataré doquiera estés, pondré tu cabeza entre tus piernas y te arrojaré al río. Guárdate mucho de pronunciar jamás su nombre en mi presencia; si no, te mataré.
Me sentí presa de horror, porque era espantoso pensar que un villano hubiera osado levantar los ojos hasta la hija de un faraón y desearla en lo más hondo de su corazón. Por esto le dije:
– Ningún mortal puede levantar las manos sobre ella y si alguien se desposa con ella no puede ser más que su hermano, heredero del trono, para elevarla a su lado como esposa real. Es lo que ocurrirá, porque lo he leído en los ojos de la princesa junto al lecho de muerte de su padre, porque no miraba a nadie más que a su hermano. Yo lo temía, porque es una mujer cuyos miembros no calientan a nadie y en sus ojos ovalados se lee el vacío y la muerte. Por esto te digo: vete, Horemheb, amigo mío, porque Tebas no es para ti.
Pero con impaciencia me respondió:
– Todo esto lo sé tan bien o mejor que tú, de manera que tus palabras son como un zumbido de moscas en mis oídos. Pero volvamos a lo que decías hace poco de los diablos, porque mi corazón está vacío y una vez que he bebido quisiera que una mujer me sonriese. Pero debe ir vestida de lino real y llevar una peluca, debe pintarse los labios y las mejillas de ocre rojo y mi deseo no se despertará más que si sus ojos son ovalados como el arco de la luna en el cielo.
Sonreí y dije:
– Tus palabras son cuerdas, amigo. Examinemos juntos, si quieres, cómo debes comportarte. ¿Tienes oro?
Con jactancia respondió:
– No me importa pesar mi oro, porque el oro no es más que estiércol a mis pies. Pero tengo un collar y brazaletes. ¿Es suficiente?
– No es seguro. Es quizá más seguro que te limites a sonreír, porque las mujeres que visten lino real son caprichosas y tu sonrisa puede inflamar a una de ellas. ¿No existe alguna en el palacio? ¿Por qué ir a derrochar un oro del que puedes más tarde tener necesidad?
– No me importan las mujeres de palacio -respondió Horemheb-. Pero conozco otro remedio. Entre mis camaradas hay un tal Kefta, un cretense, a quien di un día de puntapiés porque se había burlado de mí y ahora me respeta. Me ha invitado a acompañarlo hoy a una fiesta en casa de unos nobles situada cerca del templo de un dios de cabeza de gato, cuyo nombre no recuerdo porque no pensaba, ir.
– Se trata de Bastet -dije yo-. Conozco el templo y es un lugar propicio a tus intenciones, porque las mujeres ligeras invocan a menudo a la diosa de cabeza de gato y le ofrecen sacrificios con el objeto de que les proporcione amantes ricos.
– Pero no iré si tú no me acompañas -dijo Horemheb, desconcertado-. Soy de bajo origen, sé dar puntapiés y latigazos, pero no sé cómo comportarme en Tebas ni, sobre todo, cómo tratar a las mujeres. Tú eres un hombre de mundo, Sinuhé, y has nacido en Tebas. Por esto debes ayudarme.
Yo había bebido vino y su confianza me halagaba, pero no quería confesarle que conocía a las mujeres tan poco como él. Pero había bebido tanto vino que mandé a Kaptah a buscar una litera y ajusté el precio de la carrera mientras Horemheb seguía bebiendo para darse ánimos. Los portadores nos depositaron cerca del templo de Bastet, y viendo antorchas y lámparas delante de la casa adonde íbamos, comenzaron a discutir el precio de la carrera hasta que Horemheb les administró unos cuantos latigazos que les impusieron silencio. Delante del templo algunas muchachas nos sonrieron pidiéndonos que sacrificásemos con ellas; pero no iban vestidas de lino real, llevaban el cabello natural y no quisimos saber nada de ellas.
Entramos; yo caminando delante, y nadie se extrañó de nuestra llegada; los servidores nos echaron agua sobre las manos, y el aroma de los platos calientes, de los ungüentos y de las flores llegaba hasta la cancela. Los esclavos nos adornaron con coronas de flores y penetramos en la sala porque el vino nos había hecho osados.
En cuanto entramos, no tuve ojos más que para una mujer que acudió a nuestro encuentro. Iba vestida con lino real, de manera que sus miembros aparecían a través de la tela como los de una diosa. Llevaba una gruesa peluca azul adornada con numerosas joyas coloradas, sus párpados estaban pintados de negro y verde bajo los ojos. Pero más verdes que todos los verdes eran sus pupilas, que eran como el Nilo bajo los ardores del sol estival, porque era Nefernefernefer, a quien había encontrado un día en el templo de Amón. No me reconoció; nos miró con curiosidad y dirigió una sonrisa a Horemheb, quien levantó el látigo para saludarla. Un muchacho joven, el cretense Kefta, vio también a Horemheb y acudió titubeante, lo abrazó y lo llamó amigo. Nadie me prestó atención, de manera que pude contemplar a placer a la hermana de mi corazón. Era de más edad de lo que pensaba y sus ojos no sonreían ya y eran duros como las piedras verdes. Sus ojos no sonreían, pero su boca sí, y ante todo miraba la cadena de oro que Horemheb llevaba al cuello. Pero, a pesar de todo, mis rodillas flaqueaban.
Los muros del salón estaban pintados por los mejores artistas y unas columnas abigarradas sostenían el techo. Había mujeres casadas y solteras y todas llevaban vestidos de lino real, pelucas y muchas joyas. Sonreían a los hombres que se agolpaban alrededor de ellas y eran jóvenes o viejos, bellos o feos, y tenían también joyas de oro y sus cabellos estaban recargados de piedras preciosas y oro. Gritaban o reían; copas y jarras llenaban el suelo; se caminaba sobre flores y los músicos sirios agitaban sus ruidosos instrumentos y apagaban el ruido de las palabras. Habían bebido mucho vino, porque una mujer se sintió indispuesta y el esclavo le tendió demasiado tarde la jofaina, de manera que se manchó el traje y todo el mundo se rió de ella.
Kefta, el cretense, me besó también llamándome su amigo y me manchó la cara con sus afeites. Pero Nefernefernefer me miró y dijo: -iSinuhé!… Conocí una vez a un Sinuhé que, como tú, quería ser médico.
– Yo soy este Sinuhé -dije, mirándola fijamente y temblando.