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Justicia Uniforme

Электронная книга - «Justicia Uniforme». Краткое содержание книги:

Un cadete de una academia militar de élite aparece ahorcado. Todo indica que se trata de un suicidio, pero el comisario Brunetti empieza a sospechar del muro de silencio que levantan ante él todos los miembros de la academia, sea cual sea su graduación. El célebre detective está convencido de que tiene entre manos un delicado caso de asesinato que trasciende a la propia institución, pero su infalible olfato se confirma cuando conoce la identidad del padre del fallecido: un ex miembro del Parlamento italiano que dimitió de su cargo de forma tan repentina como polémica. ¿Qué relación existe entre el férreo código de honor de la academia y las más altas instancias del ejército y la política?
«A pesar de la seriedad de los asuntos que tratan, los libros de Donna Leon se iluminan con el enorme encanto de su ambientación y la humanidad de sus personajes.» The New York Times Book Review
«Justicia uniforme es un claro ejemplo de equilibrio. Su delicada prosa y encanto contrarrestan su dureza.» The Washington Post
«Novela negra de primer orden: intensa, relevante y llena de humanidad.» The Guardian
«Donna Leon es probablemente la mejor escritora de novela negra.» The Chicago Tribune.
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La voz de Paola irrumpió en sus reflexiones.

– No; no creo que la muerte de un hijo pueda superarse. No del todo.

– ¿A ti te parece que es peor para la madre? -preguntó él.

Ella meneó la cabeza desestimando sus palabras.

– No; eso es una tontería.

Él agradeció que no pusiera un ejemplo para demostrarle que el dolor de un padre puede ser igual de hondo. Apartó la vista de las montañas y la miró a los ojos.

– ¿Tú qué crees que ocurrió? -preguntó Paola.

Incapaz de encontrar un sentido a todo lo que había sucedido a la familia Moro, él movió la cabeza negativamente.

– No tengo más que cuatro hechos: él escribe el informe y es represaliado; es elegido al Parlamento y renuncia al escaño; su esposa ha recibido un disparo poco antes de que él dimita; dos años después, su hijo aparece ahorcado en el aseo de la escuela.

– ¿La escuela puede tener algo que ver? -preguntó Paola.

– ¿Por qué razón? ¿Por ser una academia militar?

– Es la única particularidad que tiene, ¿no? -dijo ella-. Además del hecho de que se pasan todo el invierno andando por la ciudad con aspecto de pingüinos. Y el resto del año como si tuvieran algo maloliente debajo de la nariz. -Ésa era la descripción que solía hacer Paola de los esnobs y sus maneras. Por ser hija de un conté y de una contessa y haber pasado la juventud rodeada de riquezas y títulos y de los parásitos que atraen unas y otros, ella tenía que conocerlos bien, pensaba su marido.

– Siempre he oído decir que e¡ nivel académico es bueno -dijo él.

– ¡Bah! -explotó ella, borrando del aire tal posibilidad con una bocanada de aliento.

– Ése no me parece un argumento concluyente -dijo él-. Pese a estar bien articulado y razonado.

Paola se volvió de cara a él con los brazos en jarras, en la actitud de la actriz que opta al papel de Mujer Airada.

– Quizá mí argumento no sea concluyente, pero procuraré articularlo.

– Me encanta usted cuando se enoja de esa manera, signora Paola -dijo él forzando la voz hasta su registro más agudo. Ella dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo y se echó a reír-. Te escucho -agregó, alargando la mano hacia la botella de pinot noir que estaba en la encimera.

– Susanna Arici dio clases allí, cuando volvió de Roma, mientras esperaba obtener plaza en una escuela estatal. Pensó que, aceptando el puesto que le ofrecía la academia, aunque fuera sólo a tiempo parcial, por lo menos habría entrado en el sistema de la enseñanza pública. -Al advertir la mirada interrogativa de Brunetti explicó-: Pensó que la escuela dependía del ejército y que, por io tanto, era un centro estatal. Pero es totalmente privado, no está adscrita al ejército de modo oficial, aunque da esa impresión y consigue recibir subvención del Estado. En definitiva, lo único que Susanna consiguió fue un empleo a tiempo parcial, mal pagado. Y, cuando llegó el momento de nombrar a un titular permanente para e! puesto, no la nombraron a ella.

– ¿Qué enseñaba? ¿Inglés? -Brunetti había coincidido con Susanna varias veces. Era la hermana menor de una condiscípula de Paola, había estudiado en Urbi-no y regresado a Venecia para dar clases, donde seguía residiendo, felizmente divorciada y compartiendo la vida con el padre de su segunda hija.

– Sí, pero sólo un año.

Aquello había ocurrido hacía casi diez años, por lo que Brunetti preguntó:

– ¿No crees que desde entonces pueden haber cambiado las cosas?

– No sé por qué habían de cambiar. Las escuelas públicas no han hecho sino empeorar, desde luego, aunque supongo que los alumnos siguen poco más o menos lo mismo, y no veo por qué las privadas iban a ser diferentes.

Brunettí apartó una silla de la mesa y se sentó.

– Bueno, cuenta. ¿Qué decía Susanna?

– Que la mayoría de los padres eran unos prepotentes que transmitían a los hijos su sentimiento de superioridad. Y a las hijas también, por supuesto, pero como la academia sólo admite a chicos… -La voz de Paola se apagó, y durante un momento Brunetti creyó que iba a aprovechar esa oportunidad para lanzarse a la denuncia de las escuelas que discriminan por el sexo y reciben fondos del Estado.

Ella se acercó, le tomó la copa de la mano, bebió un sorbo y se la devolvió.

– No temas, cariño. Los sermones, uno a uno.

Brunetti, para no alentarla, ahogó una sonrisa.

– ¿Qué más decía Susanna? -preguntó.

– Que se creen con derecho a todo lo que tienen, o que tienen sus padres, y que se sienten miembros de un grupo especial.

– ¿No nos sentimos todos así? -preguntó Brunetti.

– En ese caso -prosiguió Paola-, es más bien que se sienten vinculados únicamente al grupo, a sus reglas y decisiones.

– ¿Y no es eso lo que yo digo? -preguntó Brunetti-. Así nos sentimos también los de la policía. Bueno, por lo menos algunos.

– Sí, claro. Pero también os sentís sometidos al resto de las leyes que nos gobiernan a los demás, ¿no?

– Desde luego -convino Brunetti. Pero entonces su conciencia, y también su inteligencia, le hicieron agregar-: Algunos.

– Bien, pues Susanna decía que esos chicos, no. Que ellos no reconocen más normas que las militares. Que mientras las cumplan y permanezcan leales al grupo, puedan hacer lo que les venga en gana. -Paola observaba a su marido mientras hablaba y, al darse cuenta de la atención con que él escuchaba, prosiguió-: Es más, decía que los profesores, la mayoría de los cuales tienen un pasado militar, hacían cuanto podían para fomentar en los alumnos esta manera de pensar. Les decían que, ante todo y por encima de todo, se considerasen soldados. -Entonces sonrió, pero con tristeza-. Es patético: no son soldados ni tienen una verdadera relación con los militares y, no obstante, se les inculca que deben considerarse guerreros y rendir culto a la violencia. Es nauseabundo.

Algo que le estaba rondando por la cabeza a Brunetti se definió por fin:

– ¿Estaba ella allí cuando violaron a aquella muchacha? -preguntó.

– No; me parece que eso ocurrió un año o dos después. ¿Por qué?

– Estaba tratando de recordar el caso. La chica era hermana de uno de los alumnos, ¿verdad?

– Sí, o prima -dijo Paola. Agitó la cabeza, como para estimular la memoria-. Lo único que recuerdo es que se avisó a la policía y, al principio, parecía que la chica había sido violada. Pero la noticia desapareció de los periódicos como por ensalmo.

– Es curioso, pero no lo recuerdo con claridad, sólo el hecho en sí, sin los detalles.

– Debió de ser cuando estabas en Londres, en aquel cursillo -apuntó Paola-. Recuerdo haber pensado que no tenía manera de saber lo que había ocurrido realmente, porque tú no estabas aquí para contármelo, y mi única fuente de información eran los periódicos.

– Sí; eso debió de ser -dijo él-. En los archivos tiene que haber algo; por lo menos, el informe original.

– ¿Lo encontrarías?

– La signorina Elettra, seguro.

– Pero, ¿por qué molestarse? -dijo Paola con súbita vehemencia-. El caso no tiene nada de particular: niños ricos, papas ricos, silencio, la noticia desaparece de los periódicos y, seguramente, de los archivos públicos.

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