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Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:

Scherezade no teme a la muerte. No cree que el poder del mundo, representado por el Califa, consiga el exterminio de su imaginación.
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
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A medida que Scherezade pule un aspecto u otro de la conducta del hombre y de su futura esposa, con la expectativa de que el soberano contribuya con algún detalle esencial, él suplica, paralizado de emoción, que Scherezade prosiga. Que bajo ningún pretexto interrumpa la corriente de encantamiento con la que viene alfombrando su vida cotidiana.

23.

Scherezade es un ser carnal. En breve tendrá veinte años y teme no llegar a la vejez. Su cuerpo conjuga miedo y exaltación mientras da vida a las historias que narra.

La materia de la imaginación, que estremece sus sentidos, tiene la voz como conducto. Cada noche su timbre, milenario, repercute en la fantasía y en las palabras que van dando cuerpo a sus enredos. El registro vocal de la joven se altera, sobre todo al encarnar a heroínas desconsoladas, al asegurar intensa existencia a Aladino, Zoneida o Alí Babá, cuya experta criada salva a su amo con notables artificios. Con irreprensible imparcialidad, Scherezade les atribuye una modulación que varía entre opaca, oscura, áspera, nerviosa, según las circunstancias. Hasta el punto de que sus cuerdas vocales, ora expeliendo timbres agudos, ora forjando un arranque gutural, han ganado la pátina de un tiempo vencido. Una coloratura que confunde a la propia Dinazarda y encanta al huraño soberano.

Mientras Scherezade cela para que sus personajes no sacien de inmediato la curiosidad de los oyentes, resguarda igualmente sus sentimientos. Se resiste a las propuestas de afecto y admiración que la reduzcan a una condición simplona. Y cuando Jasmine mitiga su sed, o refresca su piel acalorada con rodajas de sandía dejada al sereno en el patio para que se enfríe, ella agradece, pero no comulga necesariamente con sus ideales. Allí está para afectar al Califa con cierto grado de perplejidad, que no se acomode en los divanes entregado a sueños apartados de sus relatos.

Teniendo a Dinazarda y Jasmine como testigos, mientras el Califa no viene por la noche, ella se eleva a la categoría de los imitadores. Compone, con facilidad, la personalidad de un barítono, recién llegado a Bagdad, que ostentaba una panza voluminosa. Un señor que con la voz propagaba notas musicales y maledicencias en la misma frase musical. Introduciendo villanía en la trama que se había encargado de defender en medio de acordes altisonantes.

Bajo los aplausos de las jóvenes, ella no persiste en el retrato de un exhibicionista que antaño sirviera en la corte. Describe ahora a una mujer, igualmente opulenta, de quien se decía que tenía voz de soprano, y cuyo transcurso existencial, siendo tan intenso como el de Zoneida, merecía ser incluido en una de sus historias, quizá convirtiéndola en escudera del voluble al-Amin. Una cantante que, usando la voz, actuaba con un tipo lleno de atavíos románticos, a pesar de que el físico de la mujer no despertaba pasión. Ambos, sin embargo, enlazados mientras cantaban, aguardaban un desenlace trágico, fuera de su alcance.

Compenetrada, Scherezade copiaba sus tics nerviosos, las sucesivas desafinaciones, indiferente a que Dinazarda y Jasmine se riesen, pidiendo más. Sobre todo cuando la cantante, entre falsetes y meneos, ahora con turbante, albornoz, blandiendo la cimitarra, pasaba por hombre, hasta el punto de besarse, exaltada, su propia mano, fingiendo los labios de la compañera. Ella y el tenor, cada cual en su papel, traduciendo un amor en vísperas de agotarse.

Y tan fugaz era el duelo de los artistas que el tenor, al seducir a una modesta vendedora de albaricoques frescos, de pie en su tenderete situado en la medina, se sorprende cuando ella, con mórbida curiosidad, le pregunta cómo eran habitualmente tratadas las mujeres del harén real. Si el Califa, al llevarlas a la cama, las regala con presentes a la altura de una noche de voluptuosidad. Pero al avanzar el tenor hacia la joven, aspirando a que, a cambio de la información, copulase con él, la vendedora, en actitud ingrata, exige más. Quiere saber si los eunucos, notoriamente incapaces de operar con el falo en la vulva femenina, usaban de miradas lascivas, con dedos y lenguas ágiles, plásticos, flexibles, señores de prácticas que enloquecían a las favoritas. ¿Hasta el punto de recurrir a las telas de algodón, originario de las márgenes del Nilo, para ahogar los gritos de las mujeres?

Bajo la concordancia de Dinazarda, la voz de Scherezade, que no se gasta ni se quiebra, amplía sus acciones, adopta nuevas prerrogativas narrativas. Presta a cada papel una imprescindible comprensión. Como hombre y mujer, ríe, llora, víctima de un trampolín emocional. Como tal, ella fabula figuras legendarias del mundo árabe que irradian voluptuosidad, exudan olores, destilan secreciones, desafían a gigantes y monarcas, todos con dimensión mágica. Y que, empujados por ella, alzan el vuelo, atraviesan el túnel del tiempo hasta llegar al Profeta, justo en la época en que Mahoma y sus seguidores, sufriendo la hostilidad de los habitantes de La Meca, se refugiaron en Medina, para vivir allí el exilio. Una hégira dolorida a partir de la cual, enriquecidos por la palabra de Alá, daba esta fecha inicio a la era musulmana.

Los papeles que Scherezade va representando no siempre sugieren un desenlace malévolo. Algunos, desembocando en una ruptura feliz, hacían sonreír a las mujeres. La prueba es que, habiendo tornado a Dinazarda y Jasmine exultantes, ella regresa al escenario de Bagdad, después de haberla llevado lejos la imaginación. Indicando tal regreso que se había cansado de visitar el otro extremo de la Tierra, mucho más allá de lo previsto por cualquier mortal. De haber seguido al incansable Simbad, ya en su séptima aventura marítima, que bien podría ser la última.

Pero, aunque Dinazarda se regocije con tal fantasía, ella acaba recriminando a su hermana que no debería gastar el producto de este festín con ellas. Es preferible que reserve lo mejor de estas vituallas para el Califa, a punto de llegar a sus aposentos. Sólo teniéndolo como oyente convendría recomenzar el ciclo de las vicisitudes humanas.

24.

El pecho del Califa se vacía de esperanza. No ama a Scherezade ni a ninguna otra mujer. El frío en el pecho, que ahuyenta la emoción, se irradia hasta la mirada impenetrable. La crueldad, que adviene de su ideal de venganza, amenaza con envejecerlo.

Confiado en la eficacia de su juramento de eliminar a las jóvenes después de copular con ellas, regresa por las mañanas a la sala del trono sin liberar a Scherezade de sus votos. Se cierne sobre sus súbditos la certidumbre de que en breve repartirá su dosis diaria de justicia.

A pesar de tal propósito, tarda en encomendar la muerte de Scherezade. Le inquieta usar las historias de la joven como pretexto para mantenerla a su lado. Admite, en verdad, que la fantasía de aquella contadora le aceita el cuerpo, y sus palabras, a veces cultas, casi siempre de raíz popular, suspenden las nociones que había tenido hasta entonces de la realidad. Sin necesidad de abandonar el palacio o visitar el reino, la hija del Visir le lleva a los aposentos, a la sala de audiencias, al repertorio de su corazón, por donde, en fin, camine, la visión de seres grotescos, de tierras incógnitas, de aventuras que había ambicionado vivir desde la adolescencia, pero le había faltado el valor de abandonar el reino a cambio de la miseria humana, de la inestabilidad de la suerte.

Entrecierra los labios, suspira, contrae el pecho al seguir a Scherezade. Aunque no hable, va corrigiendo en el pensamiento una que otra palabra. Algunas, por iniciativa propia, las deja suspendidas en el aire, reservándolas para una emergencia, o para el instante en que se sintiese necesitado de ellas. Mediante estos ejercicios, que lo exaltan, el Califa olvida a la esposa que lo había traicionado con el esclavo negro. Una humillación hecha pública por su hermano, sultán como él, de visita a Bagdad, y que, por triste sino, había sido víctima de igual infamia.

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