La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Hernando le dio un dulce beso y la urgió a cruzar el Arenal. Rafaela titubeó.
– Lo conseguiremos. Todos -le insistió Hernando-. Confía en Dios. Ve. Corre.
Fue el pequeño Muqla quien tiró de la mano de su madre para encaminarla hacia el otro extremo del Arenal. Hernando perdió unos instantes observando cómo parte de su familia se perdía entre la muchedumbre; luego se volvió con resolución para ayudar a sus hijos.
– ¿Habéis oído lo que le he dicho a vuestra madre? -preguntó a los dos mayores. Ambos asintieron-. De acuerdo entonces. Cada uno de vosotros irá a un lado de la manada; yo los dirigiré. Nos costará pasar entre tanta gente, pero tenemos que conseguirlo. Por suerte la mayoría de los soldados están de fiesta en la ciudad y ya no deambulan entre nosotros; no nos detendrán. -Hablaba con energía mientras ataba los caballos, sin dar oportunidad a que sus hijos se plantearan lo que iban a hacer-. Arreadlos por detrás y por los costados para que caminen -les ordenó-, hacedlo con brío, sin que os importe lo que nadie pueda deciros. Nuestro objetivo es cruzar esta explanada, como sea. ¿Me habéis entendido? -Amín y Laila asintieron de nuevo-. Cuando estemos cerca de la salida, quedaos detrás de ellos, luego escapad y corred igual que vuestra madre. ¿De acuerdo?
No esperó confirmación. Los diez caballos ya estaban atados. Entonces Hernando cogió las cuerdas largas y, por encima de las cruces, las ató a las manos de dos de los animales que irían en cabeza, luego agarró del ronzal a otro que pretendía llevar libre.
– ¿De acuerdo? -repitió. Amin y Laila asintieron con la cabeza. Su padre los animó con una sonrisa-. ¡Nos espera vuestra madre! ¡No podemos dejarlos solos! ¡En marcha! -ordenó sin permitirse un respiro. Amin sólo tenía once años; su hermana uno menos. ¿Serían capaces?
Hernando tiró de los tres caballos de cabeza, los siete restantes por detrás, atados entre ellos, agrupados, abriéndose por los flancos.
– ¡Arre! ¡Vamos, preciosos!
Le costó ponerlos en movimiento; no estaban acostumbrados a moverse atados unos a otros. Los de detrás cocearon, se encabritaron y se mordieron, negándose a adelantar. ¿Y él?, se preguntó entonces, ¿sería capaz a su edad? Pateó con fuerza la barriga de uno de los caballos.
– ¡Moveos!
– ¡Arre! -escuchó entonces desde detrás.
Entre los animales vio que Amin había cogido una cuerda y azotaba las grupas de los traseros. Al instante se sumó la voz de Laila, primero titubeante, después firme como la de su hermano.
¡Serían capaces!, sonrió con los gritos de sus pequeños en los oídos.
Cuando todos los caballos se pusieron en movimiento lo hicieron como un ejército imparable; Hernando creyó que no podría controlarlos, pero sus hijos iban y venían corriendo desde atrás a los flancos, para azuzarlos y mantenerlos agrupados.
– ¡Cuidado! ¡Apartaos! -gritaba él sin cesar.
Los niños también gritaban. Y la gente, que se quejaba y los insultaba.
Los moriscos saltaban a su paso para apartarse. Pisotearon enseres y arrollaron tiendas. Cuando pasaron por encima de una pequeña hoguera, Hernando llegó a comprender lo ciegos que estaban los animales entre el gentío: jamás habrían hecho tal cosa en otras condiciones; nunca habrían pasado por encima de un fuego.
– ¡Cuidado!
Tuvo que tironear con violencia de los caballos de cabeza para dar tiempo a que una anciana escapase y no fuera arrollada, aunque más de algún morisco salió despedido al chocar con los animales que iban por los costados.
Por extenso que fuera el Arenal, el tiempo voló y Hernando distinguió el cuerpo de guardia por delante, los soldados extrañados ante el escándalo.
– ¡Ahora, niños! ¡Huid! ¡Al galope! -gritó.
No fue necesario que se esforzara. El espacio libre que se abría entre donde se asentaban los últimos moriscos y la guardia animó a los animales a lanzarse a un frenético galope. Hernando corrió un par de trancos al lado del caballo libre y se agarró a su crin para montar aprovechando la inercia. Le costó hacerlo; sus músculos chasquearon ante el esfuerzo. Falló en su primer intento y se quedó con la pierna derecha a medio camino de la grupa, pero tal y como volvió a tocar el suelo, sin llegar a dar un paso, se izó con fuerza y lo consiguió. El resto, sin Amin y Laila azuzándoles, se abrió en abanico. Los soldados observaron aterrados cómo se les venían encima once caballos al galope: una manada de animales desenfrenados, locos.
– Allahu Akbar!
No había terminado de invocar a su Dios cuando tiró de las dos cuerdas largas que había atado a las manos de los otros dos caballos de cabeza. Los animales tropezaron, cayeron de bruces y dieron una vuelta de campana. A la luz de las antorchas, Hernando llegó a vislumbrar el pánico en los rostros de los soldados cuando todos los animales tropezaron entre sí y se abalanzaron sobre hombres y chamizos. Él, en el caballo libre, galopó fuera del Arenal dejando atrás un cuerpo de guardia destrozado.
Saltó a tierra igual que había montado y corrió hacia las matas de la ribera. Los relinchos de los caballos y el griterío resonaban en la noche.
– ¿Rafaela? ¿Amin?
Tardó unos interminables momentos en escuchar contestación.
– Aquí.
En la más absoluta oscuridad, reconoció la voz de su hijo mayor.
– ¿Y tu madre?
– Aquí -respondió Rafaela algo más lejos.
Le dio un vuelco el corazón al oír su voz. ¡Lo habían logrado!
69
Escaparon a Granada sabiendo que, en caso de que fueran detenidos, les aguardaba la muerte o la esclavitud. Los capitanes de las milicias cordobesas debían saber que había sido éclass="underline" era el dueño de los caballos y su nombre y los de sus hijos no aparecerían en los censos de embarque. A las Alpujarras, decidió. Allí había pueblos enteros abandonados. Miguel, con su mula, no tuvo problemas para salir del Arenal y se encontró con ellos más allá de las murallas de la ciudad; atrás quedaban los dieciséis magníficos caballos. Pero ¿qué importaban ya?
Después de un largo viaje desde Sevilla a las Alpujarras, evitando los caminos, escondiéndose de las gentes, robando la poca comida de los campos en invierno o esperando ocultos fuera de los pueblos a que Miguel consiguiese alguna limosna, encontraron refugio cerca de Juviles, en Viñas, un lugar desierto desde la expulsión de sus vecinos después de la rebelión.
El frío todavía era intenso y las cumbres de Sierra Nevada estaban cubiertas de nieve. Hernando las miró y luego posó los ojos en sus hijos; allí había transcurrido su infancia. Prohibió encender fuego; sólo lo harían por las noches. Se acomodaron en una vivienda desvencijada que Rafaela y los niños pugnaron por limpiar, sin medios y con escaso éxito. Hernando y Miguel los observaron: parecían pordioseros.
Los dos hombres salieron fuera de la casa, a una callejuela sinuosa limitada por casas derruidas. Rafaela los vio, ordenó a los niños que continuaran y los siguió.
¿Y ahora?, pregunto con la mirada nada mas acercarse a ellos. ¿Iban a vivir allí? ¿Escondidos toda la vida?
– Tengo que pedirte otro favor Miguel -se apresuró a decir Hernando sin volverse hacia el tullido, sosteniendo la mirada de su esposa y alargando una mano hacia ella.
– ¿Qué es lo que quieres?
Hernando acompañó a Miguel lo más cerca que pudo de Granada y después volvió a las Alpujarras con la mula; un mendigo no debía poseer un animal como aquél. El tullido cruzó la puerta del Rastro después de pelearse con los guardias, que cedieron, vencidos por su incontinente verborrea y, desde allí, directamente, se encaminó a la casa de los Tiros.
Durante los días que Miguel estuvo fuera, Hernando entretuvo a sus hijos y trató de enseñarles a cazar pajarillos. Encontró parte de una soga reseca, desunió los hilos y bajo la atenta mirada de sus hijos empezó a hacer diversos tipos de lazadas que luego colocaron en las ramas de los árboles. No cazaron ninguno, pero los críos pasaron mucho tiempo distraídos. Tampoco les faltó de comer, Hernando conocía bien esas tierras y salvo carne, encontró cuanto era necesario para mantenerse. Transcurrió una semana y nadie se había acercado a Viñas, entonces anunció a Rafaela que partía por unos días con Amin y Muqla.