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La Cúpula

Электронная книга - «La Cúpula». Краткое содержание книги:

La cúpula. Un día de octubre la pequeña ciudad americana de Chester´s Mill se encuentra totalmente aislada por una cúpula transparente e impenetrable. Nadie sabe de dónde ha salido ni por qué está allí. Sólo saben que poco a poco se agotarán las provisiones y hasta el oxígeno que respiran. Es una soleada mañana de otoño en la pequeña ciudad de Chester´s Mill. Claudette Sanders disfruta de su clase de vuelo y Dale Barbara, Barbie para los amigos, hace autostop en las afueras. Ninguno de los dos llegará a su destino. De repente, una barrera invisible ha caído sobre la ciudad como una burbuja cristalina e inquebrantable. Al descender, ha cortado por la mitad a una marmota y ha amputado la mano a un jardinero. El avión que pilotaba Claudette ha chocado contra la cúpula y se ha precipitado al suelo envuelto en llamas. Dale Barbara, veterano de la guerra de Irak, ha de regresar a Chester´s Mill, el lugar que tanto deseaba abandonar. El ejército pone a Barbie al cargo de la situación pero Big Jim Rennie, el hombre que tiene un pie en todos los negocios sucios de la ciudad, no está de acuerdo: la cúpula podría ser la respuesta a sus plegarias. A medida que la comida, la electricidad y el agua escasean, los niños comienzan a tener premoniciones escalofriantes. El tiempo se acaba para aquellos que viven bajo la cúpula. ¿Podrán averiguar qué ha creado tan terrorífica prisión antes de que sea demasiado tarde? Una historia apocalíptica e hipnótica. Totalmente fascinante. Lo mejor de Stephen King.
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Linda se acercó a Carolyn Sturges con la intención de tirar de ella hacia la relativa seguridad de los bancos cuando Toby Manning, que corría por el pasillo central, chocó contra ella. Su rodilla impactó con la parte de atrás de la cabeza de Linda y la mujer cayó hacia delante, aturdida.

– ¡Caro! -Alice Appleton gritaba desde muy lejos-. ¡Caro, levántate! ¡Caro, levántate! ¡Caro, levántate!

Carolyn quiso ponerse en pie, y fue entonces cuando Freddy Denton le pegó un tiro entre los ojos y la mató al instante. Los niños chillaron. Sus rostros estaban salpicados de sangre.

Linda notó vagamente que le daban patadas y la pisaban. Se puso a gatas (ponerse de pie quedaba descartado) y se arrastró hacia la fila contraria a la que había ocupado. Su mano se manchó de la sangre de Carolyn.

Alice y Aidan intentaban llegar hasta Caro. Como Andi sabía que podían hacerles mucho daño si salían al pasillo (y no quería que vieran cómo había quedado la mujer que ella suponía que era su madre), se inclinó hacia el banco de delante para agarrarlos. Había dejado caer el sobre de VADER.

Era lo que Carter Thibodeau había estado esperando. Todavía se encontraba de pie delante de Rennie, protegiéndolo con su propio cuerpo, pero había desenfundado el arma y la sostenía sobre el antebrazo. En ese momento apretó el gatillo y la problemática mujer del vestido rojo (la que había provocado todo ese jaleo) salió disparada hacia atrás.

El ayuntamiento estaba sumido en el caos, pero a Carter no le importó. Bajó los escalones y caminó con firmeza hacia donde había caído la mujer del vestido rojo. Cuando la gente que corría por el pasillo central chocaba con él, los empujaba para apartarlos, primero a la izquierda y luego a la derecha. La niñita, que estaba llorando, intentó aferrarse a su pierna, pero Carter se la quitó de encima de una patada, sin mirarla siquiera.

Le costó un poco ver el sobre. Pero lo localizó. Estaba en el suelo, junto a una de las manos abiertas de la señora Grinnell. Encima de la palabra VADER quedó estampada una gran huella impresa en sangre. Sereno aun en mitad del caos, Carter miró en derredor y vio a Rennie, que contemplaba con cara de asombro e incredulidad cómo se arrastraba su público. Bien.

Carter se sacó la camisa del pantalón. Una mujer que gritaba (era Carla Venziano) chocó con él y él la lanzó a un lado. Después se metió el sobre de VADER por dentro de la cinturilla, en la espalda, y volvió a meterse la camisa para ocultarlo.

Siempre era bueno tomar algunas precauciones.

Reculó hacia el escenario caminando hacia atrás para no perder el control visual de la situación. Cuando llegó a los escalones, se volvió y los subió corriendo. Randolph, el intrépido jefe de policía del pueblo, seguía sentado con las manos plantadas en sus carnosos muslos. Podría haber pasado por una estatua de no ser por el palpitar de una vena en mitad de la frente.

Carter se llevó a Big Jim del brazo.

– Vamos, jefe.

Big Jim lo miró como si no supiera muy bien dónde estaba ni quién era. Entonces su mirada se aclaró un poco.

– ¿Grinnell?

Carter señaló el cuerpo de la mujer, tendido en el pasillo central, y el charco creciente que se extendía bajo su cabeza, a juego con su vestido.

– De acuerdo, bien -dijo Big Jim-. Salgamos de aquí. Bajemos. Tú también, Peter. Levanta. -Y al ver que Randolph seguía sentado y mirando a la muchedumbre enloquecida, Big Jim le dio una patada en la espinilla-. ¡Que te muevas!

En aquel pandemónium, nadie oyó los tiros del edificio de al lado.

25

Barbie y Rusty se miraron.

– Joder, ¿qué está pasando ahí? -preguntó Rusty.

– No lo sé -dijo Barbie-, pero nada bueno. Se oyeron más disparos en el ayuntamiento, y después otro mucho más cerca: en el piso de arriba. Barbie esperó que fuera de los suyos… Y luego oyó gritar a alguien:

– ¡No, Junior! ¿Te has vuelto loco? ¡Wardlaw, cúbreme!

Siguieron más disparos. Cuatro, tal vez cinco.

– Mierda -dijo Rusty-. Tenemos problemas.

– Lo sé -dijo Barbie.

26

Junior se detuvo en los escalones de la comisaría y miró por encima del hombro hacia el tumulto que acababa de estallar en el ayuntamiento. Los de los bancos de fuera estaban de pie y alargaban el cuello, pero no alcanzaban a ver nada. Ni ellos ni él. A lo mejor alguien había asesinado a su padre (eso esperaba, así le habrían ahorrado la molestia), pero mientras tanto tenía cosas que hacer en la comisaría. En el calabozo, para ser exactos.

Junior empujó la puerta, en la que se leía TRABAJAMOS JUNTOS: LA POLICÍA DE TU PUEBLO Y TÚ. Stacey Moggin salió corriendo hacia él. Rupe Libby la seguía. En la sala de los agentes, de pie delante del malhumorado cartel que decía EL CAFÉ Y LOS DONUTS NO SON GRATIS, estaba Mickey Wardlaw. Por muy mole que fuera, se lo veía asustado e inseguro.

– No puedes entrar aquí, Junior -dijo Stacey.

– Claro que puedo. -«Claro» sonó «Caaa'o». Tenía todo un lado de la boca entumecido. ¡La intoxicación por talio! ¡Barbie!-. Estoy en el cuerpo. -«'stoy 'nel c'erbo.»

– Estás borracho, eso es lo que estás. ¿Qué está pasando ahí fuera? -Pero, entonces, quizá al decidir que Junior no sería capaz de ofrecerle una respuesta coherente, la muy zorra le dio un empujón en mitad del pecho. Hizo que se tambaleara sobre la pierna mala y casi lo tiró al suelo-. Márchate, Junior. -Miró atrás por encima del hombro y pronunció las últimas palabras que diría en este mundo-. Quédate donde estás, Wardlaw. Nadie va a bajar ahí.

Cuando se volvió con la intención de obligar a Junior a salir de la comisaría, se encontró mirando la boca de una Beretta de las de la policía. Le dio tiempo a pensar una sola cosa más (Oh, no, no será capaz…), y entonces un guante de boxeo indoloro le golpeó entre los pechos y la empujó. Vio la cara de asombro de Rupe Libby del revés cuando la cabeza se le inclinó hacia atrás. Después ya no vio nada.

– ¡No, Junior! ¿Te has vuelto loco? -gritó Rupe mientras intentaba sacar la pistola-. ¡Wardlaw, cúbreme!

Pero Mickey Wardlaw se quedó allí de pie, mirándolos como pasmado mientras Junior le metía cinco balas en el cuerpo al primo de Piper Libby. Tenía la mano izquierda entumecida, pero la derecha todavía le funcionaba bien; ni siquiera necesitaba apuntar demasiado con un blanco inmóvil a solo dos metros. Los primeros dos tiros se hundieron en la barriga de Rupe y lo lanzaron contra el escritorio de Stacey Moggin, que volcó. El chico se puso en pie, doblado, aferrándose el estómago. El tercer disparo de Junior no acertó, pero los dos siguientes entraron por la parte superior de la cabeza de Rupe, que cayó en una grotesca postura de ballet, las piernas separadas, y la cabeza (lo que quedaba de ella) descansando sobre el suelo, como si realizara una última gran reverencia.

Junior entró en la sala de los agentes cojeando y sosteniendo la Beretta humeante ante sí. No recordaba exactamente cuántas balas había gastado; creía que siete. Ocho, quizá. O tropecientos cincuenta… ¿Quién podía saberlo con exactitud? Volvía a dolerle la cabeza.

Mickey Wardlaw levantó una mano. Su rostro mostraba una gran sonrisa asustada y conciliadora.

– Yo no te daré problemas, hermano -dijo-. Haz lo que tengas que hacer. -Y le hizo la señal de la paz.

– Eso haré -dijo Junior-. Hermano.

Disparó a Mickey. El grandullón cayó al suelo, y la señal de la paz enmarcó el agujero de su cabeza que hasta hacía poco había contenido un ojo. El otro ojo levantó la mirada para contemplar a Junior con la estúpida humildad de una oveja que mira el redil donde la van a esquilar. Junior le disparó otra vez, solo para asegurarse. Después miró alrededor. Por lo visto, tenía todo aquel sitio para él solo.

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