Las Voces De Marrakesh
- Автор: Канетти Элиас
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Voces De Marrakesh». Краткое содержание книги:
Elias Canetti (1905-1994) nació en el seno de una familia hispanohablante de judíos sefardíes en Rustchuk (Bulgaria). En 1911 la familia se trasladó a Inglaterra; posteriormente a Viena, 1916, y a Frankfurt. En 1924 regresó a Viena, donde se doctoró en Química en 1929. Se estableció en Inglaterra en 1938. Su primer libro, y su única novela, fue AUTO DE FE (1936), concebida como la primera de una serie. Tuvo mucha más repercusión en la Europa continental que en Estados Unidos e Inglaterra, donde no alcanzó un reconocimiento general hasta la edición corregida y aumentada de 1965. A partir de esta novela, Canetti se centró en la historia, la literatura de viajes, el teatro, la crítica literaria y la escritura de sus memorias. MASA Y PODER (1962) se abre con la afirmación: No hay nada que el hombre tema más que el toque de lo desconocido, frase que capta el estilo aforístico de Canetti y también una de sus mayores preocupaciones, la influencia de las emociones en las inclinaciones racionales. Sus tres volúmenes de memorias, LA LENGUA ABSUELTA (1977), LA ANTORCHA AL OÍDO (1980) y EL TESTIGO ESCUCHADOR (1985), abarcan su vida antes de la II Guerra Mundial, describiendo su existencia peripatética y un mundo centroeuropeo que se desvanecía. Le fue concedido el Premio Nobel de Literatura en 1981.
El lugar que había escogido no estaba en absoluto resguardado. Era la parte más abierta de la plaza, de un incesante ir y venir en torno al montoncillo marrón. En atardeceres concurridos se esfumaba entre las piernas de la gente, y aunque yo sabía con exactitud dónde estaba, y oía continuamente su voz, me costaba trabajo encontrarlo. Pero entonces la multitud se dispersaba y el bulto permanecía en su lugar, como si a su alrededor, a lo largo y a lo ancho la plaza estuviese ya vacía. Entonces quedaba en la oscuridad como una vieja y mugrienta, abandonada, prenda de vestir de la que alguien quería desprenderse y hubiese dejado caer a hurtadillas entre la multitud para no llamar la atención. Pero ahora ya había desaparecido la gente y allí quedaba solo el bulto. No esperé a que se levantase por sí mismo o fuese recogido. Me perdí en la oscuridad con una ahogada sensación de impotencia y orgullo a su vez.
La impotencia me era propia: Sabía que jamás trataría de hacer algo por llegar al fondo del enigma. Sentía horror ante su presencia; y puesto que no sabía otorgarle otra realidad, lo dejaba reposar allí sobre el suelo. Cuando me aproximaba, cuidaba de no tropezar con él, como si acaso pudiese dañarlo o ponerlo en peligro. Allí estaba todas las noches; y cada noche se paraba mi corazón apenas escuchaba por vez primera el sonido, y de nuevo se paralizaba cuando divisaba el bulto. Su camino de ida y vuelta me resultaba más sagrado aún que el mío propio. Jamás le seguí el rastro y no sé dónde se perdía el resto de la noche y de la mañana siguiente. Se trataba de algo excepcional, y quizás se tenía a sí mismo por tal. A veces caía en la tentación de tocar con un dedo muy suavemente la capucha marrón -esto lo notaría sin duda-, y quizás poseyese un segundo sonido con el que responder. Pero esta aspiración se desvanecía rápidamente en mi impotencia.
Dije que en mi huida todavía me asaltaba otro sentimiento: el orgullo. Me sentía orgulloso del fardo porque vivía. Lo que pensase mientras respiraba profundamente hundido entre los demás, jamás lo podré saber. El significado de su salmodia me resultaba tan oscuro como su entera presencia. Pero vivía, y cada día, a su hora precisa, estaba de nuevo allí. Jamás vi que recogiese las monedas que le arrojaban; poco era lo que se le echaba; nunca había más de dos o tres monedas. Quizás no hubiese llegado a tanta miseria como para tener que recogerlas. Tal vez no tenía lengua para pronunciar la «l» de «Alá», y el nombre de Dios lo reducía a un «a – a-a-a-a-a-a- a». Pero vivía sin embargo, y con un celo y una tenacidad sin par repetía su único acento; y así durante horas y horas, hasta que se convertía en el único sonido de toda la ancha plaza, en clamor que acallaba todas las otras voces.