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El psicoanalista [The Analyst - es]

Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:

Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.- Así comienza el anónimo que recibe Fredrerick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una tranquila vida cotidiana. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible.
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Estaba acumulando notas y observaciones, buscando refugio en el mundo interior en el que se sentía cómodo. Pero a la mañana siguiente, después de haberse puesto traje y corbata y de haber dedicado un momento a marcar con una equis otro día en el calendario, empezó de nuevo a sentir la presión de tener el tiempo en contra. Pensó que era importante formular por lo menos su primera pregunta y llamar al Times para publicarla en un anuncio.

El calor de la mañana parecía burlarse de él y se le condensó debajo del traje casi de inmediato. Supuso que lo seguían, pero se negó a volverse para comprobarlo. De todos modos, tampoco sabría descubrir a una persona que lo siguiera. En las películas, al héroe no le costaba demasiado detectar las fuerzas del mal que lo acechaban. Los malos llevaban sombreros negros y una mirada furtiva en los ojos. En la vida real era muy distinto. Todo el mundo es sospechoso. Todo el mundo está absorto. El repartidor de la esquina delante de una tienda de comestibles, el empresario que caminaba deprisa por la acera, el indigente en un hueco, los rostros tras los cristales del restaurante o un coche que pasaba. Cualquiera podría estar observándole o no. Imposible saberlo. Estaba acostumbrado al mundo concentrado de la consulta de analista, en que los papeles eran mucho más claros. En la calle, era imposible saber quién podía estar tomando parte en el juego y vigilándole, y quién era sólo uno más de los ocho millones de personas que poblaban de repente su mundo.

Ricky se encogió de hombros y paró un taxi en la esquina. El taxista tenía un nombre extranjero impronunciable y estaba escuchando una extraña emisora de música de Oriente Medio. Una cantante se lamentaba con una voz aguda que vibraba al cambiar de tono. Cuando empezó una nueva melodía, sólo cambió el compás; los gorgoritos parecían los mismos. No entendía ninguna palabra, pero el conductor, encantado, tamborileaba el volante con los dedos siguiendo el ritmo. Asintió cuando Ricky le dio la dirección, y se internó con rapidez en el tráfico. Ricky se preguntó cuanta gente subiría a ese taxi cada día. El taxista no tenía forma de saber si llevaba a sus pasajeros a algún acontecimiento trascendental de su vida o a sólo un momento más. El taxista hizo sonar el claxon en un cruce y lo condujo a través de las calles abarrotadas sin pronunciar palabra.

Un camión de mudanzas blanco bloqueaba el lado de la calle donde estaba situado el bufete del abogado, sólo dejando espacio para que los coches pasaran justito. Tres o cuatro hombres fornidos entraban y salían por la puerta principal del modesto y corriente edificio de oficinas, y subían una rampa de acero hacia el camión con cajas de cartón y algún que otro mueble, sillas, sofás y similares. Un hombre con una chaqueta azul y una insignia de seguridad vigilaba cómo trabajaban los transportistas a la vez que observaba a los transeúntes con un recelo que indicaba que su presencia obedecía a un solo objetivo y su rigidez se encargaría de que este se cumpliera. Ricky bajó del taxi y se acercó al hombre de la chaqueta.

– Estoy buscando las oficinas del señor Merlin. Es abogado…

– Sexto piso, arriba del todo -contestó el hombre sin apartar la vista del desfile de transportistas-. ¿Tenía hora concertada? Están muy ocupados con lo del traslado.

– ¿Se trasladan?

– Ya lo ve -señaló el hombre de la chaqueta-. Les va muy bien; ganan mucho, según tengo entendido. Puede subir, pero no estorbe.

El ascensor zumbaba pero, gracias a Dios, no tenía música ambiental. Cuando se abrieron las puertas en el sexto piso, Ricky vio de inmediato el bufete del abogado. Una puerta se abrió de golpe y aparecieron dos hombres que se peleaban con una mesa, levantándola e inclinándola, para pasar por el umbral. Una mujer de mediana edad con vaqueros, zapatillas de deporte y una camiseta de diseño los contemplaba atentamente.

– Ésa es mi mesa, maldita sea, y me conozco todas sus manchas y rayas. Si le hacen una nueva, tendrán que comprar otra.

Los dos hombres se esmeraron con el entrecejo fruncido. La mesa pasó por la puerta con unos milímetros de margen. Detrás de los hombres había cajas amontonadas en el pasillo interior, estanterías vacías y mesas: todos los elementos que se relacionarían normalmente con una oficina ajetreada, preparados para ser trasladados. La mujer de los vaqueros echó la cabeza atrás y agitó su melena color caoba con evidente irritación. Tenía el aspecto de una mujer a la que le gustaba la organización, y el caos de la mudanza le resultaba casi doloroso. Ricky se acercó a ella.

– Estoy buscando al señor Merlin -dijo.

– ¿Es un cliente? -La mujer se volvió hacia él-. Hoy no hemos dado ninguna hora. Es el día del traslado.

– En cierto modo -contestó Ricky.

– Bueno, veamos, ¿a qué modo se refiere? -repuso la mujer con frialdad.

– Soy el doctor Frederick Starks. El señor Merlin y yo tenemos algo que discutir. ¿Está en la oficina?

La mujer pareció sorprendida. Sonrió de modo desagradable a la vez que asentía con la cabeza.

– Sé quién es usted. Pero no creo que el señor Merlin esperara su visita tan pronto.

– ¿De veras? Yo me imaginaba que era justo lo contrario.

La mujer aguardó mientras salía otro hombre con una lámpara en una mano y una caja de libros bajo el otro brazo. Se volvió y le comentó:

– Una cosa en cada viaje. Si lleva demasiadas, se romperá algo.

Deje eso y vuelva a buscarlo después.

El hombre se encogió de hombros y dejó la lámpara sin demasiado cuidado.

La mujer se volvió hacia Ricky.

– Como verá, doctor, ha llegado en un mal momento…

Ricky tuvo la impresión de que iba a despacharlo, cuando un hombre más joven, de treinta y pocos años, algo obeso y un poco calvo que llevaba unos pantalones caqui planchados, una camisa sport de diseño y unos relucientes mocasines con borlas, salió de la parte trasera de la oficina. Su aspecto era incongruente porque iba demasiado bien vestido para levantar y cargar cosas, y demasiado informal para hacer negocios. La ropa que llevaba era ostentosa y cara, y ponía de manifiesto que su aspecto, incluso en esas circunstancias, seguía unas normas rígidas. Además, en aquella vestimenta no había nada relajado para sentirse cómodo.

– Yo soy Merlin -dijo el hombre, que se sacó un pañuelo impecablemente doblado del bolsillo y se limpió las manos antes de tender una a Ricky-. Si no le importa este caos, podríamos hablar unos momentos en la sala de reuniones. Aún conserva la mayoría del mobiliario, aunque es imposible saber por cuánto tiempo.

El abogado señaló una puerta.

– ¿Quiere que tome notas, señor Merlin? -preguntó la mujer.

– No creo que sea necesario.

Ricky fue conducido a una habitación presidida por una larga mesa de cerezo con sillas. En el otro extremo había una mesilla auxiliar con una cafetera y una jarra de agua con vasos. El abogado indicó un asiento y fue a comprobar si había café. Se volvió hacia Ricky encogiéndose de hombros.

– Lo siento, doctor -dijo-. No queda café y la jarra de agua está vacía. No puedo ofrecerle nada.

– No importa. No he venido hasta aquí porque tuviera sed.

– No. -Su respuesta hizo sonreír al abogado-. Por supuesto que no. Bien, en qué puedo ayudarlo…

– Merlin es un nombre poco corriente -le interrumpió Ricky-.

Acaso es usted una especie de mago?

– En mi profesión, doctor Starks, un nombre como el mío es una ventaja -afirmó el abogado, sonriente-. Los clientes nos piden a menudo que saquemos el consabido conejo de la chistera.

– ¿Sabe hacerlo?

– Pues, por desgracia, no. No tengo ninguna varita mágica. Sin embargo, se me ha dado muy bien obligar a conejos adversarios reacios y recalcitrantes a salir de escondrijos en todo tipo de sombreros, no tanto con la ayuda de poderes mágicos como de avalanchas de documentos legales y oleadas de demandas, por supuesto. Quizás en este mundo, esas cosas vengan a ser lo mismo.

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