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Los Diabólicos Placeres de un Duque

Электронная книга - «Los Diabólicos Placeres de un Duque». Краткое содержание книги:

Adrian Ruxley podrá ser un encantador libertino que hechiza hasta las moscas, pero no es un hombre dado a permanecer quieto mientras una dama es acosada, ni siquiera en una boda organizada por la dama en cuestión, Emma Boscastle, profesora de buenos modales en su academia de Londres para jóvenes damas. Adrian se enfrenta al ofensor, se produce un altercado, y ahora este adulador se encuentra recuperándose bajo el techo de Emma, encantado de la profunda preocupación que refleja su encantador rostro. Ella tiene un encanto que ningún libertino puede resistir.
Emma está escandalizada con su propio comportamiento, seducida por un desconocido, atractivo ciertamente, eso sí. ¿Cómo podrá ocultar su indiscreción de la mirada de sus perceptivos hermanos? La pasión que Adrian ha despertado, y los sensuales placeres que le ha mostrado, han convertido los días de Emma en la academia en una exhibición impropia y sus noches en un audaz abismo de sensualidad. Pero cuando su intimidad revela los turbulentos secretos de Adrian, Emma quiere afrontar su más ambicioso plan: reformar a un libertino.
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– ¿Estás despierto, milord? -susurró Emma con voz preocupada-. Que desmejorado estás. Admito que estoy preocupada por ti.

– Alguien me ha drogado. -Súbitamente estaba lúcido. Emma estaba sentada al lado de su cama, con ojos pesados por el cansancio. Por un prometedor momento pensó que estaban solos, hasta que vio a Julia dando una cabezada en la tumbona, unos metros más allá. Se hundió en la cama, decepcionado. Había estado soñando, delirando. ¿Por qué tenía que haberse despertado?

– El doctor pensó que necesitabas sedación -le dijo Emma con delicadeza-. Estabas tan inquieto que no quisimos dejarte.

– ¿Dije algo en el sueño?

Ella bajó la vista. -Sí, pero no lo entendí. ¿Cómo te sientes?

– Seco como el infierno. -Excitado. Tenía el cuerpo insoportablemente dolorido, caliente y duro por la frustrada pasión. Y si ella no se había dado cuenta, no iba a hacer nada para que se la diera.

– ¿Está despierto? -preguntó Julia, adormilada, desde la tumbona. Se levantó envolviéndose en un chal de cachemira-. No quería dormirme, Emma. ¿Cómo está?

– Está sediento -contestó Adrian. Entre otras cosas, ahora tenía que engañar a dos a la vez.

– Voy a buscar agua fresca -dijo Julia.

Emma alzó la mirada. -No, llamaré a un lacayo.

– Necesito moverme -dijo Julia, ya en la puerta-. Tengo un horrible dolor de cuello.

Su voz perdió fuerza. Las velas titilaron mientras la puerta se cerraba.

– ¿Estamos solos ahora? -preguntó Adrian, apoyándose en un musculoso hombro, sus ojos centrados en Emma.

Ella miró la puerta cerrada. -Sí, pero ella no…

Ella dio un grito ahogado, sorprendida, cuando él la tiró a la cama, envolvió con los brazos su cintura, y enterró el rostro en su cuello. -Soñé contigo -le dijo-. Nunca había tenido un sueño como ese.

– Un sueño… Adrian, ella volverá en cualquier momento.

– No me importa.

Hundió los dedos en el apretado nudo de cabello en su nuca, y buscó su boca. Si tenían solo un momento, no iba a perder ni un segundo. Sintió cómo ella se quedaba sin aliento. Cómo su resistencia empezaba a desmoronarse; abrió la boca esperando su beso, con el cuerpo arqueado contra su mano, apoyada arriba de su trasero. El deseo saltó a la vida en su vientre. Podía haber estado soñando antes, pero esto era real. Sus alientos se mezclaron, su suave carne cediendo.

La deseaba, no solo su entrega, también su compañía; al diablo el peligro de que los atraparan. Habían pasado la edad de los reproches. Ella había estado casada, él había estado en la guerra. Su sangre empezó a hervir lentamente, y ella lo sabía. Disfrutó del desafío. Al probarse ante ella, tal vez podría convencerse a sí mismo de su propia valía.

– Emma. -Acarició con la palma de la mano de su hombro al pecho, la textura sedosa de su piel haciéndole temblar, recordándole lo realista que había sido su sueño. Sus labios burlando su boca.

– Adrian, por favor. Ahora no.

El dejó escapar un suspiro, Sus manos bajando por su graciosa espalda, memorizando su forma, masajeando sus vulnerables curvas. Su cuerpo estaba tan excitado que dolía.

Ambos oyeron al mismo tiempo que alguien subía por la escalera. Ella levantó la mano tocando sin querer su dolorosa erección. Él gimió con resignación y se desplomó en la cama.

Ella se soltó en el mismo instante que la puerta se abría, reprochándole en un susurro. -Realmente, esto no va a ayudarte a mejorar, Lord Wolverton.

Él miró su boca húmeda e hinchada, y pensó que estaba totalmente equivocada. Hablar con ella, hacer el amor con ella, le traería un inmenso alivio. Su gran cuerpo se estremecía de necesidad mientras ella volvía a taparle con las mantas. -Sí, lo haría -dijo testarudo-. Disfruto con tu sola presencia ¿A ti no te gusta estar conmigo?

Ella titubeó. -Apenas te conozco lo suficiente como para pensar en ello.

– Bueno, tú no robas los confites de una tarta de boda para agradar a cualquier extraño, ¿O sí?

Ella rió suavemente para esconder su confusión. -No, no lo hago.

– ¿Entonces por qué flirteaste ayer conmigo? -la desafió.

Ella estudió su rostro de huesos afilados. -Tal vez estaba tratando de alejarte de problemas.

– Y ahora -dijo él en voz baja-, estoy en el mayor problema de mi vida.

Ella tuvo poco tiempo de reflexionar sobre ello, incluso de responder.

Una familiar figura masculina, con un jarro de agua, se materializó tras Emma. Heath, no Julia. -¿Qué ha dicho? -preguntó, sentándose en una banqueta, al lado de la cama-. Julia dice que estaba medio delirante.

– Tonterías -dijo Emma evasivamente-. Estaba soñado. ¿Qué estás haciendo aquí? Pensé que te habías acostado.

Adrian podía oír el temblor de su voz. Heath seguro que también lo iba a notar. Se había hecho a la idea de explicarle, de confesarle, que había desarrollado una inexplicable atracción por su hermana. Pero había hecho una promesa. No podía decir nada, hasta que ella le diera permiso.

– Pensé en hacerte compañía -dijo Heath después de un calculado silencio-. ¿Te molesta?

Emma fijó su mirada en él. Su sonrisa sesgada parecía decirle que si no fuera su querido hermano mayor, sentiría estar allí. -¿Por qué me iba a molestar? Es tu amigo, ¿No?

– Por lo que sé -dijo Heath, con voz pensativa-. Nuestro cuñado confía en él completamente.

Emma bajó los ojos. -Dominic es un buen hombre -dijo en voz baja. Dominic había sufrido un brutal intento de asesinato y había llevado al que lo había intentado ante la justicia, con ayuda de su hermana Chloe-. Él permite muy poca gente, y muy preciada, en su vida.

Heath se quedó mirándola. -Cómo hacemos tú y yo, Emma.

Emma asintió. -Me siento responsable por él.

– ¿Eso es todo?

– ¿Cómo podría haber algo más? -preguntó ella, rápida.

– No lo sé. -Su mirada preocupada examinó su cara-. Él ha llevado una vida dura.

– Sí -murmuró ella, tragando saliva-. ¿Y…?

– Tú eres mi hermana, eso es todo.

CAPÍTULO 09

El médico había estado y se había marchado cuando Emma comenzó su rutina habitual de la mañana. Según la información de Julia, Lord Wolverton estaba despierto cuando llegó, y lo había echado de su habitación. Después de eso, nadie excepto su ayuda de cámara, se había atrevido a importunarle otra vez. Toda la casa esperaba que fuera un signo de que se estaba recuperando, y de que pronto volvería a ser el de antes. Exactamente quién era, qué tipo de hombre, ese era el tópico sobre el cual Emma reflexionaba mientras se sentaba con una taza de té en el salón informal, sentada en el largo sofá con respaldo de volutas labradas y mesita de palisandro a juego.

Reunió a tres de las señoritas para instruirlas sobre los modales más elegantes para una visita social, cuando Julia y su vivaracha tía aparecieron, pidiendo ser incluidas.

Emma difícilmente podía rehusar. Después de todo, era el hogar de Julia. La experiencia práctica era esencial en el arte de la etiqueta.

Y, mejor todavía, si había una persona que era bien recibida en Londres, y capaz de distraerla de pensamientos conflictivos, esa era Lady Dalrymple, o tía Hermia, como toda la familia Boscastle había llegado a llamarla cariñosamente. La robusta anciana dama todavía tenía admiradores entre los caballeros. Una no podía evitar que le gustara la vibrante Hermia y las damas de su club de pintura, aunque Emma les había advertido privadamente a sus estudiantes que no emularan a ese poco convencional círculo de mujeres mayores, que creían haber superado la edad del decoro.

– No me diga que vamos a tomar té otra vez -dijo Harriet, mientras entraba precipitadamente en la habitación sin ser anunciada, y se dejaba caer en un sillón, desplazando a las otras tres señoritas que esperaban pacientemente permiso de Emma para sentarse.

Emma frunció el ceño. -¿Qué estás haciendo aquí, Harriet? Yo no te llamé.

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