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El Clan De La Loba

Электронная книга - «El Clan De La Loba». Краткое содержание книги:

Desde tiempos inmemoriales, los clanes de las brujas Omar han vivido ocultándose de las sanguinarias brujas Odish y esperando la llegada de la elegida por la profecía. Ahora los astros confirman que el tiempo está próximo.
Anaíd, que ha vivido durante sus catorce años de vida apartada en un pueblo del Pirineo, ignora los secretos que atañen a las mujeres de su familia… Hasta que la misteriosa desaparición de su madre, Selene la pelirroja, la enfrenta a una verdad tan escalofriante como increíble y la obliga a recorrer un largo camino cuajado de peligros y descubrimientos.
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¿Quién era Selene?

El Land Rover tomó la carretera principal saliendo de Jaca.

Anaíd no quería pensar en Selene ni en Max. Se le había ocurrido de repente la idea de visitarlo, de conocerlo, de salir de dudas sobre si Selene había huido con él o era una patraña. Llamó por teléfono y le pidió una cita. Así de simple. La señora Olav la acompañó hasta el bar donde quedaron y la esperó en el coche la media hora que duró el encuentro. Max estaba interesado en tener noticias de Selene, pero no le había gustado nada la idea de que tuviera una hija. La coincidencia era que había recibido un telegrama el mismo día que Anaíd. Selene le decía que se marchaba lejos, muy lejos y que no la buscase.

Anaíd estaba nerviosa.

A ese encuentro extraño se sumaba que hacía tan sólo unas horas había plantado cara a su tía y a las amigas de su madre indignada por su apatía y por su falta de interés en hallar a Selene.

– ¡Y ellas no tienen la menor intención de encontrar a mi madre!

– Es posible.

– No les importa, les da lo mismo que esté viva o muerta, les da lo mismo…

– Es natural, Anaíd, no la quieren como tú.

– ¡Ya se lo he dicho!

– ¿Eso les has dicho?

– Están apáticas, como si no les importase nada, como si viviesen en una burbuja. Ninguna ha intentado ponerse en contacto con Max para saber si Selene había tenido contacto con él. Y en cambio ha sido bien sencillo, ¿no?

– ¡Cuidado! -gritó la señora Olav.

Aceleró el vehículo y embistió un obstáculo. Anaíd salió despedida contra el cristal delantero. Con el enfado y las prisas, había olvidado abrocharse el cinturón.

Se palpó la frente algo atontada, le estaba saliendo un enorme chichón. La señora Olav sujetaba firmemente el volante y se disculpó.

– Lo siento, se me cruzó un conejo y no tuve más remedio que atropellado.

Anaíd, ya fuese por el golpe, por el conejo o por el disgusto que arrastraba, se echó a llorar. Enseguida la señora Olav puso el intermitente y aparcó el coche en el arcén.

– Vamos, vamos, no ha sido nada.

Y la atrajo hacia su pecho pasando sus suaves manos por su sien.

– ¿Sólo lloras por esto? -inquirió masajeando la zona dolorida.

– No -admitió Anaíd.

– Claro, se mezcla todo, lo de tu madre, lo de Max, lo de esa fiesta…

– ¿Qué fiesta?

– La fiesta de esa chica, Marion, de la que me hablaste. Lo que nunca le invita.

Anaíd pareció sorprendida. No pensaba en ello, pero era cierto que la fiesta de Marión estaba ahí, flotando en el aire y molestándola a intervalos como un mosquito zumbón.

– No me extraña, es muy guapa -reconoció Anaíd con un hipido.

– ¿Y quieres decir que tú no lo eres? Mírate bien al espejo. Eres preciosa. El azul de tus ojos debe de ser la envidia de todas las chicas de tu clase.

– ¡Qué va! -confesó Anaíd-. Ni me miran. No saben que existo.

La señora Olav chasqueó la lengua.

– Pues ya es hora de que te miren. ¿No te parece?

– ¿Cómo?

– Esa chica, Marión, puede que sea muy guapa, pero tú eres más lista.

– ¿Y de qué me sirve ser más lista?

– Piensa y lo averiguarás.

La señora Olav tenía la virtud de hacer sentir bien a Anaíd y lograr que superara sus complejos. A su lado todo resultaba fácil.

– ¿Una pulsera y una hamburguesa te devolverán el buen humor?

Anaíd se estremeció de dicha y se limpió las últimas lágrimas con el dorso de la mano. ¿Cómo sabía la señora Olav que Selene la llevaba a escondidas de Deméter a comer en un burger y le regalaba pulseras de bisutería?

Posiblemente se lo había confesado ella misma.

Al mirarse en el retrovisor para arreglarse el cabello se quedó asombrada. El chichón había desaparecido y… estaba francamente guapa.

La hamburguesa estaba riquísima, la pulsera le quedaba de maravilla y desde que la señora Olav le hablara de sus ojos y su inteligencia Anaíd había recuperado la autoestima.

Y también había vuelto a recordar el espinoso tema del cumpleaños de Marión aunque, afortunadamente, desde otra perspectiva.

La fiesta de cumpleaños de Marión coincidía con el solsticio de verano y era la fiesta más famosa de Urt. Desde hacía unas semanas, en la escuela no se hablaba de otra cosa, porque Marión, para dar emoción al asunto, invitaba a sus amigos de uno en uno, de forma que el elegido y la elegida, ¡buuuf!, respiraban cuando se acercaba a ellos y les susurraba su cita al oído.

Claro que los que no tenían la suerte de gozar del favor de Marion lo pasaban fatal hasta el último momento, suspirando cada vez que se acercaba la coqueta Marión, para que se inclinara levemente sobre ellos y les proporcionase la llave de la felicidad.

Anaíd, que había confiado ingenuamente en ser invitada durante los últimos cuatro años, había esperado inútilmente por si acaso las dos variables que habían transformado su vida -la desaparición de su madre y su nuevo sujetador- hacían cambiar de opinión a Marión. Pero no había sido así.

¿Continuaría permitiendo que Marión la ignorara?

Se despidió de la señora Olav y le agradeció con un lioso su apoyo. De buena gana hubiera continuado en su compañía en lugar de regresar junto a la desastrosa Criselda. Seguro que no tendría la cena preparada ni recordaría que a los catorce años se acostumbra a tener hambre tres o cuatro veces al día.

Tía Criselda la esperaba en el sillón de la sala. Comía bombones con la mirada extraviada, y ni siquiera le premunió de dónde venía. No, no merecía la pena hablarle de Max. Le daba igual.

Anaíd, siéntate, por favor.

La obedeció sin rechistar. En el tono grave en que su tía formuló la petición se escondía algo más trascendente que una regañina.

– Anaíd, en el coven hemos aceptado tu ofrecimiento para buscar a tu madre y rescatarla -le comunicó solemnemente.

– ¿Es una broma? -fue lo único que Anaíd consiguió balbucear.

– Si Rosebuth no se equivoca, probablemente seas la única que puede llegar hasta Selene y darle la fuerza que necesita para vencer a las Odish.

¿Así de fácil? ¿Así de simple? Anaíd no pudo dormir en toda la noche. Tantas vueltas dio en la cama que se le ocurrieron mil formas disparatadas de buscar a Selene y mil barbaridades para luchar contra las Odish. Pero todo lo que concebía adquiría un tinte grotesco, irreal, parecido al trazo grueso con que su madre dibujaba sus personajes de cómic.

Intentaba pensar en Selene con la seriedad que se merecía el asunto, pero otras cosas la distraían de la enorme responsabilidad que le había caído encima.

Si era una bruja Omar capaz de llegar hasta el mismo infierno para arrancar a su madre de las garras de las poderosas Odish…, ¿por qué tenía que aguantar el desprecio de Marión? ¿Por qué no podía ir a la fiesta de Marion como todos sus compañeros? se propuso seriamente conseguirlo.

Al fin y al cabo era una bruja.

No era tan fea.

Era lista.

Se escabulló al salir de clase hasta su cueva y allí buscó y buscó hasta que halló entre los libros de Deméter y Selene un conjuro de seducción que le iba como anillo al dedo para sus propósitos.

Se diferenciaba algo del filtro de amor. No era un bebedizo, no alteraba la sangre y no aceleraba el ritmo cardíaco ni la respiración. Era un conjuro simpático, por contacto y proximidad. Con un simple toque de vara y las palabras correctas, desvanecería la invisibilidad que la ocultaba a los ojos de Marion y conseguiría que la mirase y la descubriese.

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