La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
Mi desasosiego resultó en vano, por lo menos en lo tocante a nadar detrás de una cola de caballo. Cruzamos el río de otro modo. Quién sabe si todavía no más loco.
De forma bastante descarada, por el reconstruido puente del Embarcadero Rojo, ante las mismas narices de las patrullas de guardia nilfgaardianas. La empresa, como se vio, sólo en apariencia olía a loco albur y azaroso riesgo; en la realidad fue como una seda. Tras el paso del puente de las unidades regulares en ésta y la otra dirección, cruzaba un transporte tras otro, un vehículo tras otro, un rebaño tras otro, muy diversas muchedumbres, entre ellas también distintos civiles, entre los que nuestra cuadrilla ni en un pelo se diferenciaba ni saltaba a la vista deforma alguna. Así, el día décimo del mes de septiembre atravesamos todos a la orilla izquierda del Yaruga, con un solo grito de los centinelas a los cuales Cahir, frunciendo las cejas con señorío, les ladró algo acerca de la guardia imperial, apuntalando sus palabras con la clásica y siempre eficaz expresión castrense de mecagüen tu puta madre. Antes de que nadie tuviera tiempo de interesarse por nosotros, estábamos ya en la orilla izquierda del Yaruga, en lo profundo de los bosques trasrrieros, dado que pasaba por allí tan sólo un camino real que conducía hacia el sur, y a nosotros no nos ajustaba ni la dirección ni la abundancia de nilfgaardianos que deambulaban por él.
En el primer vivaque que hicimos en los bosques de Tras Ríos, a mí también me asaltó por la noche un sueño extraño, aunque a diferencia de Geralt no soñé con Ciri sino con la hechicera Yennefer. Yennefer, como de costumbre vestida de blanco y negro, se alzaba en el aire por encima de un sombrío castillo montañés mientras que abajo otras hechiceras la amenazaban con los puños y le lanzaban improperios. Yennefer agitó las largas mangas de su vestido y voló como un albatros negro sobre un mar infinito hacia un sol naciente. Desde aquel momento el sueño se convirtió en una pesadilla. Al despertarme, los detalles se habían borrado de mi memoria, quedaron solamente unas imágenes difusas, con poco sentido, pero todas era imágenes monstruosas: tortura, grito, miedo, muerte… En una palabra: el horror.
No me jacté ante Geralt de este sueño. No dije ni mu. Y como luego resultó, con razón.
– ¡Yennefer se esfumó! Yennefer de Vengerberg. ¡Y famosa que era la hechicera! ¡Que no vea la mañana si miento!
Triss Merigold tembló, se volvió, intentando atravesar con la mirada la masa de gente y el humo gris que llenaba la sala principal de la taberna. Por fin se levantó de la mesa, dejando a un lado con algo de tristeza el filete de lenguado con mantequilla de boquerones, la especialidad local y una verdadera delicatessen. Al fin y al cabo no vagabundeaba por las tabernas y colmados de Bremervoord para comer delicatessen, sino para conseguir información. Aparte de ello tenía que cuidar su línea.
El grupillo de gente en el que le tocó meterse era ya denso y consistente. Los habitantes de Bremervoord gustaban de las narraciones y no dejaban pasar ocasión alguna de escuchar una nueva. Y los numerosos marineros que andaban por allí nunca decepcionaban a nadie, siempre contaban con un repertorio nuevo y reciente de fábulas y chilindrinas. Por supuesto, en la mayor parte de los casos, mentiras, pero esto no tenía la menor importancia. Una narración es una narración. Tiene sus leyes.
La que estaba precisamente entonces hablando, y que había mencionado a Yennefer, era una pescadora de las islas Skellige, corpulenta, ancha de espalda, de pelo corto, vestida como sus cuatro camaradas con un chaleco hecho de piel de narval pulida hasta hacerla brillar.
– Fue el decimonoveno día del mes de agosto, a la mañana, tras la segunda noche de luna llena -continuó la isleña su narración al tiempo que se llevaba una jarra de cerveza a los labios. Su mano, como advirtió Triss, era del color de un ladrillo viejo, y su brazo desnudo, de músculos muy ceñidos, era de por lo menos unas veinte pulgadas de diámetro. Triss tenía veintidós pulgadas en el talle.
– Muy tempranito -siguió la pescadora, pasando sus ojos por los rostros del público- salió al mar nuestra barcaza, al sund entre An Skellig y Spikeroog, en el criadero de ostras ande solemos poner las redes para el salmón. Prisas habíamos, y muchas, que apuntaba tormenta, el cielo volvíase negro por poniente. Había de sacarse el salmón de las redes pues si no, como sabéis, cuando se puede de nuevo uno echar al mar tras la tormenta, en las redes no quedan más que testas podrías, recomías, toda la pesca vase al garete.
El público, casi todos habitantes de Bremervoord y Cidaris, que en su mayoría se sustentaban del mar y de él dependían, asintieron y murmuraron con aprobación. Triss por lo general sólo veía los salmones en forma de lonchas de color rosa, pero también asintió y murmuró porque no quería hacerse notar. Estaba allí en misión secreta.
– Navegábamos… -siguió la pescadora, terminando su jarra y dando señas de que cualquiera de los que escuchaba podía invitarla a otra-. Navegábamos y recogíamos las redes hasta que de pronto va Gudrun, la hija de Sturli, y échase a gritar a pleno pulmón. ¡Y señala con el dedo por la proa! Miramos, y hete aquí que algo vuela por el aire, ¡y no es un pájaro! El corazón me se quedó parao al punto, pos pensé que un viverno o un grifo chico, que a veces vuelan hasta Spikeroog, bien es cierto que prencipalmente en invierno, máxime cuando sopla el viento de poniente. ¡Mas tratábase de algo negro: chuff y al agua! Y de la ola: ¡a tomar por culo! Derechito a nuestra red. Se enreda en la red y sarrevuelve en el agua como una foca, y al punto nosotras a una, las que éramos, y éramos ocho mozas, hale, a tirar y sube que te sube aquello a la cubierta. ¡Y entonces sí que la boca se nos quedó de par en par! ¡Pos resultó ser una hembra! Con un vestido negro y negra ella como ala de cuervo. Enreda en la red, entre dos salmones, de los cuales uno, que me muera si miento, ¡tenía cuarenta y dos libras y media!
La pescadora de Skellige sopló la espuma de la cerveza y dio un gran trago. Ninguno de los oyentes hizo comentario alguno ni mostró su incredulidad, aunque ni los más ancianos recordaban que alguien hubiera pescado jamás un salmón de tan imponente tamaño.
– La morena de la red -continuó la isleña- tose, escupe agua marina y se limpia, y Gudrun, nerviosa, que anda en estado de buena esperanza, va y grita: «¡Kelpa! ¡Kelpa! ¡Havfrue!». ¡Y hasta el más necio podía ver que no era kelpa, pos una kelpa hubiera ya rato antes rompido la red, ríete tú de que se dejara la monstrua de guindarse a la barca! ¡Y tampoco havfrue, pos no tenía cola de pez y la ama del mar acostumbra a tener cola de pescado! ¡Y al fin y al cabo despeñóse de los cielos al mar, ¿y acaso alguien viera que la kelpa o la havfrue vuele por los cielos? Pero Skadi, la hija de Una, que siempre se caldea, también se lió a gritos, que si «¡kelpa, kelpa!», ¡y va y agarra el gancho! ¡Y con el gancho que se me va a la red! ¡Y de la red va y sale un relámpago y la Skadi que chillotea! ¡Y el gancho a la izquierda, ella a la derecha, que reviente si miento, pegó tres botes y pataplaf con el culo en la cubierta! ¡Ja, y vierase que la hechicera aquella de la red más mala era que una medusa, una escorpena o una angula! ¡Y pa colmo la meiga va y se pone a gritar y decir que si puta, puta, que daba miedo! ¡Y de la red sale un silboteo, una peste, unos humos que pa qué, pues ella habíase puesto a hacer sus magias! Y vimos que no era cosa de poca monta…