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Marte verde [Green Mars - es]

Электронная книга - «Marte verde [Green Mars - es]». Краткое содержание книги:

Marte rojo ya no existe, fue destruido por la fallida revolución del 2062. Una generación más tarde, Marte verde ha sido terraformado y areoformado. Pero también hay otros que quieren explotar las riquezas minerales de Marte, las materias primas que la Tierra necesita. La nueva generación de colonos está expuesta a insurrecciones, conflictos y pruebas. Sobrevivientes de los Primeros Cien, entre ellos Hiroko, Nadia, Maya y Simon, saben que la tecnología no es suficiente. La creación de un nuevo mundo requiere confianza y colaboración, pero esas cualidades son tan escasas como el aire mismo que respiran en Marte…
Tengo la impresión que Kim Stanley Robinson fue uno de los primeros colonos en Marte, y que ha regresado para contarnos la historia en esta brillante nueva novela.
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Su auditorio asintió con poco entusiasmo.

—Todas las cosas tienden a expandirse. Pero eso no puede producirse ignorando la ley de conservación de la materia-energía. Por muy eficiente que sea el procesamiento, no se puede conseguir una producción mayor que la entrada de materia prima.

Art escribió en su anotador: Producción mayor que entrada de materia prima — todo es economía — capital natural — masivamente desbordados.

—En respuesta a esta situación, una división de Praxis ha estado trabajando en lo que nosotros llamamos economía de mundo lleno.

—¿No sería mejor decir «de mundo saturado»? —preguntó Art.

Fort ignoró el comentario.

—Bien, como afirma Daly, el capital humano y el capital natural no son sustituibles. Quizá sea obvio, pero en vista de que muchos economistas se empeñan en que son sustituibles, hay que insistir. Por poner un ejemplo sencillo, uno no puede sustituir bosques con aserraderos. Si se está construyendo una casa, se puede jugar con el número de sierras eléctricas y carpinteros, lo que significa que son sustituibles, pero no puede construirse la casa con la mitad de la madera, no importa cuántas sierras o carpinteros se tengan. Pruébenlo y tendrán una casa de aire, que es donde estamos viviendo ahora.

Art meneó la cabeza y miró la página del atril, llena otra vez. Recursos y capital no sustituibles — sierras eléctricas y carpinteros — casa de aire.

—Perdone un momento —dijo Sam—. ¿Ha dicho usted capital natural? Fort se sobresaltó y se volvió para mirar a Sam.

—Creía que el capital era por definición lo que el hombre crea. Los medios de producción producidos, o así me enseñaron a definirlo.

—Tiene razón. Pero en un mundo capitalista, la palabra capital tiene cada vez más acepciones. Se habla por ejemplo de capital humano, que es lo que la clase obrera acumula a través de la educación y la experiencia laboral. El capital humano difiere del capital clásico en que no puede heredarse, y sólo puede ser contratado, no vendido ni comprado.

—A menos que tengamos en cuenta la esclavitud —apuntó Art. Fort frunció el ceño.

—El concepto de capital natural se parece más a la definición tradicional que el de capital humano, porque puede ser poseído y legado, y se lo puede dividir en renovable y no renovable, comercializable y no comercializable.

—Pero, si todo es capital de una clase u otra —observó Amy—, no es extraño que haya quien crea que son intercambiables. Si se racionaliza el capital producido por el hombre de manera que se utilice menos capital natural, ¿no es eso en efecto una sustitución?

Fort meneó la cabeza.

—Eso es eficiencia. El capital es la cantidad de materia prima y la eficiencia es la relación entre la materia prima y la producción. Por eficiente que sea el capital, no puede crear a partir de la nada.

—Nuevas fuentes energéticas… —sugirió Max.

—Pero no podemos fabricar tierra a partir de la electricidad. La energía nuclear y la maquinaría autorreplicante nos han proporcionado un potencial enorme, pero tenemos que poseer unos bienes básicos a los que aplicar esa energía. Y es ahí donde topamos con un límite.

Fort los observó con esa calma de primate que Art había advertido al principio. Art leyó la pantalla de su atril. Capital natural — capital humano — capital tradicional — energía versus materia — suelo eléctrico — no hay sustitutos satisfactorios. Hizo una mueca y cambió de página.

—Desgraciadamente —continuó Fort—, muchos economistas aun trabajan con el modelo económico de mundo vacío.

—La validez del modelo de mundo lleno es evidente —dijo Sally—, de sentido común. ¿Por qué habría de ignorarlo un economista?

Fort se encogió de hombros y completó otra circunnavegación silenciosa de la habitación. Art tenía el cuello dolorido.

—Nosotros entendemos el mundo mediante paradigmas. El cambio de la economía de mundo vacío a la de mundo lleno es un paradigma muy importante. Max Planck dijo una vez que un nuevo paradigma se impone, no cuando convence a sus oponentes, sino cuando los oponentes mueren.

—Y ahora ya no mueren —observó Art. Fort asintió.

—El tratamiento mantiene a la gente en circulación, a la gente y a sus ideas.

Sally parecía enfadada.

—Pues tendrán que aprender a pensar de otra manera. Fort la miró.

—Es lo que haremos ahora, al menos en teoría. Quiero que inventen estrategias económicas de mundo lleno. Es un juego que suelo practicar. Si conectan sus atriles a la mesa, les daré los datos de partida.

Todos se inclinaron hacia adelante y se conectaron a la mesa.

El primer juego que les propuso Fort consistía en estimar la población máxima que la Tierra podía sustentar.

—¿No depende eso del estilo de vida? —preguntó Sam.

—Abarcaremos una amplia gama de supuestos —dijo Fort.

Y no bromeaba. Fueron de escenarios donde cada hectárea arable de tierra era explotada con la máxima eficiencia a escenarios en los que se había vuelto al régimen de caza y recolección; del consumo excesivo universal a las dietas de subsistencia universales. Sus atriles les marcaron las condiciones iniciales y ellos empezaron a teclear, algunos con expresión de aburrimiento o nerviosismo, otros impacientes o absortos, utilizando las fórmulas de la tabla o añadiendo las propias.

La tarea los tuvo ocupados hasta la hora de comer, y luego toda la tarde. A Art le gustaban los juegos, y él y Amy terminaron mucho antes que los demás. Los resultados de población iban desde los cien millones (el modelo «tigre inmortal», como lo llamaba Fort) a los treinta mil millones (el modelo «hormiguero»).

—Ésa es una escala muy amplia —señaló Sam.

Fort asintió con un movimiento de cabeza y los miró con paciencia.

—Pero si consideras sólo los modelos con las condiciones más realistas —dijo Art—, por lo general te quedas entre los tres mil y los ocho mil millones.

—Y la población actual es de cerca de doce mil millones —dijo Fort—. Así pues, estamos desbordados. Y bien, ¿qué podemos hacer respecto a esto? Al fin y al cabo, tenemos empresas que mantener. Los negocios no van a detenerse sólo porque haya demasiada gente. La economía de mundo lleno no es el fin de la economía. Sólo significa el fin de los negocios como se habían venido haciendo hasta ahora. Es mi deseo que Praxis vaya a la cabeza en la nueva etapa. Bien. La marea está baja y voy a salir otra vez. Los invito a acompañarme si les parece. Mañana jugaremos al «Mundo saturado».

Y con esto abandonó la sala y los dejó solos. Regresaron a las habitaciones, y luego, como se acercaba la hora de la cena, fueron al comedor. Fort no estaba allí, pero sí varios de sus asociados, a los que se había sumado un grupo de hombres y mujeres jóvenes, todos ellos delgados, de rostros brillantes y aspecto saludable. Más de la mitad eran mujeres. Recordaban a un equipo de atletismo o de natación. Las cejas de Sam y Max subían y bajaban en una especie de Morse fácilmente traducible: «¡Vaya, vaya! ¡Vaya, vaya!». Los jóvenes los ignoraron, les sirvieron la cena y volvieron a la cocina. Art comió deprisa, preguntándose si Sam y Max estarían acertados en sus suposiciones. Cuando terminó de cenar, llevó el plato a la cocina y ayudó con el lavaplatos. Mientras lo hacía, habló con una de las mujeres.

—¿Qué te ha traído aquí?

—Una especie de programa de becas —contestó ella. Se llamaba Joyce—. Todos somos aprendices y entramos en Praxis el año pasado; nos han seleccionado para seguir un curso aquí.

—¿Habéis estado trabajando hoy en la economía de mundo lleno?

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