Ambrose Bierce y la Reina de Picas
- Автор: Hall Oakley
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Ambrose Bierce y la Reina de Picas». Краткое содержание книги:
– Lo haré por ti, Tommy. Por ti y por míiiii.
– Cualquier cosa que puedas averiguar será de utilidad.
– ¿Ahora? -dijo ella, y con un movimiento rápido se quitó la combinación por encima de la cabeza y posó como una estatua de jardín. Me la imaginé montada en un semental blanco y me quedé sin respiración.
– Estás radiante -dije.
Aunque la única que ocupaba mi mente era Amelia Brittain, no veía ningún problema en disfrutar de Annie Dunker.
11
Matrimonio: Estado o situación de una comunidad integrada por un amo, un ama, y dos esclavos, que suman en total dos personas.
– El Diccionario del Diablo-
A bordo del ferry que cruza la bahía, y en el tren hasta Santa Helena, Bierce y yo comentamos los asesinatos.
– El senador Jennings asesinó a la señora Hamon para librarse de la amenaza de ser descubierto y se deshizo de ella siguiendo el modus operandi de los asesinatos de Morton Street -dijo Bierce-. Creo que el capitán Pusey lo sabe, de hecho sabe más que nosotros, pero tiene sus propias vías de actuación.
– Sus vías de actuación consisten en cómo enganchar a alguien con dinero para cargarle el mochuelo -apostillé.
– Me da la impresión que el juego de Pusey tiene menos luces que sombras.
Me sobresalté al oír la palabra «sombras». ¿Qué es lo que quiso decir Amelia con lo de su «sombra»? Era imposible que ella tuviera nada que ver con Morton Street. Su padre había estado en la Comstock, y la conexión de su nombre con una conspiración llamada «el juego de manos inglés» me incomodaba como una piedra en el zapato. La idea de una «sombra» hacía que me corrieran temblores de ansiedad por el cuerpo. Pero Amelia no habría escrito sobre ello tan ligeramente si fuera realmente algo serio.
– Es una vergüenza nacional que no tengamos un Jefe de Detectives en el que podamos confiar. Un gobernador. ¡Un presidente! Si debemos continuar viviendo con la desconfianza y el desprecio a todos los que nos gobiernan, nos ayudaría bastante aceptar el hecho. Es una carga con la que no puedo seguir. Me resulta insoportable que un apolillado y malvado viejo como Collis P. Huntington meta una mano en mi bolsillo, y la otra en mis riendas. ¡Es insoportable!
La casita de dos alturas de Bierce estaba orientada hacia el sur, entre pinos que habían tejido una alfombra marrón de pinocha. En una terraza había bicicletas, un balancín de porche y bates y guantes de béisbol tirados por todas partes. Dos chicos de diez y doce años con pantalones cortos y camisetas de béisbol a rayas se acercaron corriendo y se pusieron a bailar alrededor de Bierce. A éstos les seguía una niña pelirroja con un suéter azul que se lanzó a los brazos de su padre. Bierce la recibió con el primer entusiasmo real que observé que Bierce dirigía a otro ser humano. No había duda por sus cabellos cobrizos y sus limpios semblantes que Day y Leigh eran sus hijos, y la pequeña Helen su hija.
La señora Bierce salió a la terraza, secándose las manos con un delantal con volantes. Era una mujer morena y risueña, bastante más joven que Bierce, con una larga nariz clásica, un rostro alargado y cejas marcadas. Ella y Bierce se saludaron fríamente. Me gustó Mollie Bierce inmediatamente, quizás debido al cinismo de Bierce frente al matrimonio y las mujeres. El hijo mayor, Day, siguió a Bierce hacia la terraza con una perfecta imitación del paso militar con espalda rígida de su padre.
La madre de Mollie Bierce, la señora Day, era unos cuantos centímetros más baja que su hija, con pelo canoso y la nariz recta de Mollie transformada en un pico agresivo, barbilla de chivo y el labio superior arrugado como una tarta crujiente. Tenía una forma de moverse chulesca, con los pies separados como si se preparase para el combate; se detenía demasiado cerca de la persona con la que hablaba para que resultara cómodo, extendiendo al mismo tiempo la barbilla y la desafiante nariz hacia delante.
Bierce y su esposa se toleraban mutuamente, pero Bierce y su suegra no. La señora Day exigió saber por qué Bierce no se había llevado a Mollie a la City para la recepción del senador Sharon. Se quejó además de que Mollie no tenía piano para practicar.
Esta conversación tuvo lugar en la terraza; Mollie Bierce movía los ojos mirándome a modo de disculpa. Los tres entraron en la casa, donde el parloteo de las acusaciones de la señora Day continuó. Yo dejé mi bolsa, me quité la chaqueta e invité a los chicos a lanzar unas cuantas bolas.
Nos dispersamos formando un triángulo grande sobre la pinocha del suelo y nos lanzamos la pelota a los guantes. Leigh no era tan fuerte como su hermano mayor, el cual lograba darle un buen efecto a la bola con un giro de muñeca. Helen miraba desde la terraza, sentada en el balancín y empujándolo con los pies apoyados en la barandilla; su pelo rojo era una mancha brillante contra la lona verde.
Sentados a la mesa para cenar, con Bierce a la cabecera y Mollie enfrente, su madre junto a ella y los niños y yo a los lados, la señora Day dijo:
– ¿Le importaría bendecir la mesa, señor Bierce?
– ¡Un brindis! -dijo Bierce levantándose. Sostuvo en alto su té helado apoyándose en la mesa y dirigiéndolo hacia su esposa-: ¡Estaban de pie ante el altar y suministraban los mismos fuegos en los que se freía su grasa!
Se estaba citando a sí mismo.
Su esposa se sonrojó como si le hubiera dedicado un piropo.
– Supongo que ésa va a ser toda la atención que el Buen Señor va a recibir en esta mesa -dijo la señora Day-. Pero usted vendrá a misa con nosotros mañana, ¿lo hará, señor Bierce?
– No, señora, no lo haré.
– Nosotros vamos a ir -dijo la señora Day, con la boca tensa-. Su esposa, Day, Leigh y Helen. ¿Y usted no va a acompañar a su familia?
– Soy un enemigo implacable de los engaños organizados, señora -dijo Bierce-. Y esto incluye las catequesis de los domingos y los rezos de los sábados.
Sirvió carne, empanadas y salsa, patatas y guisantes, y repartió los platos.
– ¿Y usted, señor Redmond, es usted también enemigo de la religión?
– Yo soy de la Iglesia Católica Romana -dije.
Mi respuesta fue tan poco satisfactoria como la de Bierce. La señora Day pareció remangarse para meterse en una batalla sectaria.
– Mamá… -dijo Mollie Bierce.
– ¿Un católico romano es como Mikey Hennesey? -preguntó Day.
– Sí, cariño.
– Es un sistema de recolecta y extracción tan honesto como el de cualquier otro sistema protestante a golpe de Biblia -dijo Bierce.
– ¡El doctor Grove es un hombre excelente! -dijo Mollie Bierce suavemente.
– Estoy seguro de que lo es -dijo Bierce-. Y merecedor de vuestros cansinos panegíricos.
– ¡El doctor Grove tiene la nariz roja! -gorjeó Helen.
– ¡Helen!
Bierce miró a su esposa con ojos en los que no pude distinguir ningún rastro de afecto.
– ¿Y usted también es periodista, señor Redmond? -dijo Mollie Bierce.
Se volvió hacia mí con una amable sonrisa dibujada en su morena y hermosa cara. Pensé en la constante diplomacia que tenía que emplear, con su madre y con su esposo. Sabía que había un hermano; el tercero de lo que Bierce denominada la «Santa Trinidad». Pensé en mi padre y mi hermano Michael y la amargura de las peleas entre nosotros, más intensas y por lo tanto más salvajes que aquéllas donde no existe una conexión sanguínea; como la ferocidad entre federales y confederados matándose los unos a los otros en los mortíferos campos del sur.
Dije que era un aprendiz de periodista, y que estaba aprendiendo lo que podía del redactor jefe del Hornet yel Tattle. Siempre me incomodaba alabar a Bierce, porque sabía que él detectaba inmediatamente cualquier tipo de falsa lisonja.