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Vestido para la muerte

Электронная книга - «Vestido para la muerte». Краткое содержание книги:

Un travesti ha sido asesinado y su cuerpo aparece con el rostro desfigurado. Quizá otra víctima anónima para el registro de crímenes sin resolver. Pero el comisario veneciano Guido Brunetti, obedeciendo a su infalible instinto, descubre que ese hombre vestido de mujer es Leonardo Mascari, director del Banco de Verona y respetable ciudadano en Venecia. Podría ser un simple caso de doble vida, pero los indicios delatan que hay algo más en esta nueva e intrigante historia de Donna Leon. Su personaje, el comisario Brunetti, considerado por la crítica como «el heredero del Maigret de Simenon» y «el comisario con mayor carisma» de este género literario, encuentra a un abogado del Vaticano y activo miembro de la Lega della Moralità -asociación destinada a perpetuar la fe, la familia y las virtudes morales- en el apartamento de un chapero llamado Crespo. Y poco a poco se enfrenta a una trama en la que están implicados los niveles más altos del mundo financiero, gubernamental y eclesiástico.
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Los dos hombres se miraron; Gallo se levantó la bocamanga y miró el reloj de pulsera.

– Sí -dijo Brunetti-. Vamos.

Siguió una serie de peripecias dignas del más absurdo celuloide rancio. El coche se atascó en el tráfico de primeras horas de la mañana, y el conductor decidió desviarse para acceder al hospital por la entrada posterior, lo que los metió en un atasco aún mayor, con el resultado de que llegaron al hospital después de que la signora Mascari hubiera no sólo identificado el cadáver como el de su marido, Leonardo, sino vuelto a subir al taxi que la había traído de Venecia, para hacerse llevar a la questura de Mestre, donde, según le dijeron, la policía respondería a sus preguntas.

Por consiguiente, cuando Brunetti y Gallo volvieron a la questura, la signora Mascari llevaba esperándolos más de un cuarto de hora. Estaba sentada, muy erguida y sola, en un banco de madera del pasillo, frente al despacho de Gallo. Era una mujer cuyo porte e indumentaria sugerían no ya que la juventud había pasado sino que nunca había existido. Llevaba un traje chaqueta de seda salvaje azul noche, de corte sobrio, con la falda un poco más larga de lo normal. El color de la tela ofrecía un fuerte contraste con la palidez de su cara.

La mujer levantó la mirada al acercarse los dos policías, y Brunetti observó que su pelo tenía aquel tinte caoba tan popular entre las mujeres de la edad de Paola. Iba poco maquillada, y se le veían arruguitas en torno a la boca y los ojos, aunque Brunetti no hubiera podido asegurar si se debían a la edad o al sufrimiento. Ella se levantó y avanzó un paso. Brunetti se paró y extendió la mano.

– Signora Mascari, comisario Brunetti, de la policía de Venecia.

Ella apenas hizo más que rozarle la mano un momento. El comisario vio que tenía los ojos brillantes, aunque no sabía si era brillo de lágrimas o reflejo de los cristales de las gafas.

– Mi más sincero pésame, signora Mascari. Comprendo lo terrible y doloroso que ha de ser este trance. -Ella no se daba por enterada de sus palabras-. ¿Desea que llamemos a alguien para que venga a hacerle compañía?

Ahora la mujer movió la cabeza negativamente.

– Explíqueme qué pasó -dijo.

– Entremos en el despacho del sargento Gallo -dijo Brunetti extendiendo el brazo para abrir la puerta.

Se hizo a un lado para que pasara ella y volvió la cabeza hacia Gallo, que levantó las cejas con gesto de interrogación; Brunetti asintió, y el sargento entró con ellos. Brunetti acercó una silla a la signora Mascari, que se sentó y lo miró.

– ¿Desea tomar algo, signora, un vaso de agua, un té?

– No. Nada. Dígame qué ha pasado.

Pausadamente, el sargento Gallo se sentó detrás de su escritorio y Brunetti, en una silla, no lejos de la signora Mascari.

– El cadáver de su marido fue hallado en Mestre el lunes por la mañana. En el hospital le habrán dicho que la causa de la muerte fue un golpe en la cabeza.

– También tenía golpes en la cara -interrumpió ella. Después de decir esto, desvió la mirada y la bajó a las manos.

– ¿Sabe de alguien que quisiera causar daño a su marido, signora? ¿Alguien que le hubiera amenazado o discutido con él?

Ella movió la cabeza en una negativa inmediata.

– Leonardo no tenía enemigos -dijo.

Por lo que Brunetti había podido observar, nadie llega a director de banco sin hacerse enemigos, pero se reservó el comentario.

– ¿Su marido le habló de algún contratiempo que hubiera tenido en el banco? ¿Un empleado al que hubiera tenido que despedir? ¿Alguien a quien se le hubiera denegado un préstamo y le hiciera responsable a él?

– No. -Ella volvió a mover la cabeza-. Nada de eso. Nunca ha tenido problemas.

– ¿Y con la familia de usted, signora? ¿Tampoco había tenido diferencias?

– Pero, ¿qué es esto? -inquirió ella-. ¿Por qué me hace estas preguntas?

– Signora -empezó a decir Brunetti con un ademán que él pretendía apaciguador-, la forma en que mataron a su marido, la violencia empleada, parece indicar que quienquiera que lo hiciera tenía razones para odiarlo, y mucho. Por eso, antes de ponernos a buscar al asesino, hemos de tener una idea de por qué hizo lo que hizo. Y estas preguntas son necesarias, aunque me consta que son dolorosas.

– Es que no puedo decirles nada. Leonardo no tenía enemigos.

Después de repetir esto, la mujer miró a Gallo, como para ponerlo por testigo, o pedirle que la ayudara a convencer a Brunetti de que debía creerla.

– Cuando el domingo su marido salió de casa, ¿iba a Mesina? -preguntó Brunetti. Ella asintió-. ¿Sabe a qué iba, signora?

– Dijo que eran asuntos del banco y que regresaría el viernes. Ayer.

– ¿No le dijo el motivo del viaje?

– No; ni esta vez ni las otras. Solía decir que su trabajo no era interesante, y casi nunca me hablaba de él.

– ¿Tuvo noticias suyas después de que se fuera?

– No. Salió para el aeropuerto el domingo por la tarde. Iba a Roma, donde tenía que cambiar de avión.

– ¿La llamó por teléfono? ¿La llamó desde Roma o desde Mesina?

– No; no acostumbraba llamar. Cuando salía de viaje, iba a donde tuviera que ir y luego regresaba a casa. O me llamaba desde el despacho si se iba directamente a trabajar.

– ¿Eso era normal?

– ¿Era normal qué?

– Que durante sus viajes no se pusiera en contacto con usted.

– Ya se lo he dicho. -Su voz se hizo ahora un poco áspera-. Hacía varios viajes al año, seis o siete, por asuntos del banco. A veces, me enviaba una postal o me traía un regalo, pero nunca llamaba.

– ¿Cuándo empezó a alarmarse, signora?.

– Anoche. Pensé que, por la tarde, a la vuelta del viaje, habría ido al despacho y que después vendría a casa. A eso de las siete, al ver que no venía, llamé al banco, pero ya estaba cerrado. Llamé a dos de los hombres que trabajaban con él, pero no los encontré. -Aquí se interrumpió, aspiró profundamente y prosiguió-: Quería creer que había entendido mal el día o la hora de su regreso, pero esta mañana ya no podía más y he llamado al banco, a uno de sus colaboradores, que ha hablado con Mesina y luego me ha llamado.

La mujer enmudeció.

– ¿Qué le ha dicho, signora?

Ella se oprimió los labios con el nudillo del índice, quizá para evitar que las palabras salieran, pero había visto el cadáver en el depósito, por lo que de nada servía tratar de engañarse.

– Me ha dicho que Leonardo no había ido a Mesina. Entonces he llamado a la policía. Los he llamado a ustedes. Y me han dicho… cuando les he dado la descripción de Leonardo… me han dicho que viniera. Y he venido.

Su voz era cada vez más forzada y cuando acabó de hablar, la mujer se oprimía las manos en el regazo, con desesperación.

– Signora, ¿de verdad no desea que llamemos a alguien para que la acompañe? Quizá no debería estar sola en este momento -dijo Brunetti.

– No. No quiero ver a nadie. -Se levantó bruscamente-. No es preciso que siga aquí, ¿verdad? ¿Puedo marcharme?

– Por supuesto. Ha sido usted muy amable al contestar estas preguntas.

Ella hizo como si no lo hubiera oído.

Brunetti hizo una seña a Gallo mientras seguía a la signora Mascari a la puerta.

– Un coche la llevará a Venecia.

– No quiero que me vean llegar en un coche de la policía -dijo ella.

– Será un coche sin distintivos y el conductor irá de paisano.

Ella no contestó y, probablemente, el que no protestara significaba que aceptaba que la llevaran hasta piazzale Roma.

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