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La Guerra de los Dioses

Электронная книга - «La Guerra de los Dioses». Краткое содержание книги:

Palin y Tas cruzan el Portal y entran en el Abismo, donde aguarda Raistlin para llevarlos a presenciar un acontecimiento extraordinario: la asamblea de los dioses. En ella, Paladine accede a la petición de la Reina Oscura y de Gilean, que consiste en retirar los dragones del Bien para que los Caballeros de Takhisis se alcen con la victoria y unifiquen bajo un mando único todas las fuerzas de las distintas razas. De esta manera podrán afrontar la lucha contra Caos y evitar la destrucción de Krynn y de todo lo creado.
La Torre del Sumo Sacerdote cae en manos de las fuerzas de la Oscuridad por primera vez en la historia y el dominio absoluto de Ariakan se extiende rápidamente por Ansalon. Entre tanto, Steel Brightblade va a ser ajusticiado por haber dejado escapar a su prisionero, Palin Majere. En la posada El Último Hogar, Caramon y Tika tiene la alegría de volver a ver a su hijo, a quien creían muerto. Pero el joven Palin llega acompañado de un visitante inesperado: Raistlin Majere, quien ha vuelto al plano mortal para ayudar en la batalla contra Caos.
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—Adiós, Raistlin. Le diré a Caramon que le... ¡Anda, pero si es Kitiara! ¡Caray! Desde luego, aquí la gente aparece de repente como si saliera de la nada ¿verdad? Hola, Kitiara, ¿te acuerdas de mí? Soy Tasslehoff Burrfoot.

La mujer morena, vestida con una armadura de dragón azul, y con una espada colgando al costado, apartó al kender de un violento empellón y se plantó delante de Palin, obstruyéndole el paso al Portal.

—Me alegra conocerte por fin, sobrino —dijo Kitiara con una sonrisa sesgada. Extendió la mano y adelantó un paso—. ¿Por qué no te quedas un poco más? Hay alguien que viene de camino a quien le encantaría conocerte...

—¡Palin, cuidado! —gritó Tas.

Kitiara desenvainó la espada; la hoja de acero brilló con una luz mortecina, gris. La mujer avanzó hacia el joven mago.

—Has escuchado lo que no iba destinado a tus oídos. ¡Mi reina no trata con benevolencia a los espías!

Kitiara arremetió con la espada. Palin alzó el bastón para responder al golpe, intentando empujar a Kitiara hacia atrás. Los dos se trabaron en un forcejeo, y entonces, inesperadamente, Kit se echó hacia atrás. Palin perdió el equilibrio y trastabilló. La mujer se lanzó de nuevo al ataque.

Tasslehoff, frenético, buscaba algo para arrojárselo a Kitiara. Sólo tenía los objetos que guardaba en sus mochilas y él mismo. Imaginando que sus más preciadas posesiones, aunque de innegable valor, no servirían de mucho para detener a la encolerizada Kitiara, Tas se precipitó sobre ella, lanzando su pequeño cuerpo en la dirección de la mujer con la esperanza de derribarla y al mismo tiempo evitar ensartarse en la espada.

Olvidó que estaba en el Abismo. El kender voló hacia Kitiara, pasó a través de ella, y salió por el otro lado sin siquiera rozarla. Pero sí consiguió algo: chocar con la espada que, cosa rara, tenía solidez. La arremetida de Kit, dirigida al corazón de Palin, fue desviada.

Tas aterrizó sobre manos y rodillas, estremecido y desconcertado.

Palin retrocedió tambaleante. Una mancha roja apareció en el paño blanco de su túnica. Se aferró el hombro, se tambaleó, y cayó al suelo sobre una rodilla. Kitiara, mascullando maldiciones, enarboló de nuevo la espada y avanzó hacia él.

Tas se incorporó con dificultad, y estaba a punto de arrojarse contra el arma otra vez cuando oyó a Raistlin entonando una palabras extrañas. Los negros pliegues de su túnica ondearon delante del kender. Los dragones del Portal empezaron a chillar y, justo cuando todo se estaba poniendo más interesante, algo golpeó a Tasslehoff justo entre las cejas.

Vio un montón de fascinantes estrellas girando ante sus ojos, sintió que se desplomaba, y, de manera involuntaria, se sumió en el mundo de los sueños.

10

Un prisionero. La flagelación

La llave repicó en la cerradura. La puerta de la celda se abrió.

—Una visita, Brightblade —dijo el carcelero.

Steel, que estaba acostado en el jergón de paja, se sentó al tiempo que se frotaba los ojos para ahuyentar el sueño. Se preguntó si sería de día o de noche, ya que allí no había forma de saberlo. Las mazmorras, situadas en el primer nivel de la torre, no tenían ventanas. El caballero parpadeó bajo el brillo de la antorcha e intentó ver quién entraba.

Oyó el susurro de una túnica, y vislumbró un atisbo de gris.

Se puso de pie lentamente; las cadenas que llevaba en los tobillos tintinearon. Debía mostrar respeto a esta mujer porque era su superior, pero no iba a darse prisa en hacerlo.

—Señora de la Noche —saludó mientras la observaba con desconfianza.

La mujer se acercó más; su mirada lo recorrió rápidamente de la cabeza a los pies, captando hasta el último detalle de su degradación, desde las ropas sucias a su enmarañado cabello y las muñecas encadenadas.

—Déjanos —ordenó la Señora de la Noche, Lillith, volviéndose hacia el carcelero—. Cierra la puerta.

—No lo entretengáis mucho, Señora de la Noche —gruñó el hombre mientras ponía la antorcha en el hachero de la pared—. Tiene trabajo que hacer.

—Sólo estaré un momento. —Lillith aguardó hasta que el carcelero se hubo marchado y entonces se volvió hacia Steel. Sus ojos tenían un brillo espeluznante. Lo miraba con una intensidad que parecía otorgarles una luz interior, funesta.

—¿Por qué habéis venido, Señora de la Noche? —preguntó finalmente Steel, que empezaba a estar harto de aquel silencioso escrutinio—. ¿Para regodearos de mi infortunio?

—Esto no es un placer para mí, Brightblade —replicó Lillith bruscamente—. Lo que hago, lo hago por la gloria de nuestra reina. Vine a decirte por qué es necesario que mueras.

—Entonces habéis perdido el tiempo, Señora de la Noche —dijo Steel, encogiéndose de hombros—. Sé por qué he de morir. Vos misma lo dijisteis. Perdí a un prisionero cuya custodia me había sido confiada.

—Era precisamente lo que tenía que pasar —comentó la mujer tranquilamente—. Te envié a esa absurda misión sabiendo muy bien que lo perderías. Sin embargo, no esperaba que regresaras. Había confiado en que los dos pereceríais en el Robledal de Shoikan —continuó, hablando con indiferencia—. Descartado eso, esperaba que la Reina Oscura os mataría al mago y a ti en el Abismo. Ese plan también falló. Pero, con suerte, a estas horas el mago estará muerto. Y a no tardar tú también lo estarás. —Asintió varias veces con la cabeza, mientras repetía—. Tú también lo estarás.

Steel se sentía desconcertado, sin saber qué decir. Que esta mujer fuera capaz de odiar de un modo tan absoluto, tan malévolo, sin motivo, escapaba a su comprensión. Por fin, viendo que esperaba que él hablara, dijo:

—Sigo sin entender por qué habéis venido, Señora de la Noche. Si es para zaherirme...

—No, no lo hago por eso. Repito que esto no me causa la menor satisfacción. Vine porque quería que comprendieses. No me gustaría que cuando estés ante nuestra soberana me acusaras de haberte hecho ejecutar con falsedad o injustamente. Su majestad puede ser muy... vengativa.

La Señora de la Noche guardó silencio, meditabunda. Steel no estaba dispuesto en absoluto a mostrarse comprensivo.

—Lo que hicisteis, Señora de la Noche, es equivalente a un asesinato, un acto traicionero e insidioso, impropio de un oficial de Ariakan.

Lillith apenas prestó atención a sus palabras.

—Miré el futuro, Steel Brightblade. Y os vi a ti y al mago, el Túnica Blanca, juntos en un campo de batalla. Vi descargarse un rayo sobre la torre. Vi muerte, destrucción, la caída de las órdenes de caballería. —Los ojos extrañamente iluminados se volvieron hacia él—. Tú y el Túnica Blanca debéis morir. Sólo entonces se evitará la perdición, ¿lo comprendes? ¡Sin duda admitirás que esto es necesario!

—Acepto la sentencia de mi señor —contestó Steel, eligiendo las palabras cuidadosamente—. Si mi muerte beneficia a la caballería, entonces que así sea.

A la Señora de la Noche no pareció complacerla en absoluto esta respuesta. Se mordió el labio inferior, y sacudió la bolsa en la que guardaba las piedras vaticinadoras, que repicaron en el interior.

El carcelero abrió la puerta.

—Brightblade, tienes otra visita.

Entró el subcomandante Trevalin, que pareció molesto al encontrar allí a la Señora de la Noche. Tampoco ella parecía muy contenta de verlo. La mujer no habló más con Steel; giró sobre sus talones y salió de la celda rápidamente, la túnica gris arremolinándose en torno a sus piernas. Trevalin retrocedió para quitarse de su camino y evitar que lo tocara.

—¿Qué hacía aquí? —preguntó después.

—Cosas de hechiceros —repuso Steel, profundamente preocupado—. Presagios y ese tipo de cosas. Dijo... —calló, vacilante—. Dijo que mi muerte es necesaria o en caso contrario las órdenes de caballería caerán. Asegura que lo ha visto en el futuro.

—¡Sandeces! —rezongó Trevalin, que bajó la voz—. Sé que nuestro señor atribuye gran importancia a los hechiceros, pero tú y yo somos soldados. Sabemos que el futuro lo hacemos nosotros, con esto. —Puso la mano en la empuñadura de la espada—. Eres un valeroso guerrero, Brightblade, y has servido bien a nuestra reina. Deberías ser recompensado... Supongo que no hay posibilidad de persuadirte para que hable con lord Ariakan, ¿verdad?

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