El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
Clavain asintió con paciencia. Se sujetó a Felka para no caerse, utilizándola como si fuera un bastón.
—¿Y no les has insistido a estas personas en que estarían muertas si no hubieran venido con nosotros?
—Sí, pero ya sabes cómo es. Algunos nunca están contentos, ¿no? —La joven se encogió de hombros—. Bueno, pensé que podía animarte con eso, por si habías pensado que a partir de ahora todo a iba ir viento en popa.
—Por alguna razón, esa idea no se me ocurrió jamás. Bueno, ¿puede alguien enseñarnos un poco la isla?
Felka lo ayudó a abrirse camino hasta suelo más liso.
—Antoinette, tenemos frío y estamos mojados. ¿Hay algún sitio donde podamos calentarnos y secarnos?
—Vosotros seguidme. Hasta tenemos té preparándose.
—¿Té? —preguntó Felka con suspicacia.
—Té de algas. Producto local. Pero no os preocupéis. Nadie se ha muerto todavía por tomarlo, y lo cierto es que terminas acostumbrándote al sabor.
—Supongo que cuanto antes empecemos, mejor —dijo Clavain.
Siguieron a Antoinette hasta el grupo de tiendas. Había gente trabajando fuera, levantando nuevas tiendas y conectando cables de energía que salían como serpientes de generadores con forma de tortuga. Bax los guió hasta un recinto y cerró la solapa tras ellos. Dentro el ambiente era más cálido y seco, pero solo sirvió para hacer que Clavain se sintiera más mojado y tuviera más frío que un momento antes.
Veinte años en un lugar así, pensó. Ya solo sobrevivir los mantendría ocupados, sí, ¿pero qué clase de vida era aquella en la que sólo se luchaba por la existencia? Los malabaristas quizá resultasen ser unos seres infinitamente fascinantes, inundados de misterios antiguos y eternos de procedencia cósmica, o quizá no deseasen comunicarse en absoluto con los seres humanos. Aunque se habían establecido relaciones entre los humanos y los malabaristas de formas en otros mundos malabaristas, a veces habían hecho falta décadas de estudio para encontrar la llave que abría la puerta de los alienígenas. Hasta entonces, eran poco más que perezosas masas vegetativas que evidenciaban la obra de una inteligencia sin revelarla de ninguna manera. ¿Y si este resultaba ser el primer grupo de malabaristas que no deseaba beber de los patrones neuronales humanos? Se quedarían en un lugar triste y solitario, rechazados por los mismos seres que uno había imaginado que podrían hacerlo tolerable. Quedarse con Remontoire, Khouri y Thorn, sumergirse en la intrincada estructura de la estrella de neutrones viva, quizá empezara a parecer una opción más atractiva.
Bueno, dentro de veinte años averiguarían si había sido así.
Antoinette le puso delante un tazón de té de color verde.
—Bébetelo, Clavain.
El anciano dio un sorbo y arrugó la nariz al ver el miasma de vapor acre y salado que flotaba sobre la bebida.
—¿Y si me estoy bebiendo un malabarista de formas?
—Felka dice que no será así. Y ella debería saberlo, creo. Tengo entendido que ya lleva bastante tiempo deseando conocer a esos hijos de puta, así que sabe alguna que otra cosa sobre ellos.
Clavain le dio otro tiento al té.
—Sí, es cierto, ¿ver…?
Pero Felka se había ido. Estaba en la tienda un momento antes, pero ya no.
—¿Por qué tiene tantas ganas de conocerlos? —preguntó Antoinette.
—Por lo que espera que le den —dijo Clavain—. En otro tiempo, cuando vivía en Marte, estaba en el centro de algo muy complejo, una inmensa máquina viviente que ella tenía que mantener con vida con su fuerza de voluntad y su intelecto. Le daba una razón para vivir. Luego hubo un pueblo, mi pueblo, de hecho, que le quitó la máquina. Estuvo a punto de morir entonces, si es que alguna vez había estado viva. Pero no murió. Consiguió recuperar algo parecido a una vida normal. Pero todo lo que ha venido después, todo lo que ha hecho desde entonces, ha sido tratar de encontrar otra cosa que pueda usar ella y que la use a ella del mismo modo; algo tan intrincado que ella no pueda comprender todos sus secretos con un único destello de intuición, y algo que, a su manera, sea capaz de explotarla también a ella.
—Los malabaristas.
Todavía aferrado al té (y la verdad era que no estaba tan mal, según observó), Clavain dijo:
—Sí, los malabaristas. Bueno, yo solo espero que encuentre lo que está buscando, nada más.
Antoinette metió la mano debajo de la mesa y levantó algo del suelo. Lo colocó entre los dos: un cilindro de metal corroído y cubierto de una espuma de encaje de microorganismos calcificados.
—Esta es la baliza. La encontraron ayer, un par de kilómetros más abajo. Debió de ser un tsunami lo que la arrastró al mar.
Clavain se inclinó y examinó el pedazo de metal. Estaba aplastado y mellado, como una vieja lata de raciones que alguien hubiera pisado.
—Podría ser combinada —dijo—. Pero no estoy seguro. No ha sobrevivido ninguna marca.
—Creí que el código era combinado…
—Lo era: es una simple baliza transmisora de sistema interno. No está diseñada para que se detecte a mucho más de unos cuantos cientos de millones de kilómetros. Pero eso no significa que la pusieran aquí los combinados. Los ultras podrían haberla robado de una de nuestras naves, quizá. Sabremos un poco más cuando la desmantelemos, pero tiene que hacerse con mucho cuidado. —Dio unos golpecitos con los nudillos en el basto casco de metal—. Aquí dentro hay antimateria, o no estaría transmitiendo. No mucha, quizá, pero lo suficiente para hacer mella en esta isla si no lo abrimos como debe ser.
—Mejor tú que yo…
—Clavain…
El anciano se dio la vuelta, había regresado Felka. Parecía incluso más mojada que al llegar. Tenía el cabello pegado a la cara en lacias cintas y la tela negra de su vestido se le ajustaba a un costado del cuerpo. Debería haber estado pálida y tiritando, en opinión de Clavain, pero estaba sonrojada y parecía muy emocionada.
—Clavain —repitió.
Él dejó el té en la mesa.
—¿Qué pasa?
—Tienes que salir fuera y ver esto.
El anciano salió de la tienda. Se había calentado lo suficiente para sentir una repentina punzada de frío, pero había algo en la actitud de Felka que le hizo olvidarlo, igual que tanto tiempo antes había aprendido a suprimir de forma selectiva el dolor o la incomodidad en el fragor de la batalla. Por ahora no importaba; como la mayor parte de la vida, se podía ocupar de ello más tarde, o quizá nunca.
Felka miraba el mar.
—¿Qué pasa? —preguntó otra vez.
—Mira, ¿lo ves? —Su amiga se colocó a su lado y dirigió su mirada—. Mira. Mira con atención, allí, donde se aclara la bruma.
—No estoy seguro de…
—Ahora.
Y entonces lo vio, aunque solo fuera durante un momento. La dirección local del viento debía de haber cambiado desde su llegada a la tienda, lo suficiente para empujar la niebla y hacerla adoptar una configuración diferente que permitía breves claros que se adentraban en el mar. Vio el mosaico de charcos de bordes afilados, y un poco más allá el bote en el que habían venido, y detrás de eso una pincelada horizontal de agua gris pizarra que se iba difuminando a medida que el ojo se deslizaba hacia el horizonte para convertirse en el color gris lechoso pálido del cielo mismo. Y allí, por un instante, estaba la aguja erguida de la Nostalgia por el Infinito, un dedo ahusado de un color gris un poco más oscuro que se elevaba justo por debajo de la línea del propio horizonte.
—Es la nave —dijo Clavain con suavidad, decidido a no desilusionar a Felka.
—Sí —dijo ella—. Es la nave. Pero tú no lo entiendes. Es más que eso. Es mucho, mucho más.