La verdad sobre el caso Savolta
- Автор: Mendoza Eduardo
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:
– Usted quiso ver al paciente. Yo ya le aconsejé que desistiera. Ahora no me venga con historias. El comisario se aproximó a Nemesio Cabra Gómez.
– Nemesio, soy yo, Vázquez, ¿me recuerdas?
Percibió una voz estrangulada, parecida a un gorjeo. Se agazapó y logró entender:
– Señor comisario…, señor comisario…
El sargento Totorno entró en el palco, tosió con discreción y viendo que los dos ocupantes no le prestaban atención, tocó en el hombro a Lepprince.
– Disculpe, señor Lepprince.
– ¿Qué sucede?
– Voy a dar una vuelta por el gallinero, a ver si veo algo anómalo.
– Me parece muy bien.
– De paso estiro las piernas, ¿sabe usted? A mí, esto del teatro…
– Vaya, vaya, sargento.
De los palcos contiguos llegaban siseos reclamando silencio y el sargento Totorno salió golpeando las sillas con el sable. Max tomó los prismáticos y los dirigió a los pisos superiores.
– Aficionados -murmuró aludiendo al sargento.
– Hacen lo que pueden -dijo Lepprince.
– Bah.
Cayó el telón y hubo aplausos y brillaron las luces. Max se retiró al antepalco. Lepprince se puso en pie y encendió un cigarrillo antes de salir. Abrió la puerta que comunicaba con el corredor y un policía uniformado le impidió el paso.
– Deseo ir al bar.
– Órdenes del comisario Vázquez:: no puede abandonar su localidad.
– Tengo sed. Dígale al comisario Vázquez que venga.
– El comisario no está.
– Pues déjeme salir.
– Lo siento, señor Lepprince.
– Entonces, hágame un favor, ¿quiere?
– Sí, señor, a mandar.
– Busque a un acomodador y dígale que me traiga una limonada. Yo se la pagaré aquí.
Volvió al antepalco. Hacia calor. Max, en mangas de camisa, barajaba los naipes.
– Me quedo, si no le importa -dijo.
– ¿Vas a hacer un solitario? -preguntó Lepprince.
– Sí.
– Como prefieras, ¿no te interesa la obra?
– Saldré al final, a ver cómo se acaba.
– ¿Tú qué opinas del adulterio, Max?
– Poco, realmente.
– ¿Lo repruebas?
– Nunca lo he pensado, yo. A mí, esto del sexo…
– Está bien -dijo Lepprince-. Haz tú el solitario y que tengas suerte.
– Muchas gracias.
Lepprince volvió a ocupar su puesto. Sonó una campanilla con repique anunciando el comienzo del acto tercero. Volvió a repicar y las luces se amortiguaron mientras aumentaba el gas de las espitas de las candilejas. La gente se apresuró a toser y carraspear mientras se alzaba el telón. Golpearon la puerta del antepalco, abrió Max: el policía le tendió una bandeja con un botellín y un vaso.
– La fui a buscar yo mismo.
– Muchas gracias. Aquí tiene y se queda con las vueltas.
– De ningún modo.
– Orden del señor Lepprince.
– Vaya, si es así…
Avisado por Max, Lepprince entró en el antepalco y se bebió la limonada.
– ¿Recibió mi llamada, señor comisario?
– Sí, ya ves que aquí me tienes.
– Fue a verle un amigo, ¿verdad, señor comisario?
– Un amigo tuyo, sí.
– Era Jesucristo, ¿sabe?
El comisario Vázquez retrocedió hasta el ventanuco.
– Me parece que delira -susurró al doctor Flors.
– Ya le dije yo…
– Señor comisario, ¿está usted ahí?
– Aquí estoy, Nemesio, ¿qué querías decirme?
– La carta, señor comisario, encuentre la carta. El comisario Vázquez se aproximó de nuevo al enfermo.
– ¿Qué carta, Nemesio?
– Lo dice todo… la carta: encuéntrela y ella le dirá quién mató a Pere Parells. No se lo digo yo, señor comisario. Es Jesucristo quien habla por mi boca. El otro día, ¿sabe?, vi una luz resplandeciente que traspasaba las paredes; tuve que cerrar los ojos para no volverme ciego…, y cuando los abrí, Él estaba delante, como está usted ahora, señor comisario, igual que usted, con el blanco sudario que le regaló la Magdalena. Sus ojos desprendían chispas y su barba tenía puntos luminosos como estrellas y en las manos llevaba sus llagas puestas como cuando se le apareció a santo Tomás, el incrédulo.
– Anda, cuéntamelo de la carta, Nemesio.
– No. Esto es más hermoso que lo de la carta, señor comisario, y más interesante. Yo estaba postrado, sin saber qué hacer, y sólo repetía: «Señor, yo no soy digno de que entréis en mi pobre morada», y Él me mostró sus Divinas Llagas y su Corona de Espinas que parecía el Sol y me habló con una voz que salía de todos los rincones de la celda. Es verdad, señor comisario, salía de todos los rincones de la celda al mismo tiempo y todo era luz. Y me dijo: «Ve a buscar al comisario Vázquez, de la Brigada Social. Dile todo cuanto sabes y él te sacará de aquí.» Yo le repliqué: “¿Y cómo haré para ir a buscar al comisario Vázquez, si no me dejan salir de aquí, Señor, si me tienen preso?” Y Él respondió: «Yo iré a buscarle a Jefatura y le diré que venga, pero tú has de contarle todo lo que sabes.» Y desapareció dejándome sumido en la oscuridad, en la que permanezco desde que se fue.
El comisario retrocedió hasta la puerta.
– Déjeme salir, doctor, es un caso perdido.
– Espere, señor comisario, no se vaya -decía Nemesio Cabra Gómez.
– Vete al diablo -le gritó el comisario
Pero el enfermo se había incorporado y asía con las dos manos los hombros del comisario, que cayó de rodillas. El enfermo acercó su rostro al oído del policía y murmuró unas palabras.
El doctor Flors había entrado y forcejeaba con el loco para liberar al comisario de las tenazas que le inmovilizaban contra el suelo acolchado. Acudieron dos enfermeros y entre los tres redujeron a Nemesio Cabra Gómez.
– Llévenlo a las duchas -ordenó el doctor Flors.
El comisario Vázquez recomponía su traje. Recogió del suelo el sombrero y un botón de la chaqueta.
– Ya le advertí que no valía la pena intentarlo -dijo el doctor Flors.
– Tal vez -respondió el comisario Vázquez.
Recorrieron sin hablar los pasillos que bordeaban el jardín y se despidieron en la puerta del sanatorio. Dos guardias esperaban en un automóvil.
– Gracias a Dios, comisario. Pensamos que no salía.
– Eso quisierais vosotros, que me encerrasen.
Los dos guardias rieron la broma de su superior.
– ¿Dónde vive Javier Miranda? -preguntó de pronto el comisario.
– ¿Miranda? -preguntaron los subalternos-, ¿quién es?
– Ya veo que no sabéis dónde vive. Vamos a Jefatura y allí lo averiguaréis.
Cuando Lepprince reapareció en el palco partió el primer disparo del gallinero. Lepprince se desmoronó. El sargento Totorno se precipitó desde las gradas superiores hacia el lugar de donde procedía el fogonazo. Una figura se escurría en dirección a la salida. El sargento Totorno le cerró el paso y la figura giró sobre sus talones y saltó por las gradas hacia la baranda desde la cual hizo frente al sargento. El caído Lepprince se había incorporado; en cada mano tenía una pistola: no era Lepprince, sino Max, que había sustituido a su amo cuando éste bebía la limonada. Hizo dos disparos contra el hombre que se erguía ante la baranda. El hombre se dobló por la cintura y cayó al patio de butacas. Reinaba una escandalosa confusión en el teatro, la representación se había interrumpido y actores y público procedían a desalojar el local atropellándose y tropezando con los que habían sido derribados y siendo derribados a su vez por aquellos que venían detrás. Del gallinero partió un nuevo disparo hacia el palco de Lepprince. Max había saltado al palco contiguo y respondió al ataque con una andanada de sus dos pistolas que detonaban al mismo tiempo y sin cesar. Una bala perdida hirió a un espectador que comenzó a chillar. Rodó un cuerpo por el gallinero y quedó atravesado en una de las gradas. Los terroristas, que no debían de ser menos de cinco, se vieron encerrados entre los revólveres de Max y el fuego del sargento Totorno que, aun herido, seguía repartiendo balazos imprecisos en todas direcciones. Los terroristas intentaron abrirse camino hacia la salida de socorro. El policía que había traído la limonada se personó en el palco de Lepprince con una escopeta, accionó el gatillo y barrió el graderío con metralla. El sargento Totorno se despatarró. Los terroristas que aún se tenían en pie saltaron por encima del cuerpo del sargento y accedieron al pasillo. Allí los remató Max, oculto tras una columna. El balance de aquella noche fue: tres terroristas muertos. Uno era Lucas «el Ciego», que murió al principio de la refriega de un tiro en el cuello. A otro de los terroristas muertos se le apreció un balazo en el omoplato izquierdo y metralla en el cerebro. Al otro, un impacto en el corazón. Los otros dos terroristas resultaron heridos: levemente uno y de gravedad el otro. Con heridas de pronóstico reservado resultó el bravo sargento Totorno, al que la metralla arrancó dos dedos de la mano derecha. En cuanto al espectador herido por una bala perdida en el glúteo derecho, fue dado de alta a los pocos días e indemnizado por Lepprince.
V
Había ido al cinematógrafo aquella noche y luego, a la salida, me había tomado unos bocadillos y una cerveza y reemprendido el camino a casa con paso cansino, porque hacía buen tiempo y porque nadie me aguardaba ni tenía qué hacer ni prisa en llegar a ninguna parte. Vivía en un piso pequeño, bajo el tejado de un inmueble moderno, en la calle de Gerona, que un amigo de Serramadriles me proporcionó a poco de arribar a Barcelona. El mobiliario era escasísimo y las pocas piezas de que constaba eran de la peor manufactura: sillas bailarinas, mesas oscilantes, un butacón de mimbre y profusión de cretonas comidas por el sol. El dormitorio tenia una cama estrecha, poco más que un jergón, y un armario sin patas, con la luna cuarteada. El otro aposento estaba destinado a comedor, pero yo, que hacía mis comidas en un restaurante barato y vecinal, lo había destinado a sala de lectura, pues raramente recibía visitas y otra utilización habría resultado superflua. Tenía, por último, un trastero vacío, sin ventanas, y un lavabo en el dormitorio, donde asearse. Los restantes servicios sanitarios estaban en un cuarto independiente, en el rellano de la escalera, y los compartía con un astrónomo y una solterona. Una cosa buena, en cambio, sí había: las ventanas de las dos habitaciones daban sobre un huertecillo dedicado al cultivo de flores. A mediados del 19 desapareció el huertecillo y empezaron a edificar; vaya por Dios.