La Hija Del Canibal
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Hija Del Canibal». Краткое содержание книги:
Sea como fuere, el caso es que allí estaba yo, a mis once años, como un potro desbocado, totalmente desesperado por la inactividad y la situación. Entonces, para rematar mi desconsuelo, me enteré de algo horrible: la viuda de Ticomán había muerto. Siguiendo nuestra pista, o tal vez a consecuencia de un chivatazo, la policía había tomado la granja en la que estuvimos y se había llevado a la viuda de la gran ceja negra. La mujer murió en las dependencias policiales, unos días después, en circunstancias oficialmente no aclaradas: previsiblemente de las palizas. Recordé aquella última noche en la granja: su olor a carne maternal y blanda, la aspereza de la tela del camisón. Yo no quería llorar porque ya era mayor; no quería llorar porque yo era un Errante, un pistolero revolucionario de la banda de Durruti, aunque todavía no llevara pistola. Pero me ardía tanto el pecho y tenía tan apretada la garganta que tuve que hacer algo. Y así, para no soltar la lágrima, construí una bomba.
Utilicé una lata de carne en conserva, tal y como me había enseñado Buenaventura; y pólvora de casquillos deshechos, y tornillos rotos, y estopa, y un cabo de vela. Me quedó una bomba pequeña pero bastante apañada, o eso pensé yo; la había construido por las noches, cuando no me veían ni Víctor ni Jover.
Una mañana, en fin, salí de la choza muy temprano, antes de que los otros se despertaran. Llevaba el artefacto en el bolsillo del pantalón y la camisa por encima con los faldones sueltos. Cogí la camioneta de extrarradio y me fui a la central de la policía. No sabía en qué comisaría había muerto mi viuda, pero pensé que atacar el cuartel general sería venganza suficiente. En la puerta puse cara de desolación y de inocencia y expliqué que era español e hijo de emigrante; que vivíamos en la miseria en unos galpones a las afueras de la ciudad, y que mi padre había desaparecido cuatro días atrás y yo ya no sabía qué hacer. Se tragaron la milonga como unos benditos, yo creo que confundidos por la falsa ingenuidad de mis ojos azules y mi pelo rubio, y me hicieron pasar a un vestíbulo destartalado y grande con un montón de gente esperando.
Mi plan consistía en arrojar la bomba y aprovechar el revuelo para darme a la fuga; pero había demasiadas personas alrededor, campesinos y ancianas enlutadas y hombres desasosegados embutidos en trajes demasiado estrechos que olían a sudor rancio y naftalina. Tipos inocentes, en fin, que no merecían reventar, y que además probablemente hubieran dado la voz de alarma si me veían manipular el artilugio. Porque yo tenía que sacar la bomba y colocarla en algún sitio idóneo y lo suficientemente cerca del objetivo, ya que era un explosivo poco potente; y por añadidura había que encender la mecha con el chisquero y evitar que alguien la apagara en los segundos que necesitaba de combustión. En mi imprevisión y mi estupidez, yo había creído que, una vez dentro del edificio, podría moverme más o menos libremente y a mi antojo. Pero no, no era así. Ser un terrorista no era tarea fácil, ahora me daba cuenta; y pasaban los minutos, y corría el peligro de ser llamado por el burócrata de turno para solventar mi situación, y a lo peor mi mentira iba a terminar poniendo en riesgo a toda la banda. Empecé a sudar de pánico y de angustia. Fue extraordinario, porque después he pasado en mi vida por muchos momentos de desesperación y de agudo miedo, pero nunca volví a sudar como en aquel instante. Estaba sentado en el filo de una banqueta y mis manos goteaban como fuentes y formaban dos charquitos en el suelo; me agarré las rodillas para disimular y empapé en un segundo los pantalones.
Entonces se me ocurrió una idea salvadora: irme a los retretes. El conserje me indicó un pasillo al final del vestíbulo y hacia allá me dirigí, con las piernas temblando. El pasillo desembocaba en una habitación apestosa, grande y destartalada, con unas cuantas letrinas adosadas al muro y unas puertas medio rotas y sin cerrojo que apenas si tapaban al ocupante. Los hombres entraban y salían del lugar: visitantes civiles, pero también policías de uniforme. Me metí en uno de los cubículos y cerré la puerta, sujetándola con la mano por el borde inferior de la hoja. A mi izquierda había un muro, pero a mi derecha había otro retrete; por debajo del sucio panel separador, que no llegaba al suelo, yo podía ver el agujero de la letrina y los pies y los pantalones bajados del usuario. Estuve un rato en el cuartito, atufado por la peste reinante y viendo pasar alpargatas y zapatos agrietados, hasta que al fin entraron un par de botas de reglamento. Era un policía, de eso no cabía la menor duda: al momento vi caer el pantalón del uniforme. Todas las letrinas tenían, al fondo del cubículo, medio bidón roñoso para los papeles sucios; yo había pensado colocar mi bomba ahí detrás, de manera que pasara inadvertida. Así es que aguanté la respiración, intenté no temblar y encendí la mecha con el chisquero, mientras el vecino gruñía y refunfuñaba dedicado a lo suyo. Y la mecha prendió y se puso a arder silenciosa y constante, como las mechas de las bombas de los chistes, o mejor aún, como las de las bombas de verdad. Alargué la mano con mucho cuidado y coloqué el explosivo detrás del bidón, en el rincón más cercano a la pared, a dos palmos del culo del sujeto. No le había visto ni siquiera la cara, pero yo era tan bestia por entonces que me regocijaba la idea de reventarle.
Pero todo salió mal, peor que mal. Todo se estropeó en medio segundo. Yo me había apresurado a dejar mi letrina en cuanto que coloqué el regalo en su lugar: me movía con ligereza pero sin correr, para no quedar grabado en la memoria de ningún testigo. Pero apenas si estaba enfilando hacia el pasillo cuando escuché unos ruidos a mi espalda: me volví y vi salir del excusado a mi policía, todavía subiéndose los pantalones el muy guarro. Pero lo peor es que inmediatamente entró otro hombre en su lugar: un tipo con aspecto campesino, de camisa barata, un ojo bizco y las mejillas picadas de viruela. No me paré a pensarlo, fue un gesto automático: corrí de nuevo hacia mi letrina, que aún estaba vacía; cerré la puerta de una patada tras de mí, me arrojé de rodillas sobre el pringoso suelo y estiré la mano intentando recuperar la bomba y apagar la mecha.
Lo demás, en fin, podéis imaginarlo. El artefacto estalló y me destrozó la mano: desde entonces tengo este muñón tal y como lo veis. La mampara intermedia me protegió, pese a su endeblez, del resto del impacto. A decir verdad, no sentí nada. Sólo un ruido seco, un golpe en la espalda. De primeras pensé que simplemente me había caído, que había resbalado. Me recuerdo sentado sobre el agujero de la letrina, con los hombros apoyados en el muro. Me miraba la mano mutilada y no me dolía. Al lado, el bizco clavaba sus fijos ojos en mí mientras permanecía tumbado sobre un montón de astillas ensangrentadas. Había voces, gritos, revuelo de personas a mi alrededor. Me tomaron en brazos y corrimos por habitaciones y pasillos. Quizá me desmayé: sólo recuerdo con claridad el hospital, y eso fue después.
Tuve mucha suerte. Aquel pobre hombre al que mató mi bomba guardaba un machete dentro del pantalón, cosa que, por otra parte, solían llevar muchos campesinos. Pero la presencia del arma hizo creer a los policías que era él quien había traído la bomba; que se había metido en las letrinas para cebarla, y que le había estallado encima por simple falta de pericia. Detuvieron entonces a los dos indios que venían con él, un cuñado y un hermano joven; y les torturaron hasta que el muchacho confesó que sí, que el bizco había estado construyendo la bomba por las noches en la cocina del cuchitril en que vivían. En cuanto a mí, pensaron que yo, el verdadero asesino, era su víctima; y me llevaron al hospital y me cuidaron bien, temiendo repercusiones diplomáticas. Un par de semanas después apareció mi hermano por el hospitaclass="underline" los compañeros le habían preparado una nueva documentación y se hacía pasar por recién llegado de Venezuela.