En tiempo de prodigios
- Автор: де ла Круз Марта Ривера
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:
Nosotros también teníamos criadas, pero eran sólo dos y no vivían en casa, y además eran ruidosas y expansivas. Desde luego, el servicio de Zachary West resultaba mucho más refinado que el nuestro: las doncellas ponían la mesa de forma primorosa, llevaban las bandejas con una gracia especial y usaban un carrito para servir el desayuno. La cocinera era capaz de elaborar obras maestras de repostería (nuestra Toñita nunca había pasado del bizcocho y del flan de huevo), el mayordomo usaba guantes blancos y el chófer de uniforme tenía la apostura de un capitán de barco. Pero, a pesar de que la vida en aquella casa era regalada y comodísima, su ambiente parecía cualquier cosa menos hospitalario, y desde luego muy poco adecuado para un niño que pasaba tantas horas solo como el pobre Elijah.
Al margen del hieratismo del servicio, mi estancia en Madrid resultó muy divertida. Por la mañana, mientras Zachary West trabajaba o leía en su despacho, Elijah y yo trasteábamos con sus juguetes prodigiosos (tenía, entre otras cosas, un tren eléctrico con su correspondiente maqueta que representaba un pueblo austríaco y un fuerte de madera con indios y vaqueros en miniatura) o descubríamos nuevas posibilidades en el jardín de la casa. Hicimos carreras de balandros en el estanque, subimos a los árboles y hasta llegamos a levantar una cabaña muy chapucera que permaneció en pie hasta que la descubrió Rogelio, el jardinero, y la echó abajo sin muchos miramientos. A mediodía, Zachary West almorzaba con nosotros, a veces fuera de casa, y por las tardes nos llevaba al jardín botánico, al Museo del Prado o a una sesión de cine. Recuerdo que durante aquellas jornadas, el señor West nos hablaba a los dos de su pasado como oficial de la aviación y de viejas hazañas aéreas de camaradas desaparecidos, y hasta nos daba algunas lecciones básicas de política internacional. «El mundo será tan complicado dentro de unos años, que es mejor que os vayáis enterando de cómo están las cosas», nos decía. Fíjate en este retrato: nos lo tomó un fotógrafo junto al estanque del Retiro, justo antes de que subiésemos en una barca de remos para dar un paseo. Recuerdo perfectamente lo que Zachary West nos dijo aquella tarde, mientras nuestro bote se deslizaba suavemente sobre el agua sucia del estanque: «El problema será Alemania. No perdáis de vista a Alemania», y Elijah y yo nos intercambiamos una mirada fugaz recordando al mismo tiempo aquella carta enviada desde Berlín.
Zachary West salía casi todas las noches, y Elijah y yo cenábamos solos en el comedor los platos refinadísimos confeccionados en las cocinas de la casa. A veces, después de haber dado cuenta de los medallones de foie o las perdices escabechadas, echaba vagamente de menos los guisos sencillos que servía mi abuela, pero sentía que esa añoranza era parte del peaje que debía pagar a cambio de mi ingreso en otro mundo. Fue entonces cuando aprendí a administrar sabiamente la melancolía, a comprender que la nostalgia es aceptable desde el punto de vista poético, pero inadmisible si va a poner obstáculos a nuestra evolución personal.
Aquellos diez días pasaron volando. La víspera de empezar las clases volví solo a mi casa, sintiéndome mayor e importante cuando me dejaron instalado en el compartimento del tren. Los West se despidieron de mí con un abrazo y una promesa: dentro de dos meses irían a verme a Ribanova para celebrar juntos mi cumpleaños. Entretanto, Elijah y yo nos intercambiamos cartas (todavía temblaba al ver al cartero, pues seguía siendo factible el que se descubriera el robo del famoso sobre llegado de Alemania) e hicimos todo lo posible por permanecer al tanto de nuestras vidas respectivas, él en su mansión de la Castellana, rodeado por un ejército de sirvientes antipáticos, y yo en el mundo pequeño de mi casa, con mis padres, mis abuelos y mi hermano Efraín, todos cercados por las murallas milenarias de Ribanova y los pros y los contras de nuestra ciudad natal.
Elijah volvió en mayo con su padrastro, y se quedaron dos semanas en el hotel Almirante. Venían a comer con nosotros casi todos los días, y por la noche Zachary West y mis padres cenaban con amigos en el Salón de los Espejos o acudían a alguna velada en el Casino. Creo que el señor West se divertía en Ribanova: para un hombre como él, aventurero y cosmopolita, la vida provinciana de nuestra ciudad no estaba falta de atractivos por el profundo contraste que suponía con su existencia habitual. En cuanto a mí y a Elijah, nuestra amistad había llegado a un desconcertante nivel de madurez. Habíamos dejado de ser camaradas para convertirnos en hermanos. Entonces yo no tenía ninguna duda de que mi futuro estaba uncido al suyo, pero también es cierto que a los nueve años uno no entiende cuán grave puede ser el concepto de destino. Y Elijah y yo estábamos forjando el nuestro sin saber lo esencial que nuestra amistad iba a resultar en un futuro.
Aquella tarde había escuchado a Silvio sólo a medias. Las pequeñas miserias del día habían comenzado a amontonarse en algún lugar del alma, que empezaba a pesarme como si estuviera hecha de un elemento material. Me resultaba difícil mantener la atención. Para escuchar una historia, para escucharla de verdad, son necesarios los cinco sentidos. En justicia, la historia de Silvio se merecía algo más que un par de oídos sólo mínimamente atentos, se merecía a alguien mejor que yo, y aquella certeza añadió un poco más de peso al que iba aumentando en mi interior a medida que pasaba la tarde. En ese momento, Silvio me miró de una forma que me pareció difícilmente clasificable, como si pretendiese ver lo que había en mí más allá de la piel. No sé por qué, pero me molestó aquella mirada. Nadie tiene derecho a intentar descubrir algo más que aquello que cada uno desea mostrar.
– Bueno ¿y tú? -dijo Silvio por fin-. Como hablo tanto, nunca me cuentas nada.
– No hay mucho que contar.
Silvio levantó las cejas al mirarme.
– Tengo ochenta y ocho años. Hace doce tenía setenta y seis, y dentro de doce cumpliré un siglo, así que, lo mires por donde lo mires, soy viejísimo. Eso me da cierta ventaja. Sé más cosas de ti de lo que crees…
– Por ejemplo…
– Por ejemplo que, aunque quieras disimularlo, siempre estás triste…
Sabía que iba a ocurrir. Era cuestión de tiempo. Cuando alguien te cuenta sus secretos, espera una reciprocidad y se siente insultado si no compartes los tuyos. ¿Qué quería Silvio que le contase? Y, más concretamente, ¿qué quería yo contarle a Silvio?
– Mi madre murió hace unos meses -dije, y pronuncié la frase con la intención de dejar zanjado el asunto. Semejante revelación debería servir para explicarlo todo.
– Lo siento. ¿Era mayor?
– Sesenta años.
Silvio fue incapaz de contener un gesto de sorpresa. A su edad, una mujer de sesenta años debía de parecerle una niña.
– Tenía cáncer. -No sé por qué, me sentía obligada a proporcionar más detalles. Supongo que dar respuestas antes de que las pidan es una buena forma de evitar las preguntas-. De pecho. Se murió en año y medio. No se hacía revisiones y le detectaron el tumor demasiado tarde. El médico dijo que, de haber actuado hace siete años, hubiera podido salvarse. Pero no llegamos a tiempo.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Ahora sí que no hay nada más que añadir. Mi madre ha muerto y podría estar viva. Le había dado al cáncer siete años de ventaja, nada menos. Creí que, a ojos de cualquiera, acababa de ganarme el derecho de estar todo lo triste que me viniera en gana. Silvio tardó un rato en hablar de nuevo.