El Inocente
- Автор: Коннелли Майкл
- Серия: Mickey Haller #1
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Inocente». Краткое содержание книги:
Poco a poco, con la ayuda del investigador Raúl Levin y siguiendo su propia intuición, Haller descubre cabos sueltos en el caso Roulet… Puntos oscuros que le llevarán a creer que la culpabilidad tiene múltiples caras.
En El inocente, Michael Connelly, padre de Harry Bosch y referente en la novela negra de calidad, da vida a Michael Haller, un nuevo personaje que dejará huella en el género del thriller.
Me detuve otra vez y exploté todavía más el silencio antes de continuar.
– Pero hay muchas cosas que no tienen: pruebas de una entrada forzada, ADN del sospechoso, un motivo o incluso un sospechoso con antecedentes de un crimen como éste o de cualquier otra índole. Hay muchas razones (razones legítimas) para que usted estuviera en ese apartamento. Además…
Miré más allá de Roulet y Dobbs, por la ventana. El sol estaba cayendo detrás de Anacapa y teñía el cielo de rosa y púrpura. Superaba cualquier cosa que hubiera visto desde las ventanas de mi despacho.
– ¿Además qué? -preguntó Roulet, demasiado ansioso para esperarme.
– Además me tiene a mí. He sacado del caso a Maggie McFiera. El nuevo fiscal es bueno, pero es novato y nunca se ha enfrentado antes con alguien como yo.
– Entonces, ¿cuál es nuestro siguiente paso? -preguntó Roulet.
– El siguiente paso es que Raúl siga con lo suyo, descubriendo lo que pueda de la supuesta víctima y de por qué mintió al decir que estaba sola. Necesitamos descubrir quién es ella y quién es el hombre misterioso y ver qué papel desempeña en nuestro caso.
– ¿Y qué hará usted?
– Trataré con el fiscal. Organizaré algo con él, trataré de ver adonde va y tomaremos nuestra decisión de en qué dirección seguir. No tengo ninguna duda de que podré ir a la oficina del fiscal y podré llegar a un acuerdo. Pero requerirá una concesión. No…
– Le he dicho que no…
– Ya sé lo que ha dicho, pero tiene que escucharme. Podría conseguir un acuerdo nolo contendere, de manera que no tendrá que pronunciar la palabra «culpable», pero no me parece probable que el estado renuncie por completo en este caso. Tendrá que admitir algún tipo de responsabilidad. Es posible que evite la prisión, pero probablemente tendrá que cumplir con algún tipo de servicio a la comunidad. Ya lo he dicho. Es la primera recitación. Habrá más. Como su abogado, estoy obligado a decírselo y a asegurarme de que entiende sus opciones. Sé que no es lo que quiere ni lo que desea hacer, pero es mi obligación educarle en las elecciones. ¿De acuerdo?
– Bien, de acuerdo.
– Por supuesto, como sabe, cualquier concesión por su parte haría que una demanda civil contra usted presentada por la señorita Campo fuera pan comido. Así que, como supondrá, terminar pronto con el caso penal podría acabar costándole mucho más que mi minuta.
Roulet negó con la cabeza. El acuerdo con el fiscal ya no era una opción.
– Entiendo mis opciones -dijo-. Ha cumplido con su obligación, pero no voy a pagar ni un centavo por algo que no he hecho. No voy a declararme culpable de algo que no he hecho. Si vamos a juicio, ¿puede ganar?
Sostuve su mirada por un momento antes de responder.
– Bueno, comprenda que no sé lo que puede surgir desde ahora hasta entonces y que no puedo garantizarle nada… pero, sí, basándome en lo que veo ahora, puedo ganar este caso. Estoy confiado en ello.
Asentí con la cabeza y pensé que vi una expresión de esperanza en los ojos de Roulet. El vio el brillo de esperanza.
– Hay una tercera opción -dijo Dobbs.
Miré de Roulet a Dobbs, preguntándome qué clase de palo iba a poner en las ruedas de la locomotora del cliente filón.
– ¿Y cuál es? -pregunté.
– La investigamos a fondo a ella y al caso. Quizás ayudamos al señor Levin con alguna de nuestra gente. La investigamos hasta las bragas y establecemos nuestra propia teoría creíble y pruebas para presentar a la fiscalía. Lo paramos antes de que llegue a juicio. Mostramos a ese fiscal pardillo dónde va a perder definitivamente el caso y le obligamos a que retire todos los cargos antes de que sufra un bochorno profesional. Además de eso, estoy seguro de que ese hombre trabaja para un hombre que dirige la fiscalía y que es vulnerable a, digamos, presiones políticas. Las aplicamos hasta que las cosas se giren de nuestro lado.
Sentí ganas de darle una patada a Dobbs por debajo de la mesa. Su plan no sólo implicaba reducir a menos de la mitad mis mejores honorarios de siempre, no sólo daba la parte del león del dinero del cliente a los investigadores, incluidos los suyos, sino que sólo podía haber salido de un abogado que nunca había defendido un caso penal en toda su carrera.
– Es una idea, pero es muy arriesgada -dije con calma-. Si uno puede dinamitar su caso y acude a ellos antes del juicio para mostrarles cómo, también le está dando una pista de qué hacer y qué evitar en el juicio. No quiero hacer eso.
Roulet asintió con la cabeza y Dobbs pareció un poco desconcertado. Decidí dejarlo así e insistir en ello con Dobbs cuando pudiera hacerlo sin que estuviera presente el cliente.
– ¿Y los medios? -preguntó Levin, cambiando de tema, afortunadamente.
– Buena pregunta -dijo Dobbs, también ansioso por cambiar de tema-. Mi secretaria dice que tengo mensajes de dos periódicos y dos televisiones.
– Probablemente yo también -dije.
Lo que no mencioné era que los mensajes que había recibido Dobbs los había dejado Lorna Taylor siguiendo mis instrucciones. El caso todavía no había atraído a los medios, salvo al cámara freelance que se había presentado en la primera comparecencia. Aun así, quería que Dobbs, Roulet y su madre creyeran que podían aparecer en los diarios en cualquier momento.
– No queremos publicidad en esto -dijo Dobbs-. Ésta es la peor publicidad que uno puede conseguir.
Parecía un maestro en afirmar lo obvio.
– Todos los medios deberían ser dirigidos a mí-dije-. Yo me ocuparé de los medios, y la mejor manera de ocuparse es no hacerles caso.
– Pero hemos de decir algo para defenderle -dijo Dobbs.
– No, no hemos de decir nada. Hablar del caso lo legitima. Si entras en un juego de hablar con los medios, mantienes la historia viva. La información es oxígeno. Sin oxígeno se apaga. Por lo que a mí respecta, dejemos que se apague. O al menos esperemos hasta que sea imposible evitarlos. Si eso ocurre, sólo una persona hablará por Louis. Yo.
Dobbs asintió a regañadientes. Yo señalé a Roulet con el dedo.
– Bajo ninguna circunstancia hable con un periodista, ni siquiera para negar las acusaciones. Si contactan con usted, me los envía. ¿Entendido?
– Entendido.
– Bien.
Decidí que habíamos dicho suficiente para una primera reunión. Me levanté.
– Louis, ahora le llevaré a casa.
Pero Dobbs no iba a soltar a su cliente tan fácilmente.
– De hecho, la madre de Louis me ha invitado a cenar -dijo-. Así que lo llevaré yo, porque voy allí.
Di mi aprobación con un asentimiento. Al parecer al defensor penal nunca lo invita nadie a cenar.
– Bien -dije-. Pero nos reuniremos allí. Quiero que Raúl vea su casa y Louis ha de darme ese cheque del que hablamos antes.
Si creían que me había olvidado del dinero, no me conocían en absoluto. Dobbs miró a Roulet y obtuvo un gesto de asentimiento. El abogado de la familia me miró mí.
– Parece un plan -dijo-. Nos reuniremos allí.
Al cabo de quince minutos, estaba en la parte de atrás del Lincoln con Levin. Seguíamos a un Mercedes plateado que llevaba a Dobbs y Roulet. Yo estaba hablando por teléfono con Lorna. El único mensaje de importancia era de la fiscal de Gloria Dayton, Leslie Faire. El mensaje era que trato hecho.
– Bien -dijo Levin cuando cerré el teléfono-. ¿Qué opinas?
– Opino que podemos ganar un montón de dinero con este caso y que vamos a cobrar el primer plazo. Lamento arrastrarte hasta ahí. No quería que pareciera que sólo se trataba del cheque.
Levin asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Al cabo de unos segundos, continué.
– Todavía no sé qué pensar -dije-. Lo que ocurriera en ese apartamento ocurrió deprisa. Eso es un alivio para nosotros. No hubo violación, no hay ADN. Eso nos da un brillo de esperanza.