Antihielo [Anti-Ice - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1998
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-8824-5
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Antihielo [Anti-Ice - es]». Краткое содержание книги:
El antihielo, como no podía ser de otra manera, es empleado en la campaña de Crimea, pero también se revela útil en otras aventuras del espíritu humano que, a priori, parecen menos. sangrientas. En la Nueva Gran Exposición de Manchester de 1870, un joven agregado del Foreing Office descubrirá el inmenso poder del antihielo y, junto al visionario sir Josiah Traveller, tendrá que enfrentarse a un inesperado y decimonónico viaje espacial a la Luna.
Stephen Baxter, la nueva y gran estrella de la ciencia ficción británica, es considerado el sucesor de Arthur C. Clarke y un igual de Isaac Asimov y Robert A. Heinlein. Sus homenajes a Herbert G. Wells (Las naves del tiempo) y a Julio Verne (Antihielo) son un verdadero tour de force de la mejor ciencia ficción.
Las placas de vidrio ofrecían una magnífica vista del plano paisaje belga. La luz del sol, distribuida en el espectro y en reflejos por el vidrio, llenaba la cámara de una iluminación acuosa, y se percibía el olor agradable del metal bien torneado, de la madera y el aceite.
Por medio de una escotilla con rueda situada en el piso, el perfil de platino de Traveller me miraba.
—Venga aquí, joven Wickers —soltó.
Repliqué con cortesía, pero dije que prefería esperar unos segundos. Me incliné sobre la entrada, estudiando los distintos instrumentos. En unos segundos la escalera de cuerda comenzó a agitarse, y finalmente la cara de Pocket, ahora del color de la mantequilla rancia, apareció sobre la jamba de metal.
Le ofrecí la mano. Pocket la agarró agradecido y se metió en el acogedor interior de la nave. Durante unos segundos permaneció inclinado sobre sí mismo, las manos colgándole a los lados; luego enderezó los hombros, se alisó la chaqueta, y fue una vez más la perfecta imagen del sirviente.
Me indicó la escotilla al nivel inferior.
—Si desea proceder, señor —dijo suavemente.
Le di las gracias y continué.
El carruaje transatmosférico Faetón estaba dividido en tres niveles. Arriba del todo estaba el Puente, el nombre que daba Traveller a la cámara con bóveda de vidrio por la que había entrado en la nave. El nivel más inferior, como de siete pies de alto, era la Cámara de Propulsión. Y atrapada entre el Puente y la Cámara de Propulsión, y ocupando la gran mayoría del volumen de la nave, estaba la Cabina de Fumar.
Del Puente bajé a la Cabina de Fumar por medio de una pequeña escalera de madera. Me encontré en una cámara cilíndrica de unos ocho pies de alto y doce de diámetro. El suelo estaba cubierto por hule con alfombras turcas por encima —noté que estaban fijas en su sitio por medio de ganchos y ojales— mientras que paredes y techo estaban cubiertos por piel acolchada, sujeta por tachuelas de latón en una disposición formando diamantes. Un conjunto de grabados con escenas de caza inglesa colgaba de las paredes por medio de más tachuelas de latón. La luz entraba a chorros en la cabina a través de pequeñas portillas redondas; las portillas atravesaban paredes de como un pie de espesor. Traveller y Holden estaban esperándome de pie, con inmensas copas de brandy acunadas entre las manos, con aspecto de estar tan cómodos como si se encontrasen en el saloncito privado de un club londinense. Traveller parecía perdido en sus pensamientos y sus ojos vagaban ligeramente sobre el cuero que cubría la cámara. Había colgado el sombrero de un gancho en la pared; sólo unos pocos mechones de pelo gris se desparramaban sobre su calva como un desierto. Pero su apariencia seguía siendo impresionante; la forma de su cabeza era hermosa y poderosa, con un cráneo inusualmente grande que complementaba los rasgos refinados de su rostro.
Holden me sonrió burlón, parecía que todo su cuerpo y rostro brillaban de satisfacción.
—Lo dicho, Vicars. Qué excursión tan maravillosa. ¿Eh?
No podía sino estar de acuerdo.
Podría suponerse que esa Cabina de Fumar estaría muy abarrotada. Pero era bastante brillante y contenía sólo una pieza de mobiliario, una pequeña mesa de nogal fijada al suelo en el centro de la habitación; unido a la mesa por medio de remaches de cobre había una cúpula de vidrio, y dentro de la cúpula había un hermoso modelo de un barco que reconocí como la obra maestra de vapor de Brunel, el Gran Oriental. Cada elemento, cada detalle de las ruedas de paletas había sido reproducido por el artesano en madera y plomo.
La cabina parecía muy grande y ventilada, incluso después de que Pocket cerrase la escotilla del techo tras él. Recuerdo haber observado tranquilamente cómo la luz del sol quedaba excluida por ese simple gesto. Si hubiese sabido cuánto tiempo pasaría antes de poder respirar de nuevo aire fresco, seguro que habría empujado a un lado al pobre Pocket y forzado la apertura de la compuerta…
Mirando las paredes desnudas de la cabina, empecé a preguntarme de dónde había venido el brandy de Holden. Quizá después de todo Traveller fuese alguna especie de mago. Holden me pilló mirando su copa y dijo alegre:
—No se preocupe, Vicars; como la hermosa mademoiselle Michelet, hay más cosas en esta pequeña cámara compacta de lo que parece.
Esas palabras parecieron sacar a Traveller de su ensueño.
—¿Quién demonios es usted?… Oh, sí… Wickers. Bien, sírvale, Pocket.
El paciente sirviente se acercó a una pared, golpeó suavemente una tachuela de latón situada a unos tres pies del suelo… y para mi sorpresa, un panel de dos pies de largo se abrió, revelando un bar bien equipado situado en el interior de la piel de la nave. Holden sonrió burlón, observando mi reacción.
—¿No es maravilloso? Toda la nave es como un juguete maravilloso, Wickers… eh, Vicars.
El bar tenía su propia luz interior, una pequeña lámpara de acetileno. Decidí que el ingenio de Traveller habría hecho que esa pequeña lámpara se encendiese al abrir el panel. Notaba ahora que había otras lámparas de acetileno situadas a intervalos alrededor de la cabina.
Pocket extrajo una pequeña bandeja y otra copa conteniendo una buena medida de brandy.
Traveller tomó un sorbo de licor, dejándolo en el paladar durante unos segundos antes de tragarlo.
—La sustancia de la vida —dijo finalmente.
Me llevé la copa a la nariz; ricos aromas me llenaron la cabeza antes de tomar algunas gotas en la lengua; y no podía sino estar de acuerdo con el veredicto de nuestro anfitrión.
Pocket cerró el pequeño bar, y la habitación quedó una vez más completa; luego, de forma extraordinaria, el sirviente se fundió con el fondo hasta tal punto que en unos momentos había olvidado virtualmente que estuviese allí.
—Bien —dijo Holden—, ¿por qué el nombre Faetón?
—¿No conoce los clásicos, caballero? —Traveller golpeó una tachuela de la pared con el puño, y un panel cayó para formar una silla tapizada con un terciopelo suntuoso y bien relleno. Dos pequeñas patas cayeron también del asiento al suelo, y Traveller se sentó y cruzó las piernas, con aspecto de estar muy cómodo. Luego se sacó una caja del bolsillo del abrigo y cogió un pequeño cigarro negro de aspecto arrugado. En segundos la cabina se llenó de ásperas nubes de humo azul; los penachos se doblaban en lo alto, conducidos sin duda por algún mecanismo de bombeo hacia las discretas rejillas.
Le murmuré a Holden:
—Turco, si no me equivoco. Uno podría casi envidiarle a sir Josiah su nariz de platino.
—Bien, señor Wickers —tronó Traveller—, sus estudios puede que no hayan sido superiores a los de su amigo, pero supongo que habrán sido más recientes. Cuéntenos quién era Faetón.
El inestimable Pocket se movía discretamente por la cabina bajando más sillas ocultas, y mientras lo hacía yo rebusqué esperanzado por mi memoria vacía.
—Faetón? Ah… ¿Fue el tipo que voló demasiado cerca del sol?
Traveller resopló disgustado, pero Holden dijo suavemente:
—Su recuerdo está cerca, Ned. A Faetón, hijo de Helios y Clímene, se le permitió conducir el Carro del Sol por un día. Pero me temo que fue atravesado por un rayo de Júpiter.
—Pobre tipo. ¿Por qué razón?