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La torre de cristal [Tower of Glass - es]

Электронная книга - «La torre de cristal [Tower of Glass - es]». Краткое содержание книги:

Simeon Krug, un poderoso industrial que construyó su imperio con la creación y producción en serie de androides, está empleando todos sus recursos en erigir una gigantesca torre de cristal destinada a contestar un mensaje ininteligible proveniente de las estrellas. Los androides, seres humanos concebidos artificialmente, han desarrollado una compleja religión centrada en la figura de su creador, esperando de él la redención que les otorgue los mismos derechos que los seres humanos normales. Pero Simeon Krug no está interesado en las aspiraciones de sus creaciones, y la marea de las fuerzas sociales que se desata resulta incontenible.
Una de las novelas más apasionantes de la época dorada de Robert Silverberg, en “La torre de cristal” se muestran nuevamente las soberbias dotes del autor para la caracterización de sus personajes, entrando sin esfuerzo aparente en lo más recóndito de sus motivaciones.
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—Me dijeron…

Tembloroso, derrotado, Spaulding ocultó el rostro.

—¡Idiota!

—Fue un error —intervino Vigilante con voz vacía—. Una desgraciada coincidencia. El informe que nos dieron…

—Basta —dijo Krug—. Hay una androide muerta. Aceptaré la responsabilidad. Dijo que pertenecía a la General Transmat de Labrador. Spaulding, ponte en contacto con sus abogados y… no, déjalo, no estás en condiciones de hacer nada. ¡Vigilante! Avisa a nuestro departamento legal que Transmat de Labrador puede emprender acción legal contra nosotros por destrucción de una androide. Aceptamos las responsabilidades y la compensación que fijen. Di a los abogados que actúen como sea necesario. Luego, que alguien haga unas declaraciones a la prensa. Lamentable accidente, ese tipo de cosas. Nada de matices políticos, ¿comprendido?

—¿Qué debo hacer con el cuerpo?—preguntó Vigilante—. ¿Procedimiento regular?

—El cuerpo pertenece a Transmat de Labrador —dijo Krug—. Congélalo y reténlo hasta que lo reclamen. —Luego se dirigió a Spaulding y añadió—: Levántate. Me esperan en Nueva York, y tú vienes conmigo.

13

Mientras caminaba hacia el centro de control, Vigilante tuvo que repetir dos veces todo el rito de Equilibrio Anímico antes de que el aturdimiento cediera. El terrible resultado de su estratagema aún le turbaba el espíritu.

Cuando llegó a su despacho, Vigilante hizo ocho veces seguidas el signo de Alabado-sea-Krug, y recitó la mitad de la secuencia de trios. Estas devociones, aparentemente, le calmaron. Llamó a San Francisco, a las oficinas de Fearon Dohney, los principales consejeros de Krug en casos de demandas. El rostro de Lou Fearon, el hermano menor del senador eliminacionista, apareció en la pantalla, y Vigilante le contó la historia.

—¿Por qué disparó Spaulding?—quiso saber Fearon.

—Histeria. Estupidez. Nerviosismo.

—¿Krug no le ordenó disparar?

—En absoluto. El rayo no alcanzó al mismo Krug por un metro. Y la situación no le hacia correr peligro.

—¿Testigos?

—Niccolo Vargas, yo mismo y el otro alfa del PIA. Además de varios betas y gammas que estaban mirando. ¿Debo conseguir sus nombres?

—Olvídalo —respondió el abogado—. Ya sabes lo poco que vale el testimonio de un alfa. ¿Dónde está Vargas ahora?

—Sigue aquí. Creo que pronto se marchará a su observatorio.

—Dile que me llame más tarde. Iré en transmat para tomarle declaración. En cuanto a ese alfa…

—No se moleste por él —aconsejó Vigilante.

—¿Y eso?

—Es un fanático político. Intentará sacar partido de esto. Es mejor mantenerlo al margen del caso.

—Es un testigo —dijo Vargas—. Tendrá que declarar. Ya buscaré alguna manera de neutralizarlo. ¿Sabes a quién pertenece?

—A Protección de la Propiedad de Buenos Aires.

—Hemos trabajado para ellos. Haré que Joe Doheny les llame y lo compre para Krug. Si Krug es su dueño, no podrá ocasionarle problemas…

—No —le interrumpió Vigilante—. No es buena idea. Me sorprende usted, Lou.

—¿Por qué?

—Este alfa es un hombre del PIA, ¿no? Y está muy sensibilizado en el tema de los androides como propiedades. Hemos matado a su compañera sin previo aviso, y encima intentamos comprarlo para que no hable. ¿Qué le parece eso? En cuanto hiciera unas declaraciones a la prensa, le habríamos ayudado a conseguir diez millones de nuevos miembros para su partido.

Fearon asintió débilmente.

—Por supuesto. Por supuesto. Muy bien, Thor, ¿cómo lo manejarías tú?

—Deja que hable con él —respondió Vigilante—. De androide a androide. Encontraré la manera de comunicarme.

—Eso espero. Entretanto, yo llamaré a Transmat de Labrador, y averiguaré cuánto piden en concepto de daños por la pérdida de su chica alfa. Lo arreglaremos de prisa. Dile a Krug que no se preocupe: la semana que viene a estas horas será como si no hubiera ocurrido nada.

“Excepto por el hecho de que ha muerto una alfa”, pensó Vigilante al tiempo que cortaba la comunicación.

Salió al exterior. Ahora nevaba más. Equipos de devoradores de nieve, funcionando eficazmente, mantenían limpia toda la zona, a excepción de un círculo de unos cincuenta metros de diámetro, en cuyo centro yacía el cuerpo de Casandra Núcleo.

Lo esquivaban cuidadosamente. Una ligera capa de nieve cubría ahora el cadáver. Al lado, inmóvil, con los hombros cubiertos de copos blancos, estaba Sigfrido Archivista. Vigilante se dirigió hacia él.

—Se está notificando a su propietario —dijo—. Haré que unos gammas la lleven al almacén hasta que sea reclamada.

—Déjala aquí —ordenó Archivista.

—¿Qué?

—Aquí mismo, donde cayó. Quiero que todos los androides que trabajan aquí vean su cuerpo. Oír hablar de un asesinato como éste, no es suficiente. ¡Quiero que lo vean!

Vigilante miró a la alfa muerta. Archivista le había abierto el vestido; tenía los pechos desnudos, y el camino del rayo de la aguja era claramente visible entre ellos. Le había abierto una ventana en el pecho.

—No debería estar aquí, tendida en la nieve —dijo.

Archivista apretó los labios.

—¡Quiero que lo vean! ¡Ha sido una ejecución, Vigilante! ¡Una ejecución política!

—No digas disparates.

—Krug llamó a su pistolero e hizo que la matara por el crimen de buscar su apoyo. Los dos lo vimos. Ella no representaba ninguna amenaza para Krug. En su entusiasmo, se acercó demasiado a él mientras le explicaba nuestros puntos de vista, eso es todo. Pero Krug ordenó que la mataran.

—Una interpretación irracional —dijo Vigilante—. Krug no tenía nada que ganar con su eliminación. Para él, el Partido para la Igualdad de los Androides es sólo una molestia, no una amenaza. Si tuviera algún motivo para matar a gente del PIA, ¿por qué te habría dejado vivo a ti? Otro disparo rápido, y estarías igual que ella.

—Entonces, ¿por qué la mataron?

—Un error —explicó Vigilante—. El asesino era el secretario privado de Krug. Se le había informado de que alguien intentaba atentar contra su vida. Cuando llegó aquí, la vio forcejeando con Krug. Parecía que luchaban. Yo lo vi desde el mismo lugar que él. Así que disparó sin titubear.

—Aun así —insistió Archivista—, podría haber apuntado a una pierna. Evidentemente, es un buen tirador. Mató en vez de herir. Le agujereó el pecho con mucha habilidad. ¿Por qué? ¿Por qué?

—Un fallo de personalidad. Es un ectógeno. Tiene fuertes prejuicios antiandroides. Unos momentos antes, otros androides y yo habíamos tenido un enfrentamiento muy tenso con él, y se sentía humillado. Por regla general, está lleno de resentimiento. Esta vez, el resentimiento estalló. Cuando descubrió que el “asesino” era un androide, disparó a matar.

—Ya veo.

—Fue su decisión personal, Krug no le ordenó disparar, y mucho menos disparar a matar.

El Archivista se quitó la nieve de la cara.

—Bien, entonces, ¿qué se hará para castigar a ese criminal ectógeno?

—Krug le reprenderá con severidad.

—Hablo de castigo legal. La condena por asesinato es borrado de la personalidad, ¿no?

Vigilante suspiró.

—Por matar a un ser humano, sí. El ectógeno no hizo más que destruir una propiedad perteneciente a la General Transmat de Labrador. Delito civil, no criminal. Transmat de Labrador exigirá compensaciones en los tribunales, y Krug ya ha admitido su culpa. Pagará todo su valor.

—¡Su valor! ¡Su valor! ¡Delito civil! ¡Krug pagará! ¿Y qué pagará el asesino? Nada. Nada. Ni siquiera se le acusará. ¿De verdad eres un androide, Alfa Vigilante?

—Puedes consultar mis informes de cuba cuando quieras.

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