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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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—¿Eres una esposa fiel, Celia?

No dijo nada durante un rato. Nos limitamos a seguir de pie mirándonos el uno al otro. Veía gotitas de lluvia en su cara como gotas de sudor o lágrimas y el vendaval que la despeinaba. Celia se sacudía a cada ráfaga de viento, como si temblara.

—Lo he sido —contestó por fin.

—Bien, yo…

Me detuvo, levantando una mano hacia mi boca y negando con la cabeza. Miró detrás de mí, hacía el ventanal todavía abierto.

—Mi marido es… —empezó a decir, pero se detuvo. Chasqueó la lengua, miró abajo, luego a un lado, y se pellizcó el labio inferior con los dedos de la mano derecha. Volvió a levantar la vista hacia mí—. Una vez se me ocurrió que si llegaba a odiar a alguien de verdad, de verdad, le haría el amor y me encargaría de que mi marido se enterara. Pero solo si odiara mucho a ese individuo y quisiera verlo muerto o quizá creyera que él preferiría estar muerto.

Arqueé las cejas.

—La puta —dije razonablemente. No parecía estar de broma—. Tu marido es, ah, bueno, celoso.

—No sabes cómo se llama.

—Ah —dije avergonzado. Me di unos golpecitos en la sien—. ¿No era Merry…?

—Merrial. John Merrial.

Sacudí la cabeza.

—Lo siento —dije—. No me suena de nada.

—Pues debería sonarte, creo.

—Bueno, me llevas ventaja.

Celia asintió despacio, con solemnidad.

—Me gustaría volver a verte, si te apetece. —El viento casi ahogó su voz.

—Sí, me gustaría. —Pensé: Todavía no la he tocado, ni besado, ni nada. Nada.

—Sin embargo, debes saber que si vamos a vernos tendrá que ser de manera esporádica y secreta. Podría parecer… casual —dijo volviendo a fruncir el ceño, como si no estuviera explicándose como quería—. Pero no lo sería. No podría serlo. Sería… —sacudió la cabeza— significativo. No algo en lo que embarcarse a la ligera. —Sonrió—. Me ha quedado muy formal, ¿no?

—Me han hecho proposiciones más románticas.

Avancé lentamente y estiré los brazos hacia Celia. Ella se puso de puntillas, alzando la cabeza y echándola hacia atrás, cogiéndome la cara con las manos y ofreciéndome su boca abierta mientras el viento golpeaba y empujaba y nos zarandeaba y la lluvia sembraba las ráfagas a modo de suave y fría metralla tormentosa.

Esa noche Jo había ido a una juerga por todo lo alto en Ice House. Llegó borracha media hora después que yo, bajando a tumbos la escalerilla del Bella del templo con una sonrisa y oliendo a tabaco. Se rió y empezó a hacerme cosquillas, luego me besó y acabamos en la cama.

A veces tenía un modo preferido de que la follara cuando estaba borracha; tumbada de espaldas, vestida solo con una camiseta levantada por encima de la cabeza y con los brazos atrapados dentro dibujando una especie de cuadro, con la cara oculta por el algodón negro mientras chillaba y se desgañitaba como una niña salvaje, calentorra y malhablada, dentro de aquel negativo carnal de un burka.

—¿John Merrial? ¿El señor Merrial? —dijo Ed—. Es un gángster, tío.

—¿Es qué?

—Un puto gángster, te lo digo yo. Un capo del crimen. Como quieras decirlo. Sí; capo es mejor. A ver, te digo esto, pero es posible que en la actualidad no esté demasiado metido en el asunto. Se ha pasado a lo legal. Como en la segunda parte de El Padrino, cuando hablan de que pronto serán legales del todo, hacia finales de año o así, ¿verdad? Algo parecido. Claro que por otro lado se gana más con las drogas, los refugiados, los coches, los delitos informáticos y esas cosas.

—¿Delitos informáticos?

—Sí. Ya sabes: fraudes. Debe de ser difícil renunciar a ese tipo de actividad y dejársela a otros. Es hasta cuestión de orgullo, imagino. Probablemente. ¿Por qué? —Ed tenía una mirada desenfrenada—. Coño, Ken, ¿no estarás pensando en ir con el soplo de alguna cosa horrible del colega, verdad? Dime que no, coño. En serio, tío. Yo no me metería con esa gente, ¿entiendes?

—No pensaba decir nada del tipo —contesté con total sinceridad—. Simplemente me lo encontré la otra noche en una fiesta y alguien me dijo quién era sin decírmelo y pensé en preguntarlo. No tenía idea de que fuera un cruce entre los hermanos Kray y el puto Al Capone.

—Bueno, pues lo es. Déjalo en paz.

—Si lo estoy dejando en paz.

Estábamos en el coche nuevo de Ed; un Hummer negro con lunas tintadas. En comparación, mi Land Rover parecía un 2CV. Conducíamos por las calles del sur de Londres de camino a un concierto en un antiguo cine de Beckenham. Ed estaba decidido a convertirme en DJ de discoteca, o al menos a enseñarme las complejidades de conseguir que dos trozos de plástico giren a diferentes velocidades de modo que las melodías que contienen suenen como si estuvieran a las mismas revoluciones.

—Y bueno, ¿qué clase de fiesta era esa en la que coincidisteis?

—De nuestro Querido Propietario. Sir Jamie. Una de sus fiestas de cumpleaños.

—¿Qué? ¿Es que tiene más de una, como la reina? ¿Un cumpleaños oficial y el de verdad? ¿De qué va?

—Solo celebra un cumpleaños, pero muchas fiestas. Creo que yo he ido a la segunda velada más exclusiva.

Nos paramos a causa de un autobús que cargaba pasajeros en una parada, por un lado, y el tráfico que venía en sentido contrario, por el otro. De hecho, quedaba un hueco considerable en el que podrías haberte metido sin problemas con un coche normal, o incluso con una furgoneta Transit (el Landy se habría colado con las dos portezuelas abiertas), pero probablemente Ed acertaba pecando de exceso de precaución, sobre todo porque el coche llevaba el volante a la izquierda. Detrás se oyó un bocinazo.

—Hostia, Ed —dije mirando la parte posterior del autobús a nuestra izquierda y el exceso de capó del Hummer—. Este trasto es más ancho que un autobús londinense.

—Sí. Rudo, ¿eh?

—¿Rudo?

—Ajá. Perverso, ¿verdad?

Di una palmada en el túnel de transmisión. Era una caja alta forrada de piel negra situada entre Ed y yo del tamaño aproximado de una nevera con congelador; me hubiese creído que llevaba un Mini debajo. Si Ed hubiese sido más bajo habría tenido que levantarme del asiento para asegurarme de que iba sentado al volante.

—¿De qué coño vas con ese dialecto de mierda?

—¿Qué? —preguntó Ed con inocencia.

Seguíamos sin avanzar. Se oyó otra vez el bocinazo de detrás. No sabía quién lo tocaba, pero era un valiente. Si yo me hubiera quedado atascado detrás de un Hummer no lo habría hecho; habría tenido demasiado miedo a que el cabrón metiera la marcha atrás y me pasara por encima.

—Si rudo significa bueno —dije indignado— y perverso es bueno, entonces malo significa bueno. A ver, me doy cuenta de que aquí influyen el esclavismo y siglos de opresión, pero ¿tienes que cargárselo al idioma?

—No, tío —contestó Ed avanzando por fin cuando el autobús arrancó—. Profundizas tanto en el concepto, en el significado, que sales por el otro lado. ¿Me explico?

Le miré.

—¿Qué? —preguntó.

—Culpa mía —dije agitando una mano y mirando a lo lejos— Mira que soy tonto. Ni siquiera me había dado cuenta de que los significados tienen lados por los que se puede salir. Me está bien empleado por prescindir de la educación universitaria. Así aprenderé. O no, como es el caso.

—De eso trata el lenguaje, ¿no? De comunicación.

—Y que lo digas. Pero si la gente hace que las palabras signifiquen lo contrario a…

—Pero todo el mundo entiende lo que quieren decir en realidad, ¿no?

—¿Ah, sí?

—Claro que sí. Es cuestión del contexto, ¿no?

—Un momento, la primera vez que alguien dijo malo cuando quería decir bueno, ¿cómo coño iban a saber lo que quería decir?

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