Esperadme en el cielo
- Автор: Torres Maruja
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Esperadme en el cielo». Краткое содержание книги:
Un cuento para adultos sobre la felicidad de no rendirse jamás.
La narradora y protagonista se reúne en el Más Allá con sus amigos Terenci Moix y Manolo Vázquez Montalbán. Juntos pueden volver al pasado y revisitar los escenarios de su educación sentimental, así como desplazarse instantáneamente a cualquier punto que deseen.
Esperadme en el cielo es un libro gozoso con el que Maruja Torres consagra su talento de narradora haciendo un uso fascinante de la libertad de géneros.
pan a las ocas del claustro de la catedral, corrimos por los muelles y saludamos con pañuelos desplegados a los pasajeros que, en los barcos de la compañía Trasmediterránea, se dirigían a las Baleares.
Visité con Terenci las arruinadas fábricas del Poble Nou pre Juegos Olímpicos, y acaricié sus alicaídos muros, rememorando los gestos de Monica Vitti en sus paseos de película por las afueras de la ciudad industriosa, gestos que nosotros repetíamos en los tiempos en que la incomunicación, predicada por Antonioni, era sólo aquella ingenua desazón de nuestra adolescencia, también llamada angustia vital por los coetáneos cultos. Tiempos en que ignorábamos que el verdadero aislamiento -lo que siente una familia de clase media un sábado por la tarde en un centro comercial- estaba por venir.
Pisoteamos las avenidas nevadas del 62 y volvimos a llorar con el final de Esplendor en la hierba. Nos sentamos en la escalinata de la Plaça del Rei y charlamos durante horas, como si las decepciones y los fracasos y el dolor y las pérdidas no hubieran hecho mella en nosotros. Eramos los de antes, en su versión mejor. Porque habíamos aprendido a recargar los ayeres con lo que entonces parecían no poseer: sentido.
Los días que habíamos pasado por alto, los placeres que aceptamos con la ingrata inconstancia de la juventud, la dicha compartida y luego troceada a lo largo del camino -como los restos de Adonis, de Osiris- se agrupaban para recuperar su envergadura de antaño. Por el milagro del amor, ni más ni menos.
Bailamos y cantamos, Rambla arriba, Rambla abajo, haciendo sonar timbales y panderetas
Entonces le llegó el turno a Manolo, que nos arrastró a la Boquería, y allí, entre el vivaz sonido de voces y reclamos, fragor de carretillas y estruendo de mercancías amontonadas, nos convertimos en chiquillos y nos revolcamos entre los productos de la tierra y del mar. Coronas de salmonetes ciñeron nuestras sienes, revoloteamos bajo el cielo de hierro, montados en auténticos jamones de pata negra, y jugamos a las espadas blandiendo pencas de bacalao. Nos arrojamos puñados de oloroso azafrán, de irritante pimienta, tomamos las ruedas de arenques y las empujamos hacia el puerto. Los trabajadores, que no podían vernos, seguían entregados a sus tareas, colocándose de vez en cuando un lápiz en la oreja, guardando un cuadernillo pringado de aceite en el bolsillo de la bata, y deteniéndose a fumar un cigarrillo. Las pescaderas pregonaban: «Mira com tinc avui el lluç!»,yda palabra merluza adquiría en sus labios concomitancias sexuales que parecían recién escapadas de un frasco procedente de la Roma pagana.
Nos rebozamos en canela, hicimos malabaris-mos con los melocotones de viña, y su carne prieta y olorosa dibujó en el aire círculos de victoria.
Fuimos felices.
Los perros nos imitaron. ¿O éramos nosotros quienes copiábamos su desinhibido comportamiento? Sucios niños libres fuimos, por una eternidad.
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– Ni se te ocurra -advertí.
Terenci insistió:
– Me hace ilusión.
– ¿Qué pasa? -inquirió Manolo.
Se había rezagado saludando a una conocida que acostumbraba a venderle trufas blancas en el mercado, y que había cruzado el Umbral recientemente. Nos sentamos en los peldaños del puerto y materializamos unas almendras saladas en cucuruchos de papel de periódico: Diario de Barcelona, sección cartelera cinematográfica. En el Kursaal iban a estrenar El Cid.
– Éste -dije-. Quiere entrar en Alejandría por mar.
– Un plan excelente. Grandioso -asintió el otro.
– No te entusiasmes tan pronto. Aquí el autor de No digas que fue un sueño pretende que surquemos el Mediterráneo en la galera de Cleopatra, después de la batalla de Actium. Los tres vestidos de luto por la derrota y la aparente traición de Marco Antonio y, para acabarlo de coronar, velas y
telas negras envolviendo proas, popas, estribores, babores, mástiles, jarcias y aparejos. Un dramón.
– Siniestro -se apresuró a admitir Manolo-. No olvides que este viaje tiene algo de recorrido común final, al margen de que su objetivo principal sea averiguar si Adonis puede ayudar a nuestra amiga a recuperar la consciencia. Y lo de ir de duelo en Alejandría se me antoja tan extemporáneo como asistir al ocaso en Barcelona.
– Muy deprimente -abundé-. ¡Con lo bien que me ha salido este paseo por nuestra ciudad innata! El sol sigue en su esplendor, el pobre no se atreve ni a moverse, después de mi demostración de carácter.
Detrás de nosotros quedaban el monumento con la estatua de Colón y los leones. Recordé la pluma del Ángel Caído -la de sus alas- y me pregunté si la recuperaría cuando aterrizáramos en el Retiro, en un día de mañana que se dibujaba muy lejano. El mar, sucio de petróleo, y precioso de color -hay inmundicias muy resultonas- nos lamía los pies. Yo vestía aún la túnica de diosa o sacerdotisa que me había procurado para conjurar al Astro Rey, pero mis amigos continuaban desnudos. Sacudí las pieles de almendra de mi pechera y me incorporé:
– Procuraos unos atavíos lo bastante egipcios, mientras voy a echar una ojeada por el puerto, en busca de inspiración naviera. No en vano los ascendientes de mi padre poseyeron astilleros en Torrevieja, antes de que la llegada del vapor les
arruinara, condenando a sus vastagos a la inmigración.
– Esos orígenes tuyos no los conocíamos -se interesaron, a dúo.
– Una vieja historia. En la primera mitad del siglo diecinueve, mi abuela paterna fue una mujer de armas tomar, que heredó el negocio de la familia, consistente en promover en ultramar la esclavitud y el comercio. Si me queda tiempo, me gustaría escribir su historia. Mas ahora no podemos entregarnos a divagaciones autobiográficas. ¡Hemos de cuidar de que mi propia biografía termine bien!
Les dejé discutiendo sus preferencias para sus inminentes atuendos, e inicié un garbeo aéreo solitario por encima de los tinglados del puerto. Olía a salmuera y a meadas de gatos y, desde mi atalaya intangible, contemplaba la sólida a la par que airosa imagen de la virgen de la Merced, elevándose sobre la cúpula de su iglesia. La Merced, patrona de la ciudad y refugio de los pecadores y miserables de este mundo. Añoré los tiempos en que mi madre me contaba que la dama acogía bajo su manto a los menesterosos y a los perseguidos; añoré la época en que lo creía, la inocencia con que me echaba a llorar cuando mamá explicaba que cada año, durante las fiestas de la Merced, la pobre santa Eulalia, que sufrió indecibles tormentos por negarse a entregar su honra a los soldados romanos, vertía toneles de lágrimas debido a que había sido desposeída de su condición de patrona, en benefi-
cio de la otra, supongo que por el más alto rango celestial de ésta. «Por eso diluvia cada año», concluía mi progenitora, contra toda evidencia, ya que no siempre llueve en mi ciudad a finales de septiembre. Aunque quizá sí.