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En La Oscuridad

Электронная книга - «En La Oscuridad». Краткое содержание книги:

Edimburgo está a punto de convertirse, al cabo de casi tres siglos, en anfitriona del primer Parlamento escocés, un hito histórico y político que enciende pasiones. El inspector Rebus ha sido destinado al comité de enlace de seguridad del Parlamento, en Queensberry House, centro mismo del distrito de la comisaría de St. Leonard. De Queensberry House, futura sede del gobierno de la nueva Escocia, perdura la maldición de una leyenda, una maldición que según algunos recaerá sobre los nuevos inquilinos.Los problemas empiezan cuando, en la antigua chimenea donde de acuerdo con la leyenda murió asado un joven, aparece el cadáver de Roddy Grieve,candidato a un escaño en el nuevo Parlamento.
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– ¿Y la esposa del señor Grieve?

– ¿Cuál?

– Roddy.

– Sí, ¿pero cuál de las dos?

Rebus quedó perplejo un instante.

– La primera no le duró mucho -contestó Josephine Banks cruzando las piernas-. Fue un amorío adolescente.

Rebus dio la vuelta al bolígrafo y abrió el bloc de notas.

– ¿Cómo se llamaba?

– Billie -dijo ella deletreándolo-. Su apellido de soltera es Collins, aunque no sé si ha vuelto a casarse.

– ¿Sigue viviendo en Edimburgo?

– Lo último que yo supe es que daba clases en algún lugar de Fife.

– ¿La conoce personalmente?

– Oh, no; ella ya no vivía aquí desde hacía tiempo cuando yo conocí a Roddy -respondió mirándole-. ¿Sabe que tienen un hijo?

Nadie de la familia lo había mencionado y Rebus negó con la cabeza para decepción de Banks.

– Se llama Peter y utiliza el apellido de Grief. ¿Le suena?

– ¿Por qué lo dice? -preguntó Rebus, que seguía tomando nota de todo.

Ella se encogió de hombros.

– Porque forma parte del grupo musical Robinson Crusoe.

– No me suena.

– Quizá a sus colegas más jóvenes, sí.

– ¡Ay! -exclamó Rebus con gesto de dolor haciendo que ella sonriera.

– Pero para ellos Peter es inaceptable.

– ¿Por lo que hace?

– Oh, no, no es por eso. Yo creo que a su abuela le encanta tener una estrella pop en la familia.

– ¿Por qué, entonces?

– Porque eligió vivir en Glasgow -hizo una pausa-. Pero usted sí que ha hablado con la familia, ¿no? -Rebus asintió con la cabeza-. Es que pensaba que Hugh se lo habría dicho.

– Bueno, en realidad con el señor Cordover aún no he hablado. Es el productor del grupo, ¿verdad?

– Es su representante. Dios mío, ¿es que tengo que decirle yo todo? A Hugh le encantan esos grupos jóvenes de ahora, ¿sabe? Vain Shadows, Change and Decay… -añadió sonriendo al ver que Rebus no los conocía.

– Me informaré con alguno de mis colegas jóvenes -dijo él y ella se echó a reír.

Fue a la cantina a por dos cafés. La hamburguesa se le había indigestado y pasó por su mesa para tomarse dos Rennies. En otra época era capaz de comer lo que fuese a cualquier hora del día, pero ahora parecía que su estómago se hubiese tomado la jubilación anticipada. Cogió el teléfono y llamó a Lorna Grieve, cavilando en que hasta entonces Josephine Banks no había mencionado a Seona Grieve; se las había arreglado para omitirla totalmente en la conversación sacando a colación a la primera esposa de Grieve, Billie Collins. En casa de los Cordover no contestaban. Volvió al cuarto de interrogatorios con los cafés.

– Tenga, señorita Banks.

– Gracias -la encontró en la misma postura como si no se hubiera movido mientras él estaba fuera-. Me he estado preguntando -dijo ella- cuándo va a interrogarme. Quiero decir que todo lo que hemos hablado son simples circunloquios en torno a lo otro, ¿no?

– No la sigo -dijo Rebus sacando el bloc y el bolígrafo del bolsillo y dejándolos en la mesa.

– Lo de Roddy y yo -dijo ella inclinándose-. Nuestra relación. ¿Entramos ya en eso? -Rebus dijo que sí y cogió el bolígrafo.

– Es lo que pasa en la política -dijo ella haciendo una pausa-. Bueno, realmente en cualquier profesión en que trabajan dos personas juntas -añadió dando un sorbo al café-. Un político no es nada sin chismorreos. Yo creo que es

por falta de carácter, pues hablar mal de los demás resulta facilísimo.

– Entonces, ¿esa relación era inexistente?

Ella le miró sonriente.

– ¿Es esa la impresión que le he dado? Habría debido decir la supuesta relación -añadió inclinando levemente la cabeza como disculpándose-. ¿No estaba usted al corriente?

Rebus negó con un gesto.

– Yo pensaba que con tanto interrogatorio le habrían… -dijo irguiéndose en el asiento-. Bueno, tal vez yo los juzgaba mal.

– La verdad es que es usted la primera persona a quien interrogamos.

– Pero habrá hablado con el clan.

– ¿Se refiere a la familia Grieve?

– Sí.

– ¿Ellos sí lo saben?

– Lo sabe Seona y supongo que no se lo habrá callado.

– ¿El señor Grieve se lo contó a ella?

Ella volvió a sonreír.

– ¿Por qué iba a contárselo? Era un simple infundio. Si alguien dice algo malo de usted, ¿se lo contaría a su esposa?

– Bien, ¿cómo lo supo la señora Grieve?

– Por el medio habituaclass="underline" el viejo amigo Anónimo.

– ¿Por carta?

– Sí.

– ¿Una sola carta?

– Pregúntele a ella -respondió Banks dejando el vaso en la mesa-. Está deseando fumar un cigarrillo, ¿verdad? -Rebus se la quedó mirando y ella señaló con la cabeza el bolígrafo que él tenía a la altura de la boca-. No para de hacer ese gesto y ojalá no lo hiciera -añadió.

– ¿Por qué motivo?

– Porque yo también estoy rabiando por fumar.

En Saint Leonard sólo se podía fumar en el aparcamiento trasero y como allí no se permitía el paso al público, se situaron en la acera de enfrente a satisfacer su vicio moviendo los pies para calentarse.

Cuando Rebus casi había terminado el cigarrillo, quizá para alargarlo y apurar la colilla le preguntó si sabía quién era el autor de la carta.

– Ni la menor idea.

– Tuvo que ser alguien que les conocía a los dos.

– Sí, claro. Yo me imagino que sería alguien del partido en Edimburgo. O quizá algún resentido de los relegados en el nombramiento. En ocasiones el proceso de selección de candidatos ha sido muy reñido.

– ¿Ah, sí?

– Es por la pugna entre el laborismo histórico y el nuevo que da lugar a que se revivan viejos agravios.

– ¿Quién era el adversario del señor Grieve?

– Eran tres. Gwen Mollison, Archie Ure y Sara Bone.

– ¿Fue una lucha limpia?

Josephine Banks exhaló una mezcla de humo y aliento frío.

– Dentro de lo que cabe, sí. Quiero decir que no hubo jugarretas.

Algo en el tono en que lo decía le impulsó a Rebus a preguntar:

– ¿Pero?

– Cuando se supo que el elegido era Roddy hubo cierto malestar. Sobre todo por parte de Ure. Lo habrá leído en la prensa.

– Únicamente si hubiese aparecido en la sección de deportes.

– ¿Usted va a votar? -preguntó ella mirándole.

Rebus se encogió de hombros y miró lo poco que quedaba del pitillo.

– ¿Por qué se molestó tanto Archie Ure?

– Archie está hace siglos en el partido laborista y es partidario de la autonomía. Y resulta que aparece Roddy y le arrebata en sus propias narices lo que él consideraba un derecho hereditario. Dígame, ¿votó usted en el setenta y nueve?

El 1 de marzo de 1979: fecha del fallido referéndum por la autonomía.

– Ya no me acuerdo -mintió.

– No votó, ¿verdad? -preguntó ella y vio que se encogía de hombros-. ¿Y por qué?

– No fui el único.

– Se lo pregunto por curiosidad, porque hizo muy mal día y a lo mejor se valió de la excusa de que nevaba.

– ¿Me está tomando el pelo, señorita Banks?

– No me atrevería, inspector -respondió ella tirando la colilla.

1979

Recordaba a Rhona, su mujer por aquel entonces, con el rollo de pegatinas «vota sí» que él se encontraba en la chaqueta, en el parabrisas del coche y hasta en la petaca que a veces se llevaba a la comisaría. Fue un invierno crudo; nublado y frío y con muchas huelgas. El invierno de la protesta como decían los periódicos, y no era para menos. Su hija, Sammy, tenía cuatro años. Cuando Rhona y él discutían lo hacían en voz baja para no despertar a la pequeña. Su trabajo era un problema y le parecían insuficientes las veinticuatro horas del día. Hacía poco que Rhona había iniciado su militancia política colaborando en la campaña a favor del Partido Nacionalista Escocés. Para ella la autonomía era un paso hacia la independencia, pero para Jim Callaghan y su gobierno laborista era el modo de… Rebus nunca lo supo con certeza. ¿Frenar el nacionalismo? ¿O frenar a la propia Escocia? ¿Se proponían reforzar la Unión?

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