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Электронная книга - «Las sirenas de Bagdad». Краткое содержание книги:

Un joven estudiante iraquí, mientras aguarda en el bullicioso Beirut el momento para saldar sus cuentas con el mundo, recuerda cómo la guerra le obligó a dejar sus estudios en Bagdad y regresar a su pueblo, Kafr Karam, un apacible lugar al que sólo las discusiones de café perturbaban el tedio cotidiano hasta que la guerra llamó a sus puertas. La muerte de un discapacitado mental, un misil que cae fatídicamente en los festejos de una boda y la humillación que sufre su padre durante el registro de su hogar por tropas norteamericanas impulsan al joven estudiante a vengar el deshonor. En Bagdad, deambula por una capital sumida en la ruina, la corrupción y una inseguridad ciudadana que no perdona ni a las mezquitas.
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– Tengo que irme de aquí -dije.

Kadem me miró, pasmado.

– ¿Dónde quieres ir?

– A Bagdad.

– ¿Para hacer qué?

– En la vida hay algo más que la música.

Ladeó la cabeza y meditó mis palabras.

No llevaba nada puesto, aparte de una camiseta desgastada y un viejo pantalón de pijama. También iba descalzo.

– ¿Me puedes hacer un favor, Kadem?

– Depende…

– Necesito recuperar algunas cosas de mi casa.

– ¿Y dónde está el problema?

– El problema está en que no puedo regresar a mi casa.

Frunció el ceño.

– ¿Por qué?

– Es así, y ya está. ¿Quieres ir a buscar mis cosas? Bahia sabrá qué meter en mi bolsa. Dile que voy a Bagdad, a casa de nuestra hermana Farah.

– No entiendo. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no quieres regresar a tu casa?

– Te lo ruego, Kadem. Limítate a hacer lo que te pido.

Kadem sospechaba que algo muy grave había ocurrido. Seguramente estaba pensando en una violación.

– ¿De verdad quieres saber lo que ha ocurrido, primo? -le grité-. ¿Quieres saberlo de verdad?

– Vale, me he enterado -refunfuñó.

– No te has enterado de nada. De nada en absoluto.

Sus pómulos se sobresaltaron cuando me apuntó con el dedo:

– Cuidado, soy mayor que tú. No te autorizo a hablarme en ese tono.

– Me temo que ya nadie en el mundo tendrá jamás autoridad sobre mí, primo.

Lo miré directamente a los ojos.

– Peor, me importa tres pepinos lo que me pueda ocurrir a partir de este minuto, de este segundo -añadí-. ¿Me vas a traer de una puta vez mis cosas o tendré que irme con lo puesto? Te juro que soy capaz de meterme en el primer autocar llevando sólo esta camiseta encima y este pantalón de pijama. Ya nada me importará, ni la ridiculez ni el perjurio…

– Serénate, hombre.

Kadem intentó agarrarme por las muñecas.

Lo rechacé.

– Escucha -me dijo respirando suavemente para conservar la calma-. Mira lo que vamos a hacer. Vamos a ir a mi casa…

– Quiero irme de aquí.

– Por favor. Escucha, escucha… Sé que estás completamente…

– ¿Completamente qué, Kadem? No tienes ni idea de ello. Es algo que no se puede imaginar.

– De acuerdo, pero vayamos primero a mi casa. Te lo pensarás con más calma, y si sigues estando seguro de querer irte, yo mismo te llevaré hasta la ciudad más cercana.

– Por favor, primo -le dije con voz átona-, ve a buscar mi petate y mi bastón de peregrino. Tengo que contarle un par de cosas a Dios.

Kadem comprendió que ya no estaba en condiciones de escuchar nada.

– Vale -me dijo-. Voy a buscar tus cosas.

– Te espero detrás del cementerio.

– ¿Por qué no aquí?

– Kadem, haces demasiadas preguntas, y me duele la cabeza.

Me pidió con ambas manos que me tranquilizara y se alejó sin darse la vuelta.

Cuando Kadem regresó, estaba acabando de lapidar un arbusto raquítico.

Tras haber vagado por el cementerio, me había sentado sobre un montículo y puesto a desenterrar las piedras de los alrededores para lanzarlas contra un haz de ramas cubierto de polvo y de bolsas de plástico.

Cada vez que mi brazo se distendía, un ¡ah! de rabia me raspaba la garganta. Era como si tumbara montañas, expulsara la nube de malos presagios que se aglutinaba en mi mente y hundiera la mano en el recuerdo de la víspera para arrancarle el corazón.

Allá donde aventuraba la mirada, me la interceptaba esa cosa abominable vislumbrada en el vestíbulo de mi casa.

En un par de ocasiones, una impetuosa resaca me dejó mareado, obligándome a agacharme para vomitar. Mi cuerpo, asaltado por unos espasmos fulgurantes, se tambaleaba sobre mis talones; abría la boca y no devolvía nada, salvo un estertor de fiera.

Los alrededores apestaban con el calor de la mañana. Probablemente era carroña pudriéndose. No me molestaba. No dejaba de exhumar piedras y de lanzarlas contra el arbusto; tenía los dedos heridos.

A mi espalda, el pueblo se levantaba con mal pie; la indignación iba saliendo de madre: un padre regañando a su hijo, un pequeño sublevándose contra su mayor. No me reconocía en esa cólera. Quería algo que fuera mayor que mi pena, más grande que mi vergüenza.

Kadem se coló entre las tumbas, que hinchaban como equimosis el cuadro de los desaparecidos. Me enseñó mi bolsa desde lejos. Bahia iba detrás de él, la cabeza envuelta en un fular de muselina. Llevaba el vestido negro de las despedidas.

– Creíamos que los soldados te habían llevado -me dijo con el semblante demudado.

Resultaba evidente que no había venido para disuadirme de que me fuera. No era su estilo. Comprendía mis motivos y, manifiestamente, los aprobaba en bloque, sin reserva y sin lamento. Bahia era hija de su tribu. Aunque en la tradición ancestral el honor era asunto de hombres, ella sabía reconocerlo y exigirlo.

Arranqué la bolsa de las manos de Kadem y rebusqué dentro. La brutalidad de mi gesto no escapó a mi hermana. No lo condenó:

– Te he metido dos camisetas, dos camisas, dos pantalones, calcetines, tu bolsa de aseo…

– ¿Mi dinero?

Sacó de su regazo un pequeño fajo cuidadosamente doblado y atado, lo tendió a Kadem, quien me lo entregó de inmediato.

– Sólo mi dinero -dije a mi hermana-. Ni un céntimo más.

– Aquí están sólo tus ahorros, te lo aseguro… También te he metido una gorra -añadió reprimiendo un sollozo-. Por el sol.

– Muy bien. Ahora daos la vuelta para que me cambie.

Me puse un pantalón de rayas finas, mi camisa de cuadros, los zapatos que me había regalado mi primo.

– Se te ha olvidado mi cinturón.

– Está en el bolsillo exterior de la bolsa -me dijo Bahia-. Con tu linterna.

– Muy bien.

Acabé de vestirme; luego, sin siquiera mirar a mi hermana y a mi primo, agarré el saco y bajé a la carrera un repecho hacia la pista transitable. No te des la vuelta, me conminaba una voz interior. Ya estás en otra parte. Aquí ya no queda nada tuyo. No te des la vuelta. Me di la vuelta… vi a mi hermana de pie sobre el montículo, fantasmal con su vestido retorcido por el viento, y a mi primo, con las manos sobre las caderas, la barbilla metida hacia dentro. Deshice el camino. Mi hermana vino a cobijarse en mi pecho. Sus lágrimas inundaron mis mejillas. Sentí cómo al abrazarla su cuerpo enclenque se estremecía.

– Te lo ruego -me dijo-, cuídate.

Kadem me abrió sus brazos. Nos estrechamos el uno contra el otro. Nuestro abrazo duró una eternidad.

– ¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe hasta el próximo pueblo? -me preguntó con un nudo en la garganta.

– No merece la pena, primo. Conozco el camino.

Lo saludé con la mano y me apresuré a alcanzar la pista.

Sin darme la vuelta.

Bagdad

8

Caminé hasta el cruce de caminos que se hallaba a unos diez kilómetros del pueblo. De cuando en cuando me daba la vuelta con la esperanza de que apareciera un vehículo; no se veía una sola nube de polvo en la pista. Me encontraba solo, infinitesimal en medio del desierto. El sol se remangaba. El día iba a ser canicular.

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