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Электронная книга - «El contenido del silencio». Краткое содержание книги:

Gabriel, un joven ejecutivo cuya vida desahogada y apacible transcurre en Londres, lleva diez años sin saber nada de su hermana, hasta el día en que recibe una llamada que le informa de que muy probablemente ésta haya fallecido en un suicidio colectivo llevado a cabo en Tenerife. Su inmediato viaje a las islas para testificar como único pariente vivo de la desaparecida tendrá un efecto devastador y a la vez catártico, que le hará replantearse todo su pasado y su futuro en un itinerario no sólo físico sino también, y sobre todo, interior.
Helena, la amiga íntima de Cordelia, será su guía durante la inmersión en la vida de su hermana. Un inmersión común que precipitará a ambos a confrontar sus miedos, vacíos y huidas.
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Apareció la señora y trajo varios álbumes. «¿Sabes?», le dijo a Cordelia, «yo he vivido toda la vida en Candelaria, conocí a tu madre desde chica, y la verdad es que sois idénticas, lo vas a ver en las fotos». Nos dijo que traía también fotos de sus hijos, el mayor estaba estudiando en Madrid, y el pequeño en ese momento…, bueno, no sabía dónde estaba el pequeño: «Estará con los amigos, como siempre.» La señora dijo que si Cordelia estaba interesada en conocer a su primo podían llamarle por el móvil. Tu hermana no respondió, estaba ensimismada contemplando fotos antiguas. Yo me senté a su lado y también miré fotografías. En uno de los álbumes, Aneyma aparecía de cuando en cuando, siempre en fiestas familiares, en Navidades o en vacaciones. No había una sola foto en la que saliera sola. Era verdad que su hija era su viva imagen. En una de las imágenes se habría dicho la misma persona, como si hubieran vestido a Cordelia de época para una película. Aneyma parecía una chica muy tranquila, iba vestida de un modo muy sencillo, con faldas y chaquetas, y el cabello siempre recogido, con diademas o coletas. Tenía un aspecto tan virginal, tan de buena chica, siempre sonriendo dulcemente, que no podías ni imaginar que una muchacha así hubiera decidido, de la noche a la mañana, dejar a su familia y marcharse a vivir a Inglaterra ella sola, sobre todo si te paras a pensar que por entonces no tanta gente se marchaba, y mucho menos de un pueblo pequeño de Canarias, que entonces las mujeres estaban mucho más sometidas que ahora, ya sabes, el régimen franquista y tal… En fin, que yo estaba muy intrigada con la historia, no entendía qué había podido pasar para que, de la noche a la mañana, la chica hubiera puesto tierra de por medio de una forma tan drástica y no hubiese querido siquiera volver a ver a la familia ni contactarles jamás. Pero viendo el aspecto y la actitud de aquel señor y la pose servil y sumisa de su mujer, pues me imaginé todo tipo de historias, la verdad, como que Aneyma había sido una niña maltratada, porque tu tío, ya te digo, parecía tan raro, tan hosco, tan malencarado… Yen todas las fotos se veía a tu madre sonreír, pero con una sonrisa de circunstancias, triste, y siempre…, no sé, como distante, como si no participara mucho.

– Y Cordelia, ¿cómo estaba?

– Muy callada. Sólo miraba y remiraba el álbum, estaba muy pálida.

– Sí, puedo imaginarlo. Casi…, no sé, casi la veo. -Suspiró y enterró la cabeza entre las manos, como si estuviera muy hundido.

– Bueno, pues eso, el ambiente estaba muy tenso. Cordelia estaba como ida, y claramente a punto de llorar. Tenía los ojos húmedos. Yo pensé que era mejor sacarla de aquella casa, de aquel ambiente tan oprimente, así que tomé las riendas de la situación y le dije a aquel señor que teníamos que regresar al Puerto (entonces aún vivíamos allí) y que les contactaríamos en otro momento para una posible visita futura. Ayudé a Cordelia a levantarse porque me daba la impresión de que no lo iba a hacer sin mi ayuda y salimos de allí.

– Y ¿no volvisteis a contactar con ellos? Con mis tíos, quiero decir, con el resto de la familia.

– No… Pero, verás, ahí no acaba la historia. Cuando salimos de la casa, Cordelia iba apoyada en mí como si en lugar de una chica joven se tratara de una anciana. Yo supuse que se había llevado una impresión muy fuerte, que no entendía por qué su madre nunca le había dicho que tenía hermanos y, sobre todo, me daba cuenta de que no le había gustado nada, pero nada, su nueva familia. Habíamos dejado el coche en un aparcamiento cercano a la playa y nos quedaba un trecho por andar. Y entonces tuve la sensación de que alguien nos seguía. Fue una intuición, no una certeza. Es decir, notaba una mirada clavada en mí, como una quemadura en la nuca. Una sensación física pero inexplicable, no sé si alguna vez te ha pasado…

– Sí, sí me ha pasado -respondió Gabriel con una expresión repentinamente ensoñada y grave, recordando cómo una vez, cuando aún no había iniciado su romance con Ada, mientras se dirigía hacia su casa, le asaltó el presentimiento de que alguien le seguía y al darse la vuelta la encontró allí, Ada, digna y mayestática, con los ojos enormes clavados en él, y el perrito a su lado.

– Al final no pude más y me volví. Y allí había una señora mirándonos, a las dos. Una señora madura pero muy guapa, muy… estatuaria, muy sobria. Irradiaba un aura de dominio, de serenidad. Me detuve, sorprendida. En ese momento Cordelia se dio la vuelta también y, cuando la mujer la vio, se quedó pálida de pronto y boquiabierta. Literalmente boquiabierta, te lo juro, con la boca formando una «o» bien redonda y sostenida.

– No me digas más. Había confundido a Cordelia con mi madre.

– Algo así. Ya sabía que Cordelia era la hija de tu madre, pero supongo que la señora no esperaba que el parecido fuera tan asombroso. En aquel momento a la señora empezaron a rodarle por la cara unos lagrimones gordos como pedruscos, y extendió sus brazos hacia Cordelia, que se había quedado petrificada, tal que si quisiera tocar el manto de la Virgen o algo así. Yo le pregunté qué sucedía y por fin la mujer pareció reponerse. Nos explicó que alguien la había llamado contándole que la hija de Aneyma estaba en el pueblo y que había ido a visitar a su tío, pero que como ella no se llevaba bien con Yeray…

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