Электронная книга - «Asesinato en Montmartre». Краткое содержание книги:
– Es tímido el tan Lucien. Un músico excepcional.
Aimée echó un vistazo a los nombres.
– No hay ningún Lucien en esta lista. ¿Su apellido?
– Sarti. Un músico y discjockey corso. Mezcla polifonía tradicional y hip-hop.
No había ningún Lucien Sarti. Aimée pensó en el tiempo concreto y en el hombre que miraba desde la verja.
– ¿Tiene pelo moreno y llevaba una chaqueta de cuero negro y una mochila?
Felix sonrió.
– Eso describe a muchos de mis invitados. Pero sí, es alto, delgado como una espátula y tiene pelo negro y rizado.
– ¿Cómo puedo ponerme en contacto con él?
– Mire, mademoiselle, no quiero que se vea mezclado en esto.
– Claro que no, pero necesito ayuda, toda la que pueda conseguir. Tengo que hablar con todas las personas. ¿Puede darme su número de teléfono?
– Lucien es músico, un espíritu libre -dijo Conari-. No tiene teléfono. Yo me pongo en contacto con él a través de Strago, un bar restaurante, y ahí le dejo los mensajes.
Ella tomó nota.
– Ha mencionado que los invitados eran clientes suyos -dijo ella-. Tengo curiosidad por saber de qué conoce a ese músico, a Lucien Sarti.
– Llámelo el sueño de un hombre maduro, pero tengo intenciones de promocionarlo -dijo él, con una débil sonrisa-. Tengo algunos contactos en la industria discográfica. Llevo la música en el corazón, pero él desapareció antes de que firmáramos el contrato. Ya sabe, ¡artistas!
Se preguntó por qué el tal Lucien Sarti había desaparecido antes de hablar con la policía.
– ¿Debería estar Felix preocupado, mademoiselle Leduc? -preguntó Yann. Su coleta sobresalía por encima del cuello de la chaqueta-. Quiero decir, ¿ha cambiado tanto el quartier? ¿Puedo preguntar qué ocurrió?
Marant hacía muchas preguntas. Pero ella también.
Felix asintió.
– Nunca había visto tanta presencia policial. Esto es París, no Nueva York. Allí los tiroteos son habituales.
Ella quiso decirle que leyera los periódicos, pero quizá serían de más ayuda si les contaba algo. Las noticias volaban en el quartier, así que hasta estos ocupados profesionales urbanos se enterarían, más tarde o más temprano.
– Estamos investigando el asesinato de un policía en el tejado del edificio adyacente al suyo. La tormenta no ha sido de gran ayuda -dijo.
Dos pares de ojos la miraban atentamente.
– Así que cualquier cosa de la que se puedan acordar, por pequeña que sea, cualquier detalle…
– Dice usted que es detective privado. ¿No lleva este caso la policía?
Muy agudo. No se le escapaba ni una.
– Estoy investigando en nombre de un cliente -dijo ella-. No puedo decirles nada más.
– Mire, quiero seguir ayudándola -dijo Yann-. ¿Cómo puedo contactar con usted si me acuerdo de algo?
Aimée ocultó su desilusión ante la falta de información.
– Gracias por su tiempo, merci -dijo, al tiempo que entregaba una tarjeta a cada uno.
Strago, en la ladera menos de moda y más de clase obrera de Montmartre, era un restaurante que daba a la calle y que tenía la hoz y el martillo sobre el menú de esquinas curvadas expuesto detrás de un sucio cristal. Un letrero escrito a mano con tinta color violeta decía «Fermé». Pensó que esta parte de Montmartre no había cambiado demasiado desde las fotografías en blanco y negro hechas en los años cincuenta por Doisneau. Estrechas calles empinadas serpenteaban en dirección a la butte. Los cafés de las esquinas y los edificios bajos de la rue Labat le recordaron a Aimée la triste canción de Edith Piaf sobre la prostituta callejera de la rue Labat que había perdido a su hombre. Pero, ¿acaso no eran todas tristes?
Se entrometieron pensamientos sobre Guy. Su aroma, la forma en la que se pasaba los dedos por el pelo. Apartó la tristeza; tenía que encontrar a ese músico.
Al lado, en la frutería de toldo verde, Aimée preguntó al dueño por las horas de apertura de Strago.
– Abren cuando les apetece -le dijo-. Si huele a ajo, es que Anna está cocinando.
Puso un franco sobre el mostrador y metió la mano en un bote de cristal que había encima para coger varios Carambars. Abrió el papel encerado amarillo, echó un vistazo al chiste del interior y se metió el caramelo en la boca.
– ¿Ha visto alguna vez a un tal Lucien Sarti, moreno, con chaqueta de cuero negra y que recibe recados ahí? -continuó ella.
Él se encogió de hombros.
– Cuando hace este tiempo, me quedo dentro de la tienda.
Ella le entregó su tarjeta.
– Si lo viera, llámeme. Me gustaría hablar con él, monsieur.
Escribió el número de teléfono del Strago y se ató el cinturón del abrigo de cuero para protegerse del frío. Los trozos de nieve sobre las ramas de los plátanos se derretían y goteaban por los troncos desnudos. Las pocas veces que nevaba en París la nieve no duraba mucho. El calor que se elevaba desde los edificios se ocupaba de ello. Lo mismo que se había ocupado de cualquier prueba que pudiera haber contenido la nieve del tejado.
Rebuscó en su billetero de Vuitton. La encontró. La tarjeta con el nombre de Jubert que Pleyet, de la Interpol, le había dado cuando trató con él en el distrito de Clichy. Sus pensamientos saltaron a las palabras sin sentido de Laure. Había buscado a Jubert durante dos meses. Él era la única conexión que podía encontrar con la muerte de su padre en el atentado de la place Vendôme, pero en aquel momento no estaba ni en la dirección mencionada ni en el ministerio. Era como si el hombre nunca hubiera existido.
¿Era Jubert el Ludovic que Laure había mencionado? ¿Había otro Ludovic en el pasado de su padre, un pasado de susurros, secretos y sombras del que ella solo había captado una mínima parte? Morbier lo sabría. Sacó su teléfono móvil.
– Oui -contestó Morbier.
– ¿Puedo invitarte a comer aunque sea tarde?
– ¿Quieres darme las gracias?
Ella estuvo a punto de preguntar por qué, pero recordó a tiempo que él había hecho que la dejaran libre en la comisaría. Se detuvo y se quedó mirando los grasientos remolinos en un charco plomizo que, como un arco iris, reflejaban el cielo. El cielo de enero.
– O igual quieres compensar tu penosa educación, ya que arruinaste la fiesta de Ouvrier y me metiste en un buen lío con la Proc -estaba diciendo él.
– De todos modos, esa te la tiene jurada -dijo Aimée-. Pero, ¿cómo…?
El ruido sordo de un autobús ahogó la respuesta de Morbier. Aimée tanteó en su bolsillo buscando los guantes.
– ¿Qué tal Le Rendez-vous des Chauffeurs dentro de media hora? -preguntó Morbier.
Un lugar predilecto de los taxistas, con buena comida. Eso debería endulzar las preguntas que tenía que hacerle.
Los espejos se alineaban en las paredes, las doce mesas del bar restaurante estaban cubiertas por manteles a cuadros amarillos y blancos y una cortadora de embutido descansaba sobre el mostrador. Los últimos comensales acababan su comida con un plato de queso. Morbier estaba sentado en la banqueta de piel color camel, rota y pegada con celo en algunas zonas, gastada por el reposo de generaciones de taxistas. Estaba leyendo el periódico.
– Buena elección, Morbier -dijo ella mientras se sentaba y colgaba el bolso del respaldo de la silla de madera.
El aire cálido y cerrado se agradecía tras la temperatura heladora de afuera. Encima de los espejos colgaban carteles enmarcados de los viñedos de Montmartre. En la radio sonaba música de jazz al tiempo que el dueño pasaba un paño por la envejecida fórmica roja a través de la cual se veían retazos del zinc original.
– Combina todas las facetas del espíritu de Montmartre: rústico, bohemio, y bon vivant -dijo él mientras dejaba el periódico-. Pero me ibas a invitar a comer. ¿Cuál es el motivo real?