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El septimo hijo [Seventh Son - es]

Электронная книга - «El septimo hijo [Seventh Son - es]». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIX. Un Norteamérica alternativa en la que la magia y los conjuros del folklore popular son efectivos y en la que las colonias americanas no se han independizado todavía de la corona británica gobernada todavía por el lord Protector y cuyo rey está exiliado en Carolina del Sur. Un mundo en el que los pieles rojas se encuentran con los colonos que parten hacia el oeste.
En ese mundo rural, mágico y complejo, transcurren las historias de Alvin (séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón) llamado por la magia de su prodigioso nacimiento y las circunstancias que en él concurren, a poseer un don poco corriente, el de ser un Hacedor. Ello le enfrenta, incluso sin él saberlo a los poderes aniquiladores del Deshacedor. Sólo logrará sobrevivir y cumplir su misión con el uso de su excepcional don si llega a dominar su poder y evade las fuerzas ocultas que buscan su muerte antes de llegar a la edad adulta.
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—He visto lo que se llevan sus clientes —comenzó el reverendo Thrower— y no puedo atinar a responderme con qué le pagan. Nadie anda con dinero contante y sonante por este lugar, y no creo que puedan dar en trueque nada que después quieran comprarle a usted en el este…

—Me pagan con carbón y leña, con ceniza y buena madera, y desde luego, con comida para Eleanor y para mí… y para el que viene en camino. —Eleanor estaba más gruesa. Pronto daría a luz y sólo un tonto podía no darse cuenta—. Pero principalmente pagan con crédito —concluyó Soldado de Dios.

—¡Crédito! ¿A granjeros que pueden perder el cuero cabelludo a manos de cualquier piel roja, que lo cambiará por licor o mosquetes el próximo invierno en Fort Detroit?

—Se habla mucho más de estos cueros cabelludos de lo que hay en realidad —respondió Soldado de Dios—. Los pieles rojas de esta región no son idiotas. Saben lo que ocurrió en Irrakwa, saben que ahora tienen su sitio en el Congreso de Filadelfia al lado de los hombres blancos, y que tienen mosquetes, caballos, granjas, campos y pueblos como los hay en Pensilvania, Suskwahenny o Nueva Oran-ge. Conocen a los cherriky de los Apalaches y saben que hoy cultivan la tierra y luchan del lado de los rebeldes blancos de Tom Jefferson para que su país sea independiente del rey y de los caballeros.

—Tal vez también hayan reparado en el flujo constante de embarcaciones que llegan por el Hio y en las carretas que marchan hacia el oeste, y en los árboles derribados, y en las cabañas de troncos que se construyen…

—Admito que tiene parte de razón, reverendo —dijo Soldado de Dios—. Me figuro que los pieles rojas pueden optar por uno de los dos caminos. Por matarnos a todos, o por tratar de asentarse y vivir entre nosotros. Vivir junto a nosotros no les será fácil precisamente: no están acostumbrados a la vida de pueblo, que es el modo natural en que vivimos los hombres blancos. Pero luchar contra nosotros deberá resultarles peor, pues si lo hacen acabarán muertos. Tal vez piensen que si matan hombres blancos podrán disuadir a los demás de venir. No saben lo que ocurre en Europa, ni saben que el sueño de tener tierras propias hará que muchos hombres atraviesen millas y millas para trabajar más duro que nunca antes en su vida, y para enterrar hijos que podrían haber vivido en la tierra natal, y para arriesgarse a que un día un hacha les parta la cabeza y todo porque es mejor ser un hombre independiente que tener que servir a algún señor. Salvo a Nuestro Señor…

—¿Y eso es lo que ocurre con usted? —preguntó Thrower—. ¿Lo arriesga todo por tierras?

Soldado de Dios miró a su esposa Eleanor y sonrió. Thrower notó que la mujer no le devolvía la sonrisa, pero también advirtió que tenía unos ojos hermosos y profundos, como si conociera secretos que la obligaran a ser grave aun cuando en su corazón sintiera gozo.

—No tierras como las que quieren los granjeros. No soy campesino para que lo sepa. Hay otras formas de poseer tierras —repuso Soldado de Dios—. Verá, reverendo Thrower, les doy crédito ahora porque creo en este país. Cuando vienen a comerciar conmigo, hago que me digan los nombres de todos sus vecinos, y trazo mapas rudimentarios de las granjas y arroyos donde viven, y de los caminos y ríos que cruzan durante su trayecto hasta aquí. Hago que lleven las cartas que escriben otros, y escribo cartas para ellos y las embarco hacia el este, con destino a los que han dejado atrás. Sé dónde están todos, y sé todo lo que hay a lo largo de todo el Wobbish superior y de la región del río Ruidoso, y sé cómo llegar hasta allí. El reverendo Thrower sonrió. —En otras palabras, hermano Soldado de Dios, usted es el gobierno.

—Digamos que si llega el momento en que sea propicia la constitución de un gobierno, estaré dispuesto a servir —respondió el hombre—. Y en dos años, tres años, cuando lleguen más pobladores y haya quienes comiencen a fabricar otras cosas, como ladrillos, vajilla y herrajes, cajas y toneles, cerveza y queso y forraje, pues bien, ¿adonde cree usted que irán a vender o comprar? A la tienda que les dio crédito cuando sus esposas desesperaban por conseguir una tela con que hacerse un vestido de bonitos colores, o cuando necesitaban una olla de hierro o una estufa con que hacer frente al invierno.

Filadelfia Thrower prefirió no mencionar que él era más escéptico respecto a la gratitud o lealtad de la gente para con Soldado de Dios Weaver. Además, pensó Thrower, bien puedo equivocarme. ¿No dijo el Salvador que debíamos arrojar nuestro pan a las aguas? Y aun cuando Soldado de Dios no lograra todos su sueños, habría hecho una buena obra y contribuido a que esta tierra fuese accesible para la civilización.

La comida estaba lista. Eleanor sirvió el guisado.

Cuando colocó ante él un delicado plato blanco, el reverendo Thrower no pudo evitar una sonrisa.

—Debe estar muy orgullosa de su esposo, y de todo lo que está haciendo.

En lugar de sonreír con pudor, como Thrower esperaba, Eleanor casi se echó a reír abiertamente. Soldado de Dios no fue tan delicado. Lanzó una risotada sin disimulo.

—Reverendo Thrower, no se confunda —repuso—. Cuando yo tengo los brazos hundidos en parafina, Eleanor los tiene enterrados en jabón. Cuando escribo cartas para los pobladores y las hago embarcar, Eleanor está haciendo mapas y apuntando nombres para nuestro catastro. No hay nada que yo haga sin que ella esté a mi lado, y no hay nada que ella haga sin que yo esté acompañándola. Salvo tal vez su jardín de hierbas, al cual se dedica más que yo. Y la lectura de la Biblia, que me preocupa a mí más que a ella.

—Vaya, me alegro de que sea una compañera apropiada para su esposo —comentó el reverendo Thrower.

—Ambos somos compañeros, el uno del otro dijo Soldado de Dios—. Y no lo olvide.

Lo dijo con una sonrisa y Thrower le devolvió el gesto, pero el ministro se sintió algo decepcionado: su mujer lo dominaba de tal modo que tenía que admitir a boca de jarro que no estaba al frente e su propia tienda en su propia casa… Pero, ¿qué odia esperarse, si Eleanor había sido criada en esa extraña familia de los Miller? No podía esperarse que la hija mayor de Alvin y Fe Miller agachara la cabeza ante su esposo como Dios manda.

Con todo, en su vida había probado un venado tan delicioso.

—No está nada fuerte —dijo—. Nunca pensé que la carne de ciervo salvaje pudiera saber así…

—Le quita la grasa —explicó Soldado de Dios— y agrega algo de pollo.

—Ahora que lo menciona —dijo Thrower—, creo reconocerlo en el guisado.

—Y aprovechamos la grasa de venado para hacer jabón —continuó Soldado de Dios—. Jamás desperdiciamos nada, si le encontramos alguna utilidad.

—Tal como ordena el Señor —comentó Thrower. Y se lanzó a comer. Iba por su segundo plato de guisado y su tercera hogaza de pan cuando hizo un comentario que quería ser una jocosa alaban-Señora Weaver, su comida es tan deliciosa que un poco más y empiezo a creer en brujerías.

Como mucho, Thrower esperaba una risilla. En cambio, Eleanor clavó la vista en la mesa, avergonzada, como si la hubiera acusado de adulterio. Y Soldado de Dios se irguió tieso en su silla.

—Le agradecería que no mencionara ese tema en esta casa —dijo.

El reverendo Thrower trató de disculparse.

—No hablaba en serio —dijo—. Entre cristianos racionales, esta clase de cosas es objeto de chanzas, ¿no es verdad? No es más que una tonta superstición, y…

Eleanor se puso en pie y se marchó de la habitación.

—¿Qué he dicho ahora? —preguntó Thrower.

Soldado de Dios suspiró.

—Ay, usted no podía saberlo —comentó—. Es una pelea que se remonta a antes de que nos casáramos, cuando llegué a estas tierras. La conocí cuando vino con sus hermanos para ayudarme a construir mi primera choza… lo que hoy es el cobertizo donde hacemos el jabón. Comenzó a desparramar menta verde por el suelo y a pronunciar cierta clase de rima, y yo le grité que cerrara la boca y que se largara de mi casa. Cité la Biblia, donde dice: «No tolerarás a una bruja con vida.» No puedo decirle la media hora que pasamos después…

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