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Las puertas del infierno

Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:

Otoño de 1884. Una celda lúgubre. Dentro se encuentra un hombre inerte. ¿Estará muerto? Bajo su lengua hay una moneda, es el óbolo de Caronte, el precio que hay que pagar al barquero del reino de los muertos.
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
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– ¿Insinuaciones? -gruñó el director Sykes-. Delirios de una mente enferma, nada más. Al menos, haría bien en no presentarse sola delante de ese monstruo. Seguro que el doctor Cranston estará dispuesto a asistir con usted… Sobre todo porque conoce a Laydon mejor de lo usted piensa.

– ¿Qué quiere decir?

– El director se refiere a que Laydon es uno de los presos a los que he examinado.

– ¿Y?

– No cabe duda de que nos enfrentamos a un hombre cuya cordura, cómo lo diría, se está desintegrando. No he conseguido descubrir las causas, pero Mortimer Laydon tiene sin duda una de las personalidades más siniestras y peligrosas con las que me he topado.

– Explíquenos algo que aún no sepamos -replicó sir Jeffrey secamente-. Francamente, nos ha sorprendido mucho que Laydon estuviera encerrado aquí, en Newgate.

– No por mucho tiempo -aseguró Sykes.

– ¿Por qué lo dice? -inquirió Sarah.

– Como ustedes saben, Laydon fue condenado por el tribunal a cumplir internamiento de por vida en el hospital Saint Mary's of Bethlehem. Sin embargo, al poco de su ingreso se puso violento e hirió a un enfermero, de manera que fue trasladado a Newgate y sometido a régimen de aislamiento. Gracias a la rápida intervención del doctor Cranston, que ha examinado en diversas ocasiones su estado mental y ha corroborado el dictamen del tribunal, contamos con que esta situación pronto cambiará. El traslado de Laydon desde Newgate a Bedlam es cuestión de días.

– Y justo antes de que llegue el momento se me presenta como la única conexión con los autores -dijo Sarah en voz baja. Hablaba para sí misma, pero Sykes la oyó.

– Lady Kincaid -replicó-, le aseguro que cualquier relación que imagine carece de fundamento. Nadie goza del poder de influir en esas cosas, ni siquiera la reina.

– Naturalmente -Sarah esbozó una vaga sonrisa.

– Entonces ¿qué decide? -consultó Sykes-. ¿Seguro que no prefiere seguir mi consejo y permitir que el doctor Cranston la acompañe? Conoce el caso…

– Me encantaría, señor director, créame -aseguró Sarah-. Pero si de algo estoy segura es de que Laydon no se avendrá. Si acepta, solo a mí me revelará lo que sabe, a nadie más. Tengo que presentarme ante él sola.

– No lo comprendo…

– ¿No? -Sarah enarcó las cejas-. Entonces, señor director, recuerde que Mortimer Laydon es un asesino sanguinario. Mató a mi padre y a la persona que, después de él, me era más próxima. Y después hizo todo lo posible por acabar conmigo. Ese hombre deseó mi muerte, sir, y aún la desea… y por eso aceptará entrevistarse conmigo. Quiere verme sufrir y quiere destruirme, pero, ironías del destino, al mismo tiempo parece ser mi única posibilidad de salvar a Kamal.

Sarah entró en silencio en la sala, que olía a moho y a sudor frío, y cuyo único mobiliario consistía en una mesa vieja y dos sillas. Los hombres parecieron comprender entonces lo que Sarah se disponía a hacer y el sacrificio que estaba a punto de realizar por ayudar a su amado.

– Entonces tenga mucho cuidado -dijo finalmente Sykes con voz queda-, porque está a punto de cerrar un pacto con el diablo.

– Lo sé, señor director -se limitó a contestar Sarah.

En ese momento llamaron desde fuera a la puerta de acero de la sala de interrogatorios. Abrió Cranston, y apareció un hombre de rostro chupado, vestido con uniforme de carcelero.

– El preso está listo para el interrogatorio.

Sykes, el doctor Cranston y sir Jeffrey volvieron a escrutar de nuevo el semblante de Sarah, que se esforzó por parecer decidida y ocultar su miedo.

– De acuerdo -dijo Sykes finalmente-, es su decisión. Traigan al preso.

– Sí, señor.

El uniformado salió y, mientras Sarah tomaba asiento a un lado de la mesa de interrogatorios, sus tres acompañantes se dieron la vuelta para irse, no sin antes dedicarle una mirada elocuente que contenía una mezcla de incomprensión, admiración y pena. Sir Jeffrey fue el último en salir de la sala. Se detuvo en el umbral y se volvió.

– ¿Está realmente segura…?

– Por supuesto. -Sarah se esforzó por sonreír-. Puede irse, mi viejo amigo.

– Tenga cuidado, Sarah. Incluso una mente muy sana puede soportar la locura únicamente por un tiempo limitado sin resultar dañada.

– Lo sé -dijo Sarah con voz velada.

Era muy consciente de los riesgos a que se exponía. Pero no había otro camino.

Eso pareció convencer a Jeffrey Hull, puesto que asintió con un movimiento de cabeza y salió de la sala, cuyas paredes de ladrillo rojizas se sumergieron en la luz mortecina de un farol de gas. Durante un instante angustiosamente largo, Sarah se quedó sola con sus miedos y sus temores. Tenía las palmas de las manos húmedas y notaba un doloroso nudo en el estómago. Luego se oyeron pasos que se acercaban, acompañados por el tintineo estridente de unos grilletes de hierro. La puerta de acero pintada de gris se abrió y aparecieron dos guardias de uniforme. Arrastraban a un hombre que a Sarah le pareció más que nunca su Némesis particular, su pesadilla hecha carne.

Mortimer Laydon no parecía sorprendido de verla. Esbozando una sonrisa malévola y repugnante, se sentó en la silla que estaba libre. Mantuvo su mirada penetrante clavada en Sarah mientras los guardias fijaban los grilletes de manos y pies a las argollas previstas para ello que había en el suelo. De ese modo se excluían posibles agresiones por parte del preso. Sarah sabía que aquellos esfuerzos rayaban lo ridículo: el peligro que emanaba de Mortimer Laydon no era de carácter físico. Lo que hería eran sus palabras y lo que envenenaba eran sus pensamientos…

Le costó horrores sostenerle la mirada. Había tanta ira y agresividad en ella, tanta locura apenas contenida, que Sarah se estremeció. La ola de maldad que la embestía desde el otro lado de la mesa, y eso sin que aún se hubiera pronunciado una sola palabra, la martirizaba, pero mantuvo el coraje.

Finalmente, los guardias también salieron de la sala y cerraron la puerta. Sarah se quedó a solas con Laydon.

– Bravo -dijo el hombre, y su voz estaba tan impregnada de burla y escarnio que Sarah casi sintió dolor físico.

La joven escrutó el semblante demacrado y deformado por el odio de aquel hombre, y se preguntó cómo había podido ver en él en otras épocas a un amigo. A pesar del acto sanguinario que había cometido en Alejandría, a pesar de los atroces asesinatos con que había sembrado el miedo y el terror en el barrio londinense de East End, Mortimer Laydon había seguido presentándose ante ella como un amigo, como un benefactor paternal y como su padrino. No fue hasta que se encontraron en La Sombra de Thot cuando se desveló que no solo había asesinado a su padre, sino mucho más…

– ¿Un elogio en tu boca? -preguntó Sarah con frialdad y apenas capaz de reprimir su asco-. Me honra bien poco.

– ¿En serio? -replicó Laydon, y soltó de nuevo una de sus risitas roncas y marcadas por la locura-. ¿Cómo se puede ser tan desagradecido? Al fin y al cabo, no he sido yo quien ha solicitado esta entrevista, sino tú… Y, la verdad, considerando este lugar, te suponía mejor gusto. La última vez me invitaste a un buen clarete.

– La última vez -contestó Sarah esforzándose por mantener la serenidad-, aún no sabía que eras un monstruo.

– ¿Y ahora lo sabes?

– Por supuesto.

– Entonces me pregunto por qué estamos aquí. ¿Qué te ha llevado a cambiar de opinión sobre mí?

– No he cambiado en absoluto de opinión -puntualizó Sarah-. Sigo considerándote un monstruo con figura humana, y me repugna lo que has hecho…

– ¿Pero? -la interrumpió.

– Nada de peros -se apresuró a asegurar Sarah. La joven notaba que se estaba moviendo en un terreno resbaladizo. Sarah no habría sabido decir cómo había sucedido, pero Laydon la estaba manipulando de nuevo, y una vez más le dio la impresión de que él la calaba hasta el alma-. El último día que hablamos me dijiste que volveríamos a vernos.

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