El Beso Perfecto
- Автор: Ridgway Christie
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Beso Perfecto». Краткое содержание книги:
Jilly Skye no es la mujer que más le conviene… ¡pero le parece tan terriblemente sexy! Está claro que ambos se sienten atraídos, aunque a Jilly no acaba de convencerla el aire anticuado de Rory.
Pero cuando son pillados en una situación, digamos «comprometida», Jilly accede a hacerse pasar por su novia, al menos hasta que la reputación del muchacho vuelva a ser honorable. Grave error: pues Cupido anda suelto repartiendo sus flechas… Un apuesto millonario y una mujer terriblemente sexy, ¿quién da más?
Se había mantenido tan lejos como había podido y estaba contrariado porque, aunque sabía que prácticamente lo había conseguido, tenía la certeza de que encontraría su perdición entre la melena alborotada y los pies inefablemente pequeños de Jilly… si no lograba controlar su lujuria.
Nunca le había costado tanto comportarse con corrección.
Aunque había abandonado Los Ángeles hacía casi una década, Rory no había excluido de su vida a las mujeres. Había disfrutado con ellas y se las había llevado a la cama encantado, si bien lo había hecho con cautela y moderación. Más que pasiones arrolladoras, había buscado satisfacción mutua y la había encontrado con mujeres que reservaban su pasión y su concentración para su vida profesional. Pero, francamente, Jilly no le parecía ni cautelosa ni moderada.
Las campanillas resonaron alegremente cuando abrió la puerta de Things Past. Jilly dio un brinco y se llevó la mano al pecho al tiempo que se volvía hacia Rory.
– ¡Vaya! -exclamó, y tragó saliva-. Está cerrado.
Los labios de Jilly tenían el mismo tono rosa intenso que el ridículo sombrerito que llevaba.
– Jilly, no he venido a comprar. Además, la puerta está abierta.
– Bueno, vale, está bien. -Jilly volvió a tragar saliva-. ¿Qué hace aquí?
El aire de la tienda olía a algo ligero y dulce, muy semejante a la fragancia que Jilly había llevado a Caidwater, el mismo perfume que despertó el agobiante temor de antiguos recuerdos.
– Le he traído algo.
– Bueno… -repuso cautelosa, y frunció los morritos pintados de rosa-. ¿De qué se trata?
Rory fue incapaz de apartar la mirada de los labios de Jilly. No supo por qué se olvidó de mencionar el vestido o se abstuvo de coger la caja, dejarla donde fuese y marcharse. Hubo algo en la incomodidad de la muchacha en su presencia y en sus recelos que le hizo gracia.
Rory se acercó y Jilly rodeó un perchero circular y se dirigió hacia la puerta que Kincaid acababa de franquear. Era cierto que desde hacía dos días, desde que lo había increpado tras el incidente con la canoa, Rory la había evitado, pero en ese momento el magnate se preguntó si no se había equivocado y era al revés.
Rory se detuvo, levantó las cejas y preguntó:
– ¿Piensa ir a alguna parte?
Los hombros de Jilly chocaron con el cristal de la puerta y miró hacia atrás, como si se sorprendiera de estar allí.
– Ah, no, claro que no. -Echó el cerrojo a la puerta-. Solo quería… hummm… solo quería echar la llave. La tienda está cerrada.
– Ya lo ha dicho.
Rory se abstuvo de añadir que acababa de encerrarlo en la tienda con ella.
Pese a que bien sabía Dios que era una idea enormemente atractiva, Rory también sabía que no debía meterse en esas honduras. Al ver que una nerviosa Jilly se humedecía los labios, se relajó ligeramente y disfrutó de la tensión de la joven. Después de convivir varios días con la fragancia de Jilly en Caidwater y de disfrutar de su presencia constantemente provocadora y tentadora, le pareció justo darle su propia medicina y en su propio territorio.
Kincaid volvió a acercarse a Jilly, que en el acto se apartó de la puerta. Rory cambió de dirección para seguirla, pero chocó con un perchero y tuvo que coger la barra de metal para evitar que cayese. Los vestidos colgados no dejaron de balancearse y una etiqueta en movimiento llamó su atención.
– ¡Caramba! -exclamó, y cogió la etiqueta escrita a mano para volver a leer el precio en dólares-. ¡Caramba! -repitió.
La prenda era carísima. Dejó la caja en el suelo y movió las perchas para estudiar el vestido blanco y ligero con el cuello y las mangas adornados con encaje. Rory reparó en que en el perchero había varios vestidos parecidos. Asombrado ante lo mucho que la joven pedía por una ropa que alguien había desechado, miró a Jilly y preguntó:
– ¿Se vende mucho este tipo de ropa?
Una ligera sonrisa iluminó las comisuras de los labios de la muchacha.
– Vendo toda la que consigo. Esa prenda se conoce como vestido lencero y es de los inicios de la primera década del siglo XX.
Rory frunció el ceño.
– No deja de ser ropa vieja.
Jilly rió.
– Eso es lo que usted cree. Para algunas personas se trata de una antigüedad que merece la pena coleccionar y para alguien que pertenece al mundo del cine o de la televisión podría formar parte de su vestuario.
La parte superior del vestido era muy amplia y la cintura, minúscula.
– ¿Quién puede ponerse una prenda de esas dimensiones?
Jilly se encogió de hombros.
– Los coleccionistas no suelen ponerse las prendas que compran y alguna clienta podría usar este vestido para sacar un patrón, aunque yo… -Se tapó la boca con la mano y se ruborizó.
Rory paseó la mirada del vestido a la joven y volvió a estudiar la prenda. Sí, llenaría perfectamente el corpiño, pero pese a tener la cintura muy marcada…
– El vestido no le cabría.
– Sin corsé, desde luego que no -coincidió, y se ruborizó un poco más.
Un corsé… Rory recordó una interesante categoría que en la página de la tienda en internet figuraba con el nombre de «Lencería victoriana». Soltó el vestido como si quemara, lo que no le impidió imaginar a Jilly con la cintura aún más ceñida y los senos más marcados. Era él quien quemaba, quien ardía precisamente con ese tipo de lujuria que se había prometido controlar.
Rory contuvo el aliento y apartó la mirada tanto de ese vestido infernal como de Jilly. La tienda estaba llena de ropa: percheros con vestidos y blusas, y pilas de jerséis con lentejuelas en las estanterías colocadas en las paredes. Los letreros escritos a mano informaban de las épocas y los tipos de atuendo. No había lencería victoriana a la vista.
Dio las gracias a Dios.
¡Maldición…!
Rory todavía no estaba en condiciones de mirar a Jilly. Pero tampoco estaba en condiciones de irse. Necesitaba el camuflaje de los percheros para ocultar el efecto que la idea de una Jilly metida en un corsé había causado en su cuerpo.
Respiró hondo otra vez, volvió la espalda a la ropa y a través del escaparate observó la noche que caía. En la acera de enfrente había otro letrero de neón, en este caso con una luna y estrellas, que anunciaba una consulta de astrología.
– Bueno… hummm… ¿qué la llevó a escoger este lugar? ¿También se lo aconsejó su astróloga?
– ¿Cómo dice? -preguntó Jilly desconcertada, aunque enseguida se contuvo-. Ah, no, claro que no. Esta tienda perteneció a mi madre y la heredé cuando falleció.
Rory finalmente la miró.
– Lo siento.
– Yo también lo sentí mucho.
Jilly bajó la mirada y se quitó una pelusilla de la falda.
Kincaid intentó cambiar de tema.
– Veamos… ¿qué llevó a su madre a dedicarse al negocio de la ropa vintage?
Jilly se limpió nuevamente la falda.
– No lo sé, nunca tuve ocasión de preguntárselo. -La joven lo miró y el velo rosa del sombrerito ocultó la expresión de sus ojos-. Me crió mi abuela y… mi abuela no estaba de acuerdo con el comportamiento de mi madre. Supongo que podríamos decir que estaban distanciadas. No conocí a mi madre hasta que… diría que no conocí a mi madre hasta que abrí la puerta de esta tienda.
A Rory se le hizo un nudo en el estómago.
– ¿Y cuándo ocurrió?
– Sucedió hace cuatro años; hace cuatro años que dejé de convivir con mi abuela. -Señaló el techo con el pulgar-. Vivo arriba.
– ¿Vino aquí por su cuenta y se hizo cargo del negocio de su madre?
– Sí. -Sin saber muy bien qué hacía, Jilly acomodó la blusa de una percha que tenía cerca-. Tenía veintiún años y estaba empeñada en demostrar algo.
Rory se dio cuenta de que por entonces Jilly era casi una niña, una cría que no conocía a su madre, que había traspasado la puerta que comunicaba con otro mundo y no había vuelto a franquearla.