Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Un Romance Imprevisto». Краткое содержание книги:

Cuando Allie descubre que su marido, muerto en un duelo, había sido un criminal, resuelve intentar reparar los daños que ha causado. Su empeño la lleva de América Inglaterra, donde la esperan extraños accidentes y un romance inesperado…
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
Todos los ingredientes están servidos para un apasionante -e imprevisto- romance, con todo el sabor de las maravillosas historias urdidas por Jacquie D'Alessandro.
1 ... 17 18 19 20 21 22 23 24 25 ... 84
Перейти на страницу:

No, no quitarle el ojo de encima no iba a representar ningún problema.

Desgraciadamente, sospechaba que quitarle las manos de encima sí que podría serlo.

Geoffrey Hadmore iba de arriba abajo en su estudio. El sol del mediodía dibujaba una brillante línea sobre la alfombra persa y las motas de polvo danzaban bajo la luz. Se detuvo ante la chimenea y miró el reloj situado en la repisa. La una y media. Habían pasado justo tres minutos desde la última vez que había consultado el maldito aparato.

¿Dónde diantre estaba Redfern? ¿Por qué no había tenido noticias de ese canalla? Sólo podía haber una razón: había fallado. De nuevo.

«¿O es que tal vez Redfern tiene la intención de traicionarme de alguna manera?»

Una mezcla de intranquilidad y furia le hizo apretar los puños. Redfern no sería tan estúpido como para intentar algo así. Geoffrey se obligó a relajar las manos, y luego flexionó los tensos dedos. No, Redfern podía no poseer una gran inteligencia, pero no era idiota. Sabía muy bien que era mejor no traicionarlo. Pero si llegase a ser tan estúpido… bueno, entonces eso sería la última estupidez que cometiera en su vida.

Se inclinó y acarició suavemente el sedoso pelaje de Thorndyke. El somnoliento mastín alzó la enorme cabeza.

– Ah, Thorndyke, si Redfern fuera tan fiable como tú, yo no estaría en este lío.

Thorndyke le contestó con un sonido profundo y gutural. Geoffrey le palmeó la suave cabeza una última vez, luego se irguió y siguió dando vueltas por la sala. De nuevo se detuvo ante el escritorio. Tomó una hoja de papel y escribió una breve nota. No se molestó en tirar de la cinta de la campana para llamar a William, sino que salió directamente al vestíbulo y le tendió la nota al mayordomo.

– Quiero que se entregue esto inmediatamente. -Indicó la dirección de Redfern-. Si se encuentra en casa, espera la respuesta. Si no, déjalo allí.

– Sí, milord.

– Estaré en el club. Llévame allí cualquier carta de él en cuanto la recibas.

Redfern sostenía en la mano el sobre lacrado. Sabía de quién procedía. Ni siquiera tenía que leer nada para adivinar qué contenía. No había respondido a las persistentes llamadas a la puerta, ni había recogido el sobre hasta que finalmente el hombre se había marchado.

Pero había llegado la hora de la verdad. Había fracasado. Fracasado cn encontrar el anillo y fracasado también en deshacerse de la señora Brown.

¿Dónde había fallado su plan? Oh, todo había empezado como un regalo, y le había ahorrado la molestia de sacarla de la casa. Incluso aporrear a aquel tipo en el callejón no había sido ningún problema.

Sí, y después de dejar a los dos fuera de juego y bien ataditos, había vuelto a la mansión. Lo único que le faltaba era encontrar el anillo. Entonces podría acabar con la señora Brown. También tendría que deshacerse del tipo. Con toda seguridad, el conde no querría ningún testigo que pudiera irse de la lengua. Quizás incluso le pediría al conde un extra, ya que tendría que matar a dos personas en vez de a una. Sí, las cosas parecían ir como la seda.

Pero, después de buscarlo durante más de una hora, no había encontrado el anillo. El pánico le recorrió la espalda. Si no encontraba el anillo, no recibiría su recompensa. Pero había mirado por todas partes. Incluso lo había puesto todo en su sitio de nuevo para que nadie sospechara nada Tendría que decirle al conde que no había ningún anillo, una perspectiva que le revolvía el estómago.

Las últimas palabras del conde resonaban en sus oídos. «Encuentra ese anillo. Y cuando lo encuentres, quiero que ella desaparezca.» Bueno, ¿y qué se suponía que debía hacer con la señora Brown si no encontraba el anillo? ¿Matarla? ¿Dejarla ir?

Pensaría en ello mientras regresaba al almacén. Seguro que para cuando llegara, ya sabría que hacer.

Pero cuando llegó allí, lo único que quedaba de la señora Brown y del tipo eran un montón de cuerdas rotas. El canalla debía de tener un cuchillo. Era una maldita mala suerte. Nunca en toda su carrera las circunstancias le habían sido tan adversas. Pero el conde no tendría ningún interés en oír hablar de circunstancias imprevisibles.

Con mano temblorosa, rasgó el sello y contempló la breve misiva. La frente se le cubrió de sudor. Aunque casi no sabía leer, comprendió lo suficiente. Era imposible malinterpretar el mensaje del conde.

Debía encontrar el anillo. Ese mismo día.

Si no, era hombre muerto.

Y Lester Redfern no tenía ninguna intención de morir.

Allie salió de su dormitorio aferrando la carta que acababa de sellar. Se apresuró a bajar por la curvada escalinata y llegó al vestíbulo. Esperaba ver a Carters, pero en vez de él junto a la puerta había un joven lacayo.

– Me gustaría que se entregara esta carta -dijo-. En la residencia londinense del conde de Shelbourne.

– Como ordene, señora. -El lacayo tendió una mano enguantada-. Me ocuparé de ello inmediatamente.

Allie le entregó el sobre, rezando para que el conde se encontrara efectivamente en la ciudad. Con suerte, lord Robert ya habría enviado su nota. Debería haberlo hecho… Lo había dejado en la sala del desayuno hacía dos horas. Sin duda había tenido tiempo más que suficiente para regresar a su casa y escribir una breve carta.

– ¿Alguna cosa más, señora Brown? -Le preguntó el joven sirviente.

– No, nada. Gracias. -Miró los dos pasillos que partían del vestíbulo en sentidos opuestos. ¿Cómo podía ocupar el tiempo mientras esperaba la respuesta? Necesitaba una distracción, algo que le ocupara la mente. De otra manera sólo se dedicaría a ir de arriba abajo impacientemente.

– Si busca a lord Robert -dijo el lacayo-, se halla en la sala de billar.

– ¿Lord Robert está aquí?

– Sí, señora. En la sala de billar. -Señaló hacia el corredor de la izquierda-. La segunda puerta a la derecha. Si no desea nada más, me encargaré de su carta.

– Gracias -murmuró Allie.

Miró hacia el corredor de la izquierda. Él estaba allí. En la segunda sala. Debería evitarlo, a él y a su turbadora presencia. A sus ojos risueños que ocultaban secretos. Sí, debía regresar a su aposento y leer. Dormir un poco. Algo. Lo que fuera. Su cabeza lo sabía, lo mismo que su corazón.

Sin embargo, sus pies no sabían nada de eso y se dirigieron directamente hacia el corredor izquierdo.

La segunda puerta estaba entreabierta. La abrió un poco más y se quedó mirando desde el umbral. Lord Robert le daba la espalda. Estaba estudiando la mesa de billar mientras sujetaba con la mano un palo estrecho y muy brillante. Vestía con los mismos pantalones beige de antes, pero se había sacado la chaqueta. Una camisa blanca como la nieve se tensaba sobre sus anchas espaldas. La mirada de Allie fue bajando lentamente, recorriendo la esbelta cintura y los ajustados pantalones. Sus ojos se posaron sobre el trasero del joven y suspiró. Pensara lo que pensara de él, no se podía negar que lord Robert estaba… muy bien hecho.

Un involuntario suspiro de pura admiración femenina se le escapó de los labios, un suspiro que, al parecer, lord Robert oyó, porque se volvió hacia la puerta. Y en vez de contemplar sus posaderas, Allie se encontró mirando fijamente su…

«Oh, Dios.»

Sin duda estaba bien hecho. Allie lo sospechaba después de lo cerca que habían estado la noche anterior, pero ya no le quedaba ninguna duda.

1 ... 17 18 19 20 21 22 23 24 25 ... 84
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)