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Электронная книга - «Jane Juega Y Gana». Краткое содержание книги:

Un tanto desilusionada, bastante terca y cansada de acudir a citas a ciegas con hombres poco interesantes, Jane Acott parece llevar la típica existencia de mujer soltera en una gran ciudad. Sin embargo, tiene una doble vida. Durante el día es periodista deportiva, encargada de seguir a un equipo de hockey, y especialmente a su portero, Luc Martineau. Durante la noche es escritora, la creadora secreta de las escandalosas aventuras de una serie de la que todos hablan.
Luc tiene clara su opinión acerca de esos parásitos llamados periodistas, incluida Jane. Además, desde que tiene uso de razón se ha visto a sí mismo como un hombre soltero. Lo último que necesita es una reportera entrometida que escarbe en su pasado y se interponga en su camino.
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– No voy a dejar ganar a nadie.

– Perder tal vez le haga jugar como un perro rabioso mañana por la noche en el Compac Center.

– Sí, acordaos de cuando perdió por la mínima a los bolos y la noche siguiente se llevó por delante a Roy -les recordó Darby.

– Eso debía de estar más relacionado con los insultos que intercambiaron que conque hubiese perdido a los bolos.

– Ese portero es muy rencoroso.

– Esa noche jugaron al estilo antiguo.

– Fuera cual fuese la razón, se enzarzaron en medio de la pista y, colega, fue bonito de ver.

– ¿Cuánto hace de eso? -quiso saber Jane.

– El mes pasado.

El mes pasado, y todavía le quedaba más de media temporada por delante. Luc seguía ante la línea de lanzamiento, mirando la diana como si se tratase de la meta de todos sus deseos. Un retazo de luz cruzó la barata moqueta de color rojo e iluminó sus zapatos de piel y sus pantalones negros. Entonces, como si se dispusiese a lanzar un misil, clavó el dardo en el doble veinte consiguiendo un total de sesenta y cinco puntos. Con la cara de pocos amigos con que le entregó los dardos Jane comprendió que no estaba satisfecho con la diferencia de setenta y cinco puntos.

– Si obtuvieres diez puntos adicionales por lo más profundamente que clavas los dardos, aún tendrías posibilidades de ganar -dijo ella-. La próxima vez, pon algo más de suavidad y algo menos de músculo.

– La suavidad no va conmigo.

¡Cómo si ella no se hubiera dado cuenta! Se colocó en posición, y justo cuando estaba a punto de lanzar el dardo, Luc dijo a su espalda:

– ¿Cómo puedes recogerte el pelo tan fuerte?

Los demás jugadores rieron como si Luc fuese un tipo realmente divertido.

Jane bajó el brazo y lo miró.

– Esto no es hockey -dijo-. No se insulta al contrario en el juego de dardos.

– Hasta ahora -replicó él con una sonrisa.

Jane decidió que le daría una paliza. Mientras Luc continuaba burlándose de ella, sus tres tiros sumaron cincuenta puntos. Su tanteo más bajo de lejos.

– Vas ciento dieciséis puntos por detrás de mí.

– No por mucho tiempo -gruñó él. Se acercó a la línea y consiguió un doble y un simple de veinte.

Había llegado el momento de que ella le incordiase un poco.

– Oye, Martineau. ¿Lo que tienes encima de los hombros es una calabaza o sólo tu vacua cabeza?

Él la miró.

– ¿No se te ocurre nada mejor que decir?

Los otros Chinooks parecían muy impresionados. Darby se acercó a ella y le susurró al oído:

– No has conseguido impresionarlo.

– ¿Qué demonios significa «vacua»? -preguntó Rob.

Darby respondió por ella.

– Significa vacía o hueca.

– ¿Por qué no dices simplemente eso, Tiburoncito?

– Sí. No puedes fastidiar a nadie usando palabras como ésa.

Jane frunció el entrecejo y se cruzó de brazos.

– A vosotros cualquier frase que no empiece con «joder» os resulta incomprensible.

Luc lanzó su tercer dardo y anotó un total de ochenta puntos. Era el momento de dejar de hacer el tonto y jugar en serio. Jane caminó hasta la línea, alzó el brazo y esperó a que empezasen los comentarios. Pero Luc permaneció en silencio, sin intentar ponerla nerviosa. Consiguió hacer un triple veinte, pero cuando se disponía a concentrarse otra vez, Luc dijo:

– ¿Alguna vez llevas ropa que no sea gris o negra?

– Por supuesto -respondió ella sin mirarlo.

– Tienes razón. -Entonces, justo cuando iba a lanzar, añadió-: Tu pijama de vaquitas es azul.

– ¿Cómo sabes que tiene un pijama de vaquitas? -preguntó uno de los chicos.

Luc no respondió y ella lo miró. Allí estaba, rodeado por sus compañeros, con las manos en jarras y una sonrisa en sus labios.

– La otra noche salí de mi habitación para comprar un paquete de M &M's -explicó-. Pensé que ya estaríais todos en la cama, así que salí en pijama. Luc me espió.

– Yo no estuve espiando a nadie.

– Pues sí que lo hiciste. -Jane lanzó el dardo y consiguió un doble diez. Luc esperó hasta el preciso momento en que ella se disponía a lanzar el tercer dardo, para decir:

– Y usa gafas de lesbiana.

Jane ni siquiera dio en la diana. Hacía años que no le ocurría algo así.

– ¡No es cierto! -exclamó, y al instante se dio cuenta de que quizá se había mostrado demasiado vehemente.

Luc se echó a reír.

– Son unas gafas horribles, pequeñas y cuadradas de color negro, como las que llevan las chicas de hoy en día.

Los Chinooks reían a carcajadas.

– Gafas de lesbiana… -repitió Darby, partiéndose el pecho de risa,

Jane desclavó los dardos de la diana.

– No lo son. Son perfectamente heterosexuales.

Dios del cielo, ¿qué acababa de decir? ¿Gafas heterosexuales? Aquellos tipos acabarían volviéndola loca. Respiró hondo para calmarse y le pasó los dardos a Luc. No permitiría que aquella pandilla de descerebrados la desconcentrase.

– No soy lesbiana -añadió-. Aunque no hay nada malo en serlo. Si lo fuese, lo llevaría con orgullo.

– Eso explicaría los zapatos -intervino Rob.

Jane se miró los pies.

– ¿Qué tienen de malo mis Doctor Martens?

Por primera vez en la noche, Stromster se decidió a hablar:

– Son zapatos de hombre -dijo.

– ¿Zapatos de hombre? -Jane lo miró-. Antes te defendí cuando hablaron de tu cresta de mohicano. Esperaba algo más de ti, Daniel.

Bajó la mirada y pareció repentinamente interesado por algo que había al otro lado del local.

Luc arrojó los dardos y anotó ochenta y ocho puntos. Cuando Jane se dispuso a lanzar, todos los Chinooks empezaron a burlarse de ella. La cosa se hizo políticamente incorrecta cuando decidieron que si ella vestía con colores oscuros era porque estaba deprimida por ser lesbiana.

– No soy lesbiana -insistió. Era hija única y había crecido sin chicos alrededor, a excepción de su padre, por supuesto, pero él no contaba. Su padre era un hombre serio que nunca bromeaba sobre nada. Ella no tenía experiencia afrontando las burlas a que estaba siendo sometida.

– Tranquila, cariño -intervino Luc-. Si yo fuera chica, también sería lesbiana.

Jane se dijo que tenía dos opciones. Enfadarse o relajarse. Era periodista, una profesional. No estaba viajando con el equipo para hacer amigos y, ciertamente, no estaba allí para que se burlasen de ella como si hubiese vuelto a los tiempos del instituto. Pero la aproximación profesional no había dado resultado, y tenía que admitir que prefería ser objeto de burlas a que hicieran caso omiso de ella. Por otra parte, esos tipos también se metían con los periodistas hombres.

– Luc, realmente te has convertido en una prima donna-dijo.

Luc rió entre dientes y sus compañeros lo imitaron. Durante el resto de la partida, Jane intentó tomarles el pelo, pero eran demasiado buenos y le llevaban muchos años de ventaja. Al final, ganó a Luc por una diferencia de casi doscientos puntos, pero perdió la batalla dialéctica.

De algún modo, gracias a haber soportado aquellas burlas y palabrotas, subió algunos enteros en la valoración de los Chinooks. Se habían reído de sus opiniones, de su manera de vestir, de sus zapatos y de su peinado, pero como mínimo no la habían ignorado. Sin duda se trataba de todo un progreso.

Cuando finalizase el partido de la noche siguiente, tal vez quisiesen hablar con ella. No esperaba que se convirtiesen en sus amigos, pero quizá no le hicieran pasar tan malos ratos en el vestuario. Quizá le concedieran alguna entrevista y le diesen un respiro dejándose los calzoncillos puestos cuando ella pasase.

Tras la rejilla de su máscara, Luc vio caer el disco. Bressler lo sacó de un golpe del círculo central y la batalla entre Seattle y San José dio comienzo.

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