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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Elayne echó una ojeada a Birgitte y se encontró con que ésta la estaba mirando también. No necesitaba ver el ceño preocupado de la arquera; se reflejaba en su mente, en esa pequeña parte que era Birgitte y en el resto. La mujer percibía su preocupación y viceversa, hasta el punto en que a veces resultaba difícil distinguir cuál pertenecía a quién. Ponía en riesgo algo más que a sí misma, pero sabía lo que hacía. Más que cualquiera, al menos. E incluso si ninguno de los Renegados aparecía, necesitaban todos los angreal que pudiese encontrar.

—¿Qué le ocurrió a Martina? —preguntó en voz queda Nynaeve—. Posteriormente, quiero decir. —Le resultaba casi imposible saber que alguien había sufrido un mal sin desear curarlo; quería Curar todo.

Vandene torció el gesto. Había sido ella la que había sacado a colación el caso de Martina, pero a las Aes Sedai no les gustaba hablar de mujeres que se habían consumido o habían sido neutralizadas. No les hacía gracia recordarlas.

—Desapareció una vez que se encontró bien para marcharse de la Torre —se apresuró a contestar—. Lo que importa recordar es que era muy cuidadosa. No la conocí, pero me contaron que manejaba cada ter’angreal como si no supiese cómo iba a reaccionar a continuación, hasta el que fabrica el paño de las capas de los Guardianes, y nadie ha sido capaz de lograr que realice otra cosa distinta. Era muy precavida, pero no le sirvió de nada.

Nynaeve puso un brazo alrededor del canasto casi vacío.

—Quizá realmente deberías… —empezó.

—¡Noooo! —chilló Merilille.

Elayne giró velozmente sobre sí misma a la par que se abría de nuevo a través del angreal, consciente sólo a medias de que el saidar también fluía en Nynaeve y Vandene. El brillo del Poder surgió en torno a todas las mujeres del claro que podían abrazar la Fuente. Merilille estaba echada hacia adelante en la silla de montar, con los ojos desorbitados y una mano extendida hacia el acceso. Elayne frunció el entrecejo. Allí no había nadie, excepto Aviendha y los últimos cuatro Guardianes, todos sobresaltados cuando empezaban a alejarse del acceso y buscando el peligro con las espadas medio desenvainadas. Entonces reparó en lo que Aviendha estaba haciendo y casi perdió contacto con el saidar por la impresión.

El acceso temblaba mientras Aviendha deshacía cuidadosamente el tejido que había hecho. Se estremeció y se dobló, los bordes se tornaron irregulares. Los últimos flujos se soltaron y, en lugar de desvanecerse de golpe, el agujero titiló, de manera que la imagen del patio a través de él se fue borrando hasta acabar evaporándose como niebla al sol.

—¡Eso es imposible! —dijo Renaile con incredulidad. Un murmullo estupefacto de acuerdo se alzó entre las Detectoras de Vientos.

Las Allegadas miraban atónitas a Aviendha, abriendo y cerrando la boca sin emitir sonidos. Elayne asintió lentamente a despecho de sí misma. Obviamente era posible, pero una de las primeras cosas que le habían advertido de novicia era que nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, intentara lo que Aviendha acababa de realizar. Le habían dicho que deshacer un tejido, cualquier tejido, en lugar de dejar que se disipase, siempre acarreaba un desastre inevitable. Inevitable.

—¡Muchacha estúpida! —barbotó Vandene con una expresión tormentosa en el semblante. Se acercó a zancadas a Aviendha arrastrando tras de sí a su castrado—. ¿Eres consciente de lo que has estado a punto de provocar? ¡Un desliz, uno solo, y quién sabe cómo se habría partido el tejido y las consecuencias que habría tenido! ¡Podrías haber destruido todo lo que hay en cien pasos a la redonda! ¡En quinientos! ¡Todo! Podrías haberte provocado la consunción y…

—Era necesario —la interrumpió Aviendha. Un coro de protestas se alzó entre las Aes Sedai montadas que se agolpaban alrededor de Vandene, pero la Aiel las miró ferozmente y alzó su voz sobre las de ellas—. Conozco el peligro, Vandene Namelle, pero era necesario. ¿Es ésta otra de las cosas que vosotras, las Aes Sedai, no sabéis hacer? Las Sabias dicen que cualquier mujer puede aprender, si se le enseña, algunas más y otras menos, pero cualquiera puede si sabe cómo deshacer un bordado. —Hablaba sin tono de sorna. Casi.

—¡Esto no es ningún bordado, muchacha! —La voz de Merilille sonaba como el hielo en pleno invierno—. ¡Cualquiera que sea el supuesto entrenamiento que se imparte entre tu gente, es imposible que sepáis con lo que estáis jugando! ¡Tendrás que prometerme, que jurarme, que no volverás a hacerlo!

—Su nombre debería estar en el libro de novicias —dijo con tono firme Sareitha, que seguía sosteniendo el Cuenco contra su pecho—. Siempre lo he dicho. Debería apuntársela en el libro.

Careane asintió mientras su mirada severa parecía tomar medidas a Aviendha para el vestido de novicia.

—De momento tal vez no sea necesario —dijo Adeleas a la Aiel mientras se inclinaba sobre la silla de montar—, pero debes dejar que te guiemos. —El tono de la hermana Marrón era mucho más suave que el de las otras; sin embargo, no estaba haciendo ninguna sugerencia.

Tal vez un mes antes Aviendha habría empezado a encogerse bajo todas aquellas miradas desaprobadoras de Aes Sedai, pero no en ese momento. Elayne se abrió paso apresuradamente entre los caballos antes de que su amiga decidiera desenvainar el cuchillo que acariciaba en ese momento. O hacer algo peor.

—Quizás alguien debería preguntar por qué pensó que era necesario —intervino al tiempo que rodeaba los hombros de la Aiel, tanto para mantenerle los brazos pegados al cuerpo como en un gesto de consuelo.

Aviendha no la incluyó en la mirada exasperada que dirigió a las otras hermanas.

—Así no quedan residuos —contestó en tono paciente. Demasiado—. Los residuos de un tejido de este tamaño podrían distinguirse hasta dentro de dos días.

Merilille resopló, un sonido muy fuerte para salir de un cuerpo tan menudo.

—Ése es un Talento muy escaso, muchacha. Ni Teslyn ni Joline lo tienen. ¿O es que acaso vosotras, las Aiel, también aprendéis eso?

—Pocas pueden hacerlo —admitió sosegadamente Aviendha—. Pero yo sí. —Sus palabras suscitaron otra clase de mirada, incluso de Elayne; verdaderamente era un Talento muy poco corriente. Pero ella no pareció advertirlo—. ¿Es que afirmáis que ninguno de los Depravados de la Sombra puede hacerlo? —continuó. La tensión de su hombro bajo la mano de Elayne denotaba que no estaba tan serena como aparentaba—. ¿Sois tan necias como para dejar rastros que puedan seguir vuestros enemigos? Cualquiera que sea capaz de interpretar los residuos podría abrir un acceso en este mismo lugar.

Eso habría requerido una gran destreza, una destreza enorme, pero la sugerencia bastó para que Merilille parpadease. Adeleas abrió la boca y luego la cerró sin decir nada, y Vandene frunció el entrecejo con gesto pensativo. Sareitha sólo dejó translucir preocupación. ¿Quién sabía qué Talentos tenían los Renegados y la medida de su pericia?

Cosa extraña, toda la ferocidad de Aviendha desapareció de golpe. Sus ojos se bajaron y sus hombros aflojaron la tensión.

—Quizá no debí correr el riesgo —musitó—. Con aquel hombre observándome no era capaz de pensar con claridad, y cuando desapareció… —Parte de su empuje reapareció, pero no mucho—. No creo que un hombre pueda interpretar mis tejidos —le explicó a Elayne—, pero si era uno de los Depravados de la Sombra o incluso el gholam… Los Depravados de la Sombra saben mucho más que cualquiera de nosotras. Si me equivoqué, tengo un gran toh. Pero no lo creo. No, no lo creo.

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