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La Cúpula

Электронная книга - «La Cúpula». Краткое содержание книги:

La cúpula. Un día de octubre la pequeña ciudad americana de Chester´s Mill se encuentra totalmente aislada por una cúpula transparente e impenetrable. Nadie sabe de dónde ha salido ni por qué está allí. Sólo saben que poco a poco se agotarán las provisiones y hasta el oxígeno que respiran. Es una soleada mañana de otoño en la pequeña ciudad de Chester´s Mill. Claudette Sanders disfruta de su clase de vuelo y Dale Barbara, Barbie para los amigos, hace autostop en las afueras. Ninguno de los dos llegará a su destino. De repente, una barrera invisible ha caído sobre la ciudad como una burbuja cristalina e inquebrantable. Al descender, ha cortado por la mitad a una marmota y ha amputado la mano a un jardinero. El avión que pilotaba Claudette ha chocado contra la cúpula y se ha precipitado al suelo envuelto en llamas. Dale Barbara, veterano de la guerra de Irak, ha de regresar a Chester´s Mill, el lugar que tanto deseaba abandonar. El ejército pone a Barbie al cargo de la situación pero Big Jim Rennie, el hombre que tiene un pie en todos los negocios sucios de la ciudad, no está de acuerdo: la cúpula podría ser la respuesta a sus plegarias. A medida que la comida, la electricidad y el agua escasean, los niños comienzan a tener premoniciones escalofriantes. El tiempo se acaba para aquellos que viven bajo la cúpula. ¿Podrán averiguar qué ha creado tan terrorífica prisión antes de que sea demasiado tarde? Una historia apocalíptica e hipnótica. Totalmente fascinante. Lo mejor de Stephen King.
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Horace seguía enfrascado en su banquete, meneando su trasero sin rabo con un placer que rayaba en el éxtasis (las palomitas tenían muchísima mantequilla, muchísima sal y, lo mejor de todo, habían envejecido hasta alcanzar la perfección), cuando la voz muerta habló de nuevo.

«Llévaselo a ella.»

Pero no podía. Su dueña había salido.

«La otra "ella".»

La voz muerta no toleró otra negativa y, además, ya casi había acabado las palomitas. Horace dejó las pocas que quedaban para más tarde, y retrocedió hasta tener el sobre delante de él. Por un instante olvidó qué debía hacer. Entonces lo recordó y agarró el sobre con la boca.

«Buen perro.»

21

Algo frío dio un lametón en la mejilla de Andrea. Lo apartó y se puso de lado. Por un instante estuvo a punto de sumirse de nuevo en un sueño reparador, pero oyó un ladrido.

– Cállate, Horace. -Se tapó la cabeza con el cojín.

Otro ladrido y, acto seguido, los quince kilos de corgi aterrizaron en sus piernas.

– ¡Ah! -gritó Andi al tiempo que se incorporaba. Clavó la mirada en un par de ojos brillantes, color avellana y un rostro astuto y sonriente. Sin embargo, había algo que interrumpía esa sonrisa. Un sobre marrón de papel manila. Horace lo dejó sobre el estómago de la mujer y bajó al suelo de un salto. En teoría solo podía subir a sus propios muebles, pero la voz muerta le dio a entender que se trataba de una emergencia.

Andrea cogió el sobre; tenía las marcas de los dientes de Horace y unas manchas apenas visibles de sus patas. También había una palomita pegada; la quitó de un manotazo. El contenido abultaba bastante. En el anverso, impresas en mayúscula, podían leerse las palabras CARPETA VADER. Debajo, también impresas: JULIA SHUMWAY.

– ¿Horace? ¿De dónde has sacado esto?

El corgi no pudo responder, claro, pero no fue necesario. La palomita fue reveladora. De pronto le vino a la cabeza un recuerdo tan difuso e irreal que le pareció un sueño. ¿Había sido un sueño o realmente Brenda Perkins había llamado a su puerta tras esa terrible primera noche de síndrome de abstinencia, mientras tenían lugar los disturbios en el otro extremo del pueblo?

«¿Podrías guardarme esto, cielo? Solo durante un rato. Tengo que hacer un recado y no quiero llevarlo encima.»

– Estuvo aquí -le dijo a Horace-, y llevaba este sobre. Lo cogí… al menos creo que lo hice… pero de repente me entraron ganas de vomitar. De nuevo. Quizá lo tiré en la mesa mientras corría hacia el baño. ¿Se cayó? ¿Lo has encontrado en el suelo?

Horace dio un ladrido agudo. Quizá fue un asentimiento; o quizá fue un «Estoy listo para seguir jugando con la pelota si quieres».

– Bueno, gracias -dijo Andrea-. Eres un buen perro. Se lo daré a Julia en cuanto regrese.

Ya no tenía sueño, ni tampoco, de momento, temblores. Pero sentía curiosidad. Porque Brenda había muerto. Asesinada. Y debían de haberla matado poco después de que le entregara el sobre. Un hecho que tal vez lo convertía en algo importante.

– Solo voy a echar un vistazo, ¿vale? -dijo.

Horace ladró de nuevo. A Andi Grinnell le pareció un «¿Y por qué no?».

Andrea abrió el sobre y la mayoría de los secretos de Big Jim Rennie cayeron en su regazo.

22

Claire fue la primera en llegar a casa. Luego Benny y después Norrie. Los tres estaban sentados juntos en el porche del hogar de los McClatchey cuando llegó Joe, atajando por los jardines, al amparo de las sombras. Benny y Norrie bebían una lata de Dr. Brown's Cream Soda caliente. Claire sostenía una botella de la cerveza de su marido mientras se balanceaba lentamente en la mecedora. Joe se sentó junto a ella y Claire rodeó sus hombros huesudos con un brazo. Es frágil, pensó. No lo sabe, pero lo es. Tan frágil como un pajarito.

– Tío -dijo Benny tendiéndole la soda que le estaban guardando-. Empezábamos a preocuparnos.

– La señorita Shumway tenía más preguntas sobre la caja -dijo Joe-. Más de las que podía responder, en realidad. Jo, qué calor hace, ¿no? Parece una noche de verano. -Alzó la mirada hacia el cielo-. Y mirad la luna.

– No quiero -replicó Norrie-. Da miedo.

– ¿Estás bien, cariño? -preguntó Claire.

– Sí, mamá. ¿Y tú?

La mujer sonrió.

– No lo sé. ¿Funcionará el plan? ¿Qué opináis, chicos? Quiero decir qué opináis de verdad.

Por un instante nadie respondió, y esa reacción la asustó. Entonces Joe le dio un beso en la mejilla y dijo:

– Funcionará.

– ¿Estás seguro?

– Sí.

Claire siempre sabía cuándo mentía, aunque también sabía que quizá acabaría perdiendo esa facultad con el paso del tiempo, pero le pareció que en esa ocasión decía la verdad. Le devolvió el beso, con su aliento cálido y hasta cierto punto paternal, debido a la cerveza.

– Mientras no haya derramamiento de sangre…

– Nada de sangre -le aseguró Joe.

Ella sonrió.

– De acuerdo; con eso me basta.

Permanecieron un rato sentados en la oscuridad, sin apenas abrir la boca. Luego entraron en casa, mientras el pueblo conciliaba el sueño bajo la luna rosa.

Era poco más de medianoche.

SANGRE POR TODAS PARTES

1

Eran las doce y media de la madrugada del 26 de octubre cuando Julia entró en casa de Andrea. Lo hizo sin hacer ruido, aunque no había ninguna necesidad; oía la música de la pequeña radio portátil de Andi, los Staples Singers pateando traseros santurrones con «Get Right Church».

Horace salió corriendo a recibirla por el pasillo, meneando el trasero y dedicándole esa sonrisa ligeramente enajenada de la que solo los corgis son capaces. Se inclinó ante ella con las patas extendidas y Julia le rascó brevemente detrás de las orejas: ese era su punto débil.

Andrea estaba sentada en el sofá bebiendo un vaso de té frío.

– Perdona por la música -dijo mientras bajaba el volumen-. No podía dormir.

– Estás en tu casa, cielo -replicó Julia-. Y, para ser la WCIK, eso que suena tiene muchísima marcha.

Andi sonrió.

– Llevan desde la tarde poniendo góspel movidito. Me siento como si me hubiera tocado la lotería. ¿Qué tal ha ido tu reunión?

– Bien. -Julia se sentó.

– ¿Quieres que hablemos de ello?

– A ti no te hacen falta más preocupaciones. Necesitas concentrarte en tu recuperación. Y ¿sabes una cosa? Se te ve un poco mejor.

Era cierto. Andi todavía estaba pálida y demasiado delgada, pero las oscuras ojeras de los últimos días se habían desvaído un poco y brillaba una chispa en sus ojos.

– Gracias por decírmelo.

– ¿Se ha portado bien Horace?

– Muy bien. Hemos jugado a la pelota y luego hemos dormido un poco los dos. Si estoy mejor, seguramente es por eso. Nada como una siesta para que una chica consiga estar guapa.

– ¿Qué tal la espalda?

Andrea sonrió. Fue una extraña sonrisa de complicidad en la que no había demasiado humor.

– Mi espalda está bien. Apenas siento una pequeña punzada, incluso cuando me agacho. ¿Sabes qué creo?

Julia negó con la cabeza.

– Creo que, cuando se trata de medicamentos, el cuerpo y la mente se unen para conspirar. Si el cerebro quiere fármacos, el cuerpo le ayuda y dice: «No te preocupes, no te sientas culpable, a mí de verdad me duele». No estoy hablando exactamente de ser hipocondríaco, no es tan sencillo mentalmente. Es más bien que… -Perdió el hilo, y también su mirada se perdió en algún lugar mientras ella se alejaba mentalmente de allí.

¿Adónde irá?, se preguntó Julia.

Entonces regresó.

– La naturaleza humana puede ser destructiva. Dime, ¿crees que un pueblo es igual que un cuerpo?

– Sí -respondió Julia al instante.

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