El Puente De Alcántara
- Автор: Baer Frank
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Puente De Alcántara». Краткое содержание книги:
– ¡Bah! Todos son iguales -suspiró Felicia-. Y los monjes y sacerdotes son los peores.
– Ya puedes gritarlo en la iglesia -dijo la otra-. Desde que el primero me arrastró tras el altar, cada vez que voy a confesarme llevo un cuchillo.
Y, divertidas, empezaron a hablar con alegría y cruda sinceridad sobre los monjes y sacerdotes con los que habían llegado a las manos alguna vez. Sobre uno que, en el confesionario, siempre apretaba la mano de sus ovejas contra el cirio desnudo. Sobre otro que leía las horas de manera muy peculiar, pero que era tan piadoso que no dejaba las oraciones hasta los primeros sonidos del toque de avemarías, y continuaba sus lecciones cuando el sacristán empezaba a dar las campanadas. Sobre otro que era aún más piadoso, hasta el punto que se hacía dar de latigazos cada vez que terminaba el acto.
– Pero los latigazos los quería suaves, ¡con una cola de zorro!
Comadrearon a más no poder sobre los sacerdotes, para pasar luego a los maridos de sus amigas que no se encontraban cerca, luego a sus propios maridos y, finalmente, a todos los hombres en general. Empleaban expresiones que Karima no llegaba a comprender, contaban historias que la hacían sonrojarse, se superaban unas a otras con ambigüedades y chistes picantes, gritaban a voz en cuello, soltaban tacos, dejaban escapar risitas reprimidas y se quedaban tumbadas riendo. Karima sólo escuchaba boquiabierta.
En algún momento, Felicia extendió un brazo hacia ella.
– ¡Aquí hay algo escrito! -dijo, y le alcanzó un trozo de papel plegado varias veces.
– ¿De dónde lo has sacado? -preguntó Karima.
Felicia señaló la pieza de ropa que tenía en la mano. Era el jubón acolchado que Lope llevaba siempre bajo la cota de mallas. En la parte de dentro, en el lado izquierdo, a la altura del pecho, había un pequeño bolsillo.
– Estaba dentro -dijo Felicia-. Siempre hay que revisar todos los bolsillos. Dios ha hecho a los hombres olvidadizos para que nosotras podamos con ellos.
Karima desplegó cuidadosamente la hoja. El papel estaba blando y manchado, pero todavía podían leerse claramente los dos nombres, y también se notaba aún el circulo que había trazado Lope alrededor de ellos. El recuerdo de aquello seguía tan vivo en la mente de Karima que los ojos se le llenaron de lágrimas. Guardó cuidadosamente el papel en su manga.
– ¿Es algo importante? -preguntó Felicia.
– Sí -dijo Karima-. Algo importante.
Una hora antes del mediodía cogieron sus cestos de ropa y emprendieron el camino de regreso. El campamento se encontraba en una amplia meseta, cortada a pique por tres de sus lados, que se levantaba a unos treinta hombres de altura por encima del valle y el río. Un sendero estrecho y sinuoso conducía hasta lo alto de la meseta.
Karima, sin haberlo pensado mucho, había imaginado que un campamento de mercenarios sería algo parecido a un castillo, rodeado de palizadas y poblado exclusivamente por hombres. En lugar de ello, se había encontrado con una especie de pueblo en medio del bosque. Tiendas, refugios y pequeñas cabañas de esteras, cubiertas con juncos, se levantaban a ambos lados de una amplia vereda, entre grandes pinos. La entrada estaba protegida por una colosal estacada hecha de ramas, palos y arbustos espinosos. Un pueblo con una gran recua de caballos, con ovejas, vacas, cabras y gallos, y bandadas de gansos e incontables perros. Una pequeña comunidad de medio millar de habitantes, la mayoría de los cuales eran mujeres y niños, como comprobó Karima sorprendida el día de su llegada.
Era un grupo abigarrado. Españoles de todas las regiones del país, franceses, gente de las montañas, andaluces, musulmanes, cristianos y judíos, personajes inquietantes y muchachas hermosísimas, y por doquier niños de todas las edades.
Al llegar a la meseta, Karima vio a su vecina, Alienor, la Provenzala, que vivía en la cabaña contigua a la suya. Era la mujer de uno de los dos capitanes del Don. Felicia le había advertido de ella desde el primer día:
– Cuidado con ésa. ¡Tiene fuego bajo la piel!
La Provenzala estaba a treinta pasos de ellas, descalza y con la falda recogida, de modo que se le veían las piernas casi hasta las rodillas. Llevaba la faja de la cabeza tan mal puesta que le caía el cabello, de un tono pardo rojizo. Alrededor del talle se había atado un pañuelo, que acentuaba sus formas. Tenía una belleza casi escandalosa, de la que era plenamente consciente, y hacía alarde de ella en cada movimiento. Llevaba un atado de ropa a la cabeza, lo bastante ligero como para no molestarla. Andaba contoneándose, balanceando los hombros, enseñando los brazos; se movía con la gracia de un animal. Al girar por la amplia calle central del campamento, pareció enderezarse más aún, haciendo su andar todavía más provocativo.
Karima descubrió una expresiva mirada en el rostro de Felicia y se la devolvió, sonriendo y achinando los ojos. De pronto, se puso sobre la cabeza el cesto de la colada, que hasta entonces había llevado en los brazos, se recogió la falda y se llevó las manos a las caderas. Era un palmo más alta que Alienor, y más ancha de hombros, y podía exhibirse tanto como la bella Provenzala. Con la cabeza en alto, pasó sin mirar a los hombres que venían en dirección contraria o la observaban fijamente desde las cabañas de ambos lados de la calle. Escuchó los gritos y los silbidos, y supo que éstos no eran sólo para Alienor.
– ¡Eh, palomita! -la llamó Felicia-. ¡No vuelvas locos a los hombres! ¡Al Don no le gusta! -le advirtió, y, sonriendo, le clavó un dedo en el costado. Karima se apartó con un ágil movimiento, bajó el cesto de la cabeza, se lo apoyó en la cadera y, con el brazo libre, rodeó a Felicia por los hombros y la atrajo hacia si. Las dos se miraron y, en ese mismo instante, se echaron a reír, sujetándose la una a la otra, y siguieron andando entre carcajadas, hasta que, de repente, Karima se dio cuenta de que estaba riendo y se detuvo, sin apenas poderlo comprender. Sólo Dios sabía el tiempo que llevaba sin reír. ¡Cuánto tiempo!
Cuando llegó a la cabaña, sólo Lu'lu estaba sentado bajo el alero. El criado la miró radiante de felicidad. En todos esos meses errando de pueblo en pueblo, Lu'lu había sido siempre un espejo del estado de ánimo de Karima. La había ayudado mucho, consolándola cuando necesitaba consuelo, y dándole ánimos cuando estaba al límite de sus fuerzas. Era un hombre muy comprensivo, siempre pendiente de ella. Había sido el apoyo del que Karima se había valido una y otra vez.
Lope estaba en los establos. La mayor parte de los hombres parecían ocupados con sus caballos o sus armas.
– Corre el rumor de que la tropa partirá hoy mismo -dijo Lu'lu.
Karima conocía el rumor. Felicia también le había hablado al respecto. Cada año, en torno a esas fechas, la tropa del Don levantaba un campamento estable en territorios del señor de Lérida, desde donde podían emprenden expediciones de saqueo, que se prolongaban hasta finales del otoño. Hacía tres semanas había partido ya una avanzadilla, en busca de un lugar adecuado. Esa noche habían llegado dos hombres de la avanzadilla y habían presentado sus informes al Don, señal de que no tardarían en ponerse en mancha. Primero partiría el grueso de la tropa, para conquistar el lugar. Un par de días después los seguiría el resto del convoy, con las mujeres y niños. Así lo hacían cada año, y así lo harían también esta vez. Lo único que no sabía era cuál sería el objetivo.
Karima se puso a extender sobre el tejado de la cabaña las piezas de ropa, todavía húmedas. Lu'lu quiso ayudarla, pero ella no se lo permitió. Tenía que desempeñar el papel que las otras mujeres del campamento esperaban de ella. Y le resultaba muy difícil hacerlo. El comportamiento impersonal y distante de Lope le hacía casi imposible desempeñar correctamente ese papel. Karima pasaba por ser la mujer de Lope, o su amante, su compañera de cama o como quiera que lo llamaran las mujeres del campamento. Había llegado con él y vivía en la misma cabaña que él, de modo que le pertenecía. Nadie lo había puesto en duda hasta entonces, pero era evidente que las mujeres pronto empezarían a sospechar. La rigurosa reserva con que la trataba Lope era ya de por si llamativa, y también Lu'lu se lo había hecho ver.