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Los Últimos Cien Días

Электронная книга - «Los Últimos Cien Días». Краткое содержание книги:

Los últimos cien días de la Segunda Guerra Mundial en el escenario europeo son la culminación del drama que se ha desarrollado a lo largo de toda la contienda. En esos tres meses los Aliados darán el golpe de gracia al Tercer Reich pero, antes de que éste se hunda definitivamente, Alemania tendrá que soportar una tragedia con escasos precedentes en la historia de la humanidad. Víctima de intensos bombardeos, del frío y la falta de alimento, de los excesos cometidos por las tropas rusas y del terror impuesto por los últimos guardianes del nazismo, la población germana acabará recibiendo la noticia de la derrota con indisimulado alivio.
En estas páginas, el historiador John Toland ofrece una extensa, documentada y apasionante reconstrucción de esos últimos y dramáticos días. Su lenguaje ameno y directo, más cercano al periodismo que al propio de los libros de historia, transporta al lector a los diferentes escenarios en los que se libra esa partida final, en un fascinante relato de interés creciente que logra captar toda su atención desde el primer momento.
Los últimos cien días, un clásico imprescindible del que se han vendido millones de ejemplares desde su aparición en 1965, está considerado hoy día como la obra más completa sobre el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa.
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A estos cargos, que en realidad eran infundados, siguió una acusación de que el Servicio de Información británico difundía calumnias al anunciar que los rusos habían asesinado a los polacos del bosque de Katyn. El mensaje terminaba con un párrafo amenazador:

«De su mensaje parece deducirse que no se muestra usted dispuesto a considerar al Gobierno Polaco provisional como base para un futuro Gobierno de unidad nacional, o a asignarle el lugar que en ese Gobierno le corresponde por derecho. Debo manifestar con franqueza que tal actitud impide la posibilidad de un acuerdo acerca del asunto polaco.»

2

Sobre un punto, al menos, la rendición de Italia, Churchill y Stalin se hallaban de acuerdo. Una vez que Dulles obtuvo la aprobación para proseguir con la Operación Amanecer, pidió a Gaevernitz que llevase a los dos emisarios alemanes en avión y automóvil hasta el cuartel general de Alexander en Caserta, localidad situada cerca de Nápoles. Al principio, el comandante Wenner y el oberstleutnent Von Schweinitz se opusieron a los términos aliados de una rendición incondicional, pero en el curso de una sesión que duró toda la noche, Gaevernitz les persuadió para que aceptasen, ya que cada minuto significaba la pérdida de numerosas vidas.

Aún así, Schweinitz insistió en enviar un mensaje al generaloberst Von Vietinghoff poniendo de manifiesto los términos de la rendición. Como al llegar el 29 de abril no se recibiese respuesta alguna, Schweinitz decidió firmar el armisticio -estipulado para el 2 de mayo, al mediodía-, con el fin de que él y Wenner pudiesen entregar los documentos de Vietinghoff a tiempo para que éste diese la orden de alto el fuego a todas las unidades del frente.

Durante la impresionante ceremonia, que se celebró en presencia del general de división A. P. Kislenko, Schweinitz provocó momentáneamente la consternación de los presentes cuando manifestó que actuaba excediéndose en sus poderes.

– Espero que mi comandante en jefe, el general Von Vietinghoff, aceptará, pero no puedo hacerme enteramente responsable de ello.

Un murmullo de sorpresa se levantó de los testigos, pero el teniente general William Morgan, jefe de Estado Mayor de Alexander, declaró sin vacilar:

– Acepto.

Y firmó en nombre de los aliados. Eran las 14'17.

Al día siguiente Churchill telegrafió a Stalin: «Debemos alegrarnos todos de este gran armisticio.» Pero su júbilo era prematuro. Gaevernitz se las había arreglado para hacer volver a los dos alemanes a Suiza, pero no pudo pasarlos por la frontera austríaca. El Bundesrat, el más alto organismo gubernativo suizo, había ordenado el cierre de todas las fronteras. Era evidente que la publicidad que se había dado en todo el mundo a las negociaciones secretas, llegó a resultar molesta para una nación que se enorgullecía de su estricta neutralidad.

Entonces entró en acción Allen Dulles. Abandonando el protocolo, se trasladó ya antes de la hora del desayuno a casa de un funcionario suizo. Mientras éste se afeitaba, Dulles trató de convencerle para que dejase pasar a los dos alemanes. Por fin, a las once de la mañana del 30 de abril, se consintió a Wenner y Schweinitz que saliesen de Suiza en dirección a Italia. Poco después se encaminaban en un destartalado automóvil hacia el cuartel general alemán, situado en Bolzano, en las Dolomitas, donde las carreteras aún no estaban totalmente libres de una reciente nevada.

Utilizaban aquella carretera secundaria debido a que se les había informado que Kaltenbrunner bloqueaba las carreteras principales a fin de evitar que entregasen los documentos de rendición a Von Vietinghoff.

Cuando Wolff regresó al cuartel general de Italia, en la noche del 27 de abril, no halló en él más que confusión. Kesselring, recientemente nombrado para el mando de todas las tropas alemanas en el Sur, acababa de recibir el informe del gauleiter Hofer, de Innsbruck, de que se había firmado un tratado de paz en Caserta. Kesselring ordenó a Vietinghoff que fuese a entrevistarse con él a Innsbruck, donde reiteró firmemente que la capitulación no debía ser tenida en cuenta. A continuación destituyó sumariamente de sus cargos a Von Vietinghoff y a su jefe de Estado Mayor, general Hans Roettiger, y les ordenó que se presentasen en la zona de retaguardia de las Dolomitas, al nordeste de Bolzano, para recibir nuevas órdenes y quedar sometidos posiblemente al juicio de un tribunal militar.

Von Vietinghoff salió como se le mandaba hacia las Dolomitas totalmente decepcionado con Wolff y la Operación Amanecer, pero Roettiger no le acompañó. En lugar de ello se unió a Wolff para tratar de convencer al nuevo comandante de las fuerzas alemanas en Italia, general F. Schulz, para que se uniese a la conspiración. Pero Schulz, que era un militar disciplinado, se negó a actuar sin la aprobación total de Kesselring.

Kenner y Schweinitz llegaron por fin a Bolzano en la medianoche del 30 de abril, cuando la situación parecía más crítica. Se esperaba que la rendición tendría lugar en el plazo de treinta horas, y Schulz no cumpliría con el pacto. Wolff y Raettiger hablaron hasta el amanecer, y al fin decidieron que la única solución era detener a Schulz. A las siete arrestaron al indignado general y a su jefe de Estado Mayor, recluyéndolos en el puesto de mando del Grupo de Ejército Central, vasto refugio subterráneo excavado en una eminencia rocosa.

Con esto se logró aislar a Schulz, pero entonces surgió otra complicación. Los generales Herr y Lemelsen, que mandaban los dos ejércitos alemanes de Italia y a los que se había convencido para que se uniesen en la Operación Amanecer, consideraron la detención de Schulz como un agravio y cambiaron de parecer, asegurando que en tales circunstancias no podían subordinarse a Roettiger ni rendir sus tropas.

Al mediodía, el mariscal de campo Alexander solicitó urgentemente de Wolff, por radio, que le diese informes acerca de la situación, en especial si Vietinghoff y Wolff habían ratificado los términos del acuerdo de Caserta, y si el armisticio ocurriría el 2 de mayo.

El mensaje fue recibido con un equipo secreto colocado en una pequeña estancia situada junto al dormitorio de Wolff, en su cuartel general del palacio del duque de Pistoia. El operador, Vacalr Hradecky -al que los conocidos llamaban Wally para abreviar-, era un checoslovaco que trabajaba para Dulles y que estaba oculto en el palacio, habiéndose alimentado durante toda la semana anterior con la comida que Wolff pedía como si fuese para él.

Se encomendó a Wolff la tarea de convencer al hombre a quien acababa de encarcelar. Schulz, como era lógico, se hallaba profundamente resentido por su detención, y el persuasivo Wolff tardó un par de horas antes de que el general admitiese de mala gana que la rendición en Italia resultaría beneficiosa para la Patria.

– De acuerdo, estamos con usted -dijo Schulz, al fin-. No pondremos objeciones personales ni oficiales, pero no podemos capitular sin la aprobación de Kesselring.

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