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Cuenta hasta diez

Электронная книга - «Cuenta hasta diez». Краткое содержание книги:

Tras ser abandonados por su madre, un chico y su hermano pequeño terminan en la red estatal de hogares de acogida. Sin embargo, quienes a partir de entonces tenían que cuidar de ellos los dejan a su suerte. Y años después…
Reed Solliday tiene más de quince años de experiencia en el cuerpo de bomberos de Chicago, luchando contra los incendios y, sobre todo, investigando su origen. Pero nunca había presenciado nada parecido al reciente estallido de fuegos provocados por alguien frío, meticuloso y cada vez más violento. Cuando en la última casa incendiada aparece el cadáver de una mujer asesinada, Reed se ve obligado a colaborar con la policía. Y la detective de homicidios Mia Mitchell es una mujer impetuosa, más acostumbrada a dar órdenes que a recibirlas, y se niega a aceptar que los motivos habituales puedan ser la causa de un odio tan calculado. Algo más se esconde detrás de todo ello…
Una intriga absorbente por una de las autoras con mayor éxito de ventas en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania.
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– Más la huella del calzado. Antes de que me olvide, Ben dice que el laboratorio le ha comunicado que corresponde al número cuarenta y cuatro.

– Lo que significa que calza el mismo número que miles de hombres en Chicago -se lamentó Mitchell-. A menos que descubramos algo más o que vuelva a atacar, no tenemos nada.

– A no ser que estemos equivocados y que alguien acudiera a casa de los Dougherty con la intención expresa de matar a Caitlin. En ese caso, las compañeras de la residencia pueden ser útiles.

– Solo podemos abrigar esperanzas -murmuró la detective.

Lunes, 27 de noviembre, 18:00 horas

Judy Walters se balanceó en el borde de la cama y exclamó:

– ¡Ay, Señor!

Mitchell se había arrodillado junto a la compañera de habitación de Caitlin y la miraba a la cara.

– Lo siento, Judy, pero necesito que te tranquilices -afirmó la detective-. Quiero que me ayudes a responder a ciertas cuestiones. Deja de llorar.

El tono delicado suavizó la exigencia implacable contenida en las palabras, por lo que la joven se esforzó por controlar el llanto.

– Lo lamento. ¿Quién le disparó? ¿Quién fue capaz de hacer esa barbaridad?

Mitchell se sentó en la cama, junto a Judy.

– ¿Cuándo viste por última vez a Caitlin?

– El sábado… más o menos a las siete de la noche. Montamos una fiesta y había mucho ruido. Supuse que pasaría el fin de semana en el apartamento de Joel. -Parecía muy afligida-. Ay, Señor, tengo que avisarle.

Judy intentó incorporarse, pero la detective le apoyó una mano en la rodilla.

– Todavía no. El padre de Caitlin dijo que había roto con Joel.

– Es lo que Caitlin les contó para que sus padres la dejasen en paz. Joel no le gustaba a su padre.

– ¿Por qué? -intervino Reed y se sorprendió al ver la mirada furibunda de la muchacha.

– Porque su padre es un policía muy controlador y no deja de decirle a Caitlin lo que tiene que hacer.

Algo iluminó la mirada de Mitchell, pero lo controló rápidamente. Su padre había sido policía. El teniente se preguntó cuánto tenían en común Mia y Caitlin.

– ¿Solía pasar el fin de semana con Joel? -quiso saber Solliday.

– Sí, pero es imposible que Joel le haya disparado, ya que la quiere.

– Judy, ¿recuerdas qué ropa llevaba Caitlin esa noche?

– Tejanos y un jersey rojo. -Rompió a llorar-. Fui yo quien le regaló el jersey.

Mitchell le palmeó el hombro.

– Ya conocemos la salida. -La detective esperó a llegar al todoterreno para preguntar-: ¿Encontró remates o cierres metálicos de los tejanos en las proximidades del cadáver?

Reed abrió la portezuela del lado del acompañante.

– Según Ben, en el vestíbulo hallaron botones de metal.

Mia trepó al habitáculo y se volvió con mirada severa.

– En ese caso también la violó.

– ¿Qué hacemos ahora? -inquirió el teniente.

– Tenemos que averiguar cuánto la quería Joel.

Lunes, 27 de noviembre, 18:40 horas

El compañero de habitación de Joel Rebinowitz estudiaba Derecho, de lo que se sentía muy orgulloso. Zach Thornton se interpuso entre los visitantes y la puerta del cuarto de baño, a través de la cual oyeron los sollozos de Joel.

– No dirá una sola palabra, salvo en presencia de un abogado -declaró Zach.

Mia dejó escapar un suspiro.

– Que el cielo nos salve de los abogados en pañales. Oye, chico, quítate de en medio o te llevaré del culo a comisaría por obstrucción.

– No puede hacerlo -replicó con actitud beligerante.

– ¿Qué te juegas? -preguntó Mitchell y notó cómo cambiaba la actitud de Zach-. Supuse que no te arriesgarías. -Llamó a la puerta del cuarto de baño-. Sal, Joel. Tenemos que hablar contigo y no nos iremos sin hacerlo.

– ¡Maldición, lárguense! -La voz de Joel sonó entrecortada-. Déjenme en paz.

Mia miró a Solliday e inquirió:

– ¿Quiere entrar a buscarlo?

Solliday hizo una mueca.

– En realidad no, pero iré.

Thornton cambió de táctica y su expresión se tornó totalmente sincera.

– Acaban de decirle que su novia ha muerto y que está carbonizada. ¿Qué pretenden de él?

– La verdad -replicó Mia-. Joel, te doy cinco segundos o mi compañero entrará.

Pálido y con los ojos hinchados de tanto llorar, Joel salió dando tumbos del cuarto de baño.

– No pienso hablar con ustedes ni los acompañaré a comisaría.

Zach asintió y recuperó su actitud presuntuosa.

– Si lo quieren tendrán que traer una autorización.

– Joel, ayúdanos a aclarar la situación para ocuparnos de los malos de verdad.

– Del verdadero asesino -ironizó Zach-. Eso es.

Mia se puso de puntillas y se colocó a pocos centímetros de la cara de Thornton.

– Cierra el pico o te juro que pasarás la noche en el calabozo. No es un farol. Me tienes harta. Si no te sientas y te callas acabarás rodeado de raperos matones que querrán convertirte en su mejor amigo. Espero que entiendas lo que digo.

Solliday soltó un suave silbido.

– En el calabozo no suelen disfrutar de la compañía de chicos guapos.

Mia se tragó la sonrisa cuando Zach se sentó en su cama sin pronunciar palabra. Se dirigió seriamente a Joeclass="underline"

– Joel, ayúdame a encontrar al culpable. ¿Cuándo viste a Caitlin por última vez?

– El sábado por la noche, alrededor de las siete. Dijo que esa noche había fiesta en TriEpsilon y que tenía que estudiar. Le propuse que se quedara en el apartamento, pero me respondió que si venía acabaríamos… bueno, que no estudiaría. No quería darle a su padre el gusto de verla suspender. -El muchacho cerró los ojos-. Tengo la culpa de todo.

– Joel, ¿por qué dices eso? -intervino Solliday.

– Porque salía demasiado conmigo. Tendría que haberme alejado, como quería su padre.

El crío era inocente o se trataba de un actor consumado. Mia se decantó por la primera opción.

– ¿Supiste algo de ella a lo largo de la noche?

– A las once me envió desde el ordenador un mensaje en el que decía que me quería -concluyó con voz entrecortada.

Mia le echó un vistazo a Solliday y comprendió que estaban de acuerdo con respecto a la inocencia del muchacho.

– Joel, ¿dónde estuviste esa noche?

– Hasta las once, aquí. Respondí a su mensaje y luego me reuní con varios amigos en el salón recreativo.

Joel mencionó seis nombres y la detective tuvo la certeza casi absoluta de que los jóvenes corroborarían sus palabras.

Aunque detestaba presionar en esas condiciones, Mia sabía que era necesario, por lo que inquirió:

– ¿Alguien quería hacerle daño a Caitlin? ¿Alguien la seguía? ¿Alguien la llevó a sentirse incómoda?

Joel se recostó en la pared y apoyó el mentón en el pecho.

– No, no y no.

– Joel, una pregunta más -terció Solliday-. ¿No te has preocupado al darte cuenta de que ni ayer ni hoy tenías noticias de Caitlin?

Levantó la cabeza y su mirada se tornó furibunda.

– Claro que sí. Pensaba que había vuelto a su casa. Yo no podía llamar a casa de sus padres, ya que Caitlin les había contado que habíamos terminado. Supuse que me telefonearía en cuanto pudiera. Esta mañana no ha venido a clase y les he preguntado a sus amigos. Nadie la había visto. Me he puesto muy nervioso y he llamado a sus padres. He dejado dos mensajes en el contestador, pero prefieren verme entre rejas antes que decirme que está muerta -concluyó con amargura-. ¡Malditos sean!

Dadas las circunstancias, Mia comprendió su punto de vista.

Cuando volvieron a montar en el todoterreno de Solliday, la detective meneó la cabeza y comentó:

– Si alguna vez tengo hijos no pienso entrometerme.

Solliday le abrió la portezuela, como había hecho a lo largo del día.

– Nunca digas nunca jamás. -Reed decidió tutearla-. Entiendo a las dos partes. El padre quiere lo mejor para la hija y la hija quiere dirigir su propia vida. Diría que Joel no está implicado.

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