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Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]

Электронная книга - «Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]». Краткое содержание книги:

“Gilgamesh el rey” es una de las más recientes obras de Silverberg, escrita después de una de sus últimas etapas de inactividad. Silverberg nos plantea en este libro una reexploración de la epopeya/mito de Gilgamesh, enfocada aquí no desde el punto de vista del héroe, sino del hombre. La figura legendaria del rey-dios de Sumer se convierte así en un personaje profundamente humano, con todos sus miedos, debilidades y ansias. Su temor a la muerte le llevará a un desesperado periplo en busca de la inmortalidad y a tomar conciencia de la verdad absoluta de la vida. Escrita en primera persona, como un diario íntimo, “Gilgamesh el rey” tiene a un tiempo la fuerza de la épica que le ha dado origen y la profundidad de un inimitable estudio psicológico.
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—¡Lugalbanda! ¡Padre Cielo! ¡Inanna! ¡Inanna! ¡Inanna!

El mío era el quinto carro: un gran honor, porque los cuatro que iban delante del mío pertenecían al general y a tres de los hijos de Agga. Ocho o diez más venían detrás de mí. Tras los resonantes carros avanzaban las columnas de soldados de a pie, primero la pesada infantería, protegida por cascos y gruesas capas de fieltro negro, con hachas en las manos, y luego los ágiles escaramuceros, completamente desnudos, llevando sus lanzas o espadas cortas. Mi propia arma era la jabalina. Tenía una docena de ellas, largas y ligeras, magníficamente fabricadas, en mi carcaj. También llevaba un hacha de doble filo para defenderme cuando se me hubieran agotado las jabalinas, y una pequeña espada, poco más que una daga, muy manejable, por si todo lo demás me fallaba.

Mientras avanzábamos a la carga hacia el enemigo, oí por encima del viento una música como ninguna otra música que hubiera oído antes: una sola nota, fuerte y penetrante, que empezó sorprendentemente débil pero creció y creció hasta llenar todo el aire. Era algo parecido a los agudos sonidos que hacen las mujeres cuando se plañen de la muerte del dios Dumuzi en el festival de la cosecha; pero aquél no era un sonido plañidero. Era vibrante y feroz y jubiloso, y de él brotaban luz y color. No necesité que nadie me dijera qué música era aquella: era la canción de batalla, que brotaba de todas nuestras almas al unísono. Porque nos habíamos fundido ahora en una única criatura con una sola mente, todos los que cargábamos contra los elamitas, y del calor de esa fusión brotaba la silenciosa canción que sólo los guerreros pueden oír. Al mismo tiempo sentí el aura del dios descender sobre mí, el sonido zumbante que comportaba, el resplandor dorado, la sensación de algo enormemente extraño, que me decía que Lugalbanda se agitaba dentro de mí. Me mantuve firme y tuve la sensación de que era una roca sumergida en un oscuro río de rápida corriente, pero no sentí miedo. Quizá mi consciencia me abandonara por un instante. Pero casi al momento siguiente fui plenamente consciente de nuevo, tan consciente corno nunca lo había estado en mi vida. Avanzamos a todo galope hacia la línea elamita.

Los elamitas no poseen carros. Lo que tienen es un gran número de guerreros, y gruesos escudos, y una tosquedad de alma que algunos pueden llamar estupidez, pero que creo que es auténtica valentía. Permanecían densamente apretados delante de nosotros, hombres de recias barbas con ojos tan oscuros como un mes sin luna, vestidos con chaquetillas de cuero gris y sujetando feas lanzas de un modo enmarañado. No tenían rostros: sólo ojos y pelo. Namhani lanzó un gran grito que era casi un rugido y condujo mi carro directamente hacia el centro de la línea.

—¡Enlil! —gritamos—. ¡Agga! —Y yo—: ¡Inanna! ¡Inanna!

La diosa guerrera nos precedía, derribando elamitas como los palos de un juego. Cayeron chillando ante los cascos de los cuatro asnos, y el carro se alzó y cayó como una nave abriéndose paso entre aguas turbulentas mientras las ruedas pasaban sobre los cuerpos caídos. Namhani esgrimió una gran hacha de largo mango con una afilada hoja curvada hacia dentro, tajando con ella los cuerpos de los lanceros elamitas que se atrevían a acercársenos. Yo aferré el mango de una jabalina en cada mano y apunté. Lugalbanda me había dicho muchas veces que la tarea de la vanguardia es destruir el espíritu del enemigo, de modo que los demás carros de batalla y la infantería que marcha detrás de ellos pueda avanzar más libremente. Y la mejor forma de conseguir eso, decía, es elegir a los hombres más grandes del otro bando, los oficiales y los héroes, y derribarlos los primeros.

Miré a mi alrededor. Sólo vi caos, un tumulto de formas apretujadas y lanzas que se agitaban alocadamente. Luego descubrí a mi hombre. Cuando mis ojos cayeron sobre él, la canción de batalla se hizo más fuerte y ardiente en mis oídos, y el resplandor del espíritu de Lugalbanda ardió como la llama azul que surge cuando la cepa datilera es arrojada sobre el fuego. Ése. Ahí. Mátalo, y todo lo demás será más fácil.

Él también me vio. Era un caudillo de la montaña, con el pelo como pelaje negro de un animal y un escudo que llevaba el rostro de un demonio, amarillo con resplandecientes ojos rojos. Él también había comprendido la importancia de matar primero a los héroes, y creo que me había seleccionado a mí comió su héroe, aunque por aquel entonces yo difícilmente merecía ese apelativo. Sus ojos brillaron salvajes; alzó su lanza.

Mi brazo derecho se alzó también, y arrojé la jabalina sin la menor vacilación. La diosa afinó mi puntería: la jabalina se clavó en su garganta, en el angosto lugar entre su barba y el borde superior de su escudo. La sangre brotó de sus labios y sus ojos giraron desaforadamente. Dejó caer su lanza y se derrumbó hacia atrás, agitando furiosamente las piernas.

Un gran grito, como el suspiro de un enorme animal, brotó de los hombres que le rodeaban. Varios se inclinaron para arrastrarlo hasta un lugar seguro. Eso abrió un hueco en los rangos elamitas, y Namhani se apresuró a meter el carro por ahí. Lancé una segunda jabalina con mi mano izquierda con la misma puntería que la primera, y otro alto guerrero se derrumbó. Entonces nos hallamos en el corazón de las fuerzas enemigas, con otros cuatro o cinco carros flanqueándonos. Vi a los hombres de Kish mirarme y señalar, y aunque no pude oír lo que estaban diciendo, estaban haciendo el signo de los dioses hacia mí, como si vieran un manto divino en el aire sobre mi cabeza.

Usé todas mis jabalinas y no desperdicié ninguna. Bajo la fuerza de la carga de los carros, los elamitas se sumieron en confusión, y aunque lucharon valientemente su causa estaba perdida desde los primeros minutos. Uno de ellos consiguió llegar hasta mi carro y lanzar un tajo contra el asno de la izquierda, hiriéndole gravemente. Namhani derribó al hombre con un golpe de su hacha. Luego, saltando por encima de la lanza del carro, el bravo auriga cortó las correas con su espada corta, liberando al animal herido para que no nos frenara. Un elamita se situó a sus espaldas con la lanza apuntando a los hombros de Namhani, pero lo derribé con un golpe de mi hacha, y me volví justo a tiempo para enterrar el mango de mi hacha en el vientre de uno que había saltado al carro desde atrás. Aquellos fueron los únicos momentos de peligro. Los carros iban de un lado para otro, y dieron la vuelta para caer sobre el enemigo desde la retaguardia, y por aquel entonces nuestros soldados de a pie ya estaban en acción, avanzando en una temible falange de once hombres de ancho. Así transcurrió el día para Kish. A la caía de la noche el río corría rojo de sangre y celebramos una alegre fiesta, mientras los arpistas cantaban nuestro valor y el vino corría sin parar. Al día siguiente nos tomó casi hasta el atardecer dividir el botín, tanto había.

Combatí en nueve batallas y seis escaramuzas menores en aquella campaña. Después de la primera batalla, mi carro mereció ocupar la segunda posición, detrás del general pero delante de los de los hijos del rey. Ninguno de los hijos del rey se mostró irritado conmigo por eso. Recibí algunas pequeñas heridas aquí y allá, pero no fueron nada importante, y allá donde arrojaba mi jabalina costaba la vida de algún enemigo. Por aquel entonces no había cumplidlo los quince años; pero soy de sangre divina, y eso constituye una diferencia. Incluso mis propios hombres parecían asustados de mí. Cuando vencimos nuestra tercera batalla el general me llamó aparte y dijo:

—Luchas mejor que nadie que haya visto nunca. Pero hay una cosa que me gustaría que no hicieras cuando te encuentres en medio del enemigo.

—¿De qué se trata?

—Arrojas tu jabalina con cualquiera de tus dos manos. Querría que la arrojaras con una mano o la otra, pero no con las dos.

—Pero puedo hacerlo igual de bien con la derecha que con la izquierda —dije—. Y creo que siembra el terror entre el enemigo cuando me ven hacerlo.

El general sonrió débilmente.

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