El martillo de Dios [The Hammer of God - es]
- Автор: Кларк Артур Чарльз
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Emec
- Переводчик: Daniel R. Yagolkowski
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Dios [The Hammer of God - es]». Краткое содержание книги:
La aparición de un asteoide que amenaza con caer sobre la tierra plantea el gran dilema de fondo: ¿hay que destruirlo en el espacio? ¿No será mejor dejar que caiga y contribuya a arreglar el problema de la superpoblación de la tierra?
Con esos elementos, Clarke recupera las dotes que lo convirtieron en maestro del género: perspicacia para plantear un futuro lejano pero ya visible, capacidad de retar al intelecto del lector al tiempo que lo entretiene, y una ironia cargada de ingenio contundente.
19
La respuesta inesperada
SETI, la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre, se había llevado a cabo con equipo cada vez más sensible, y dentro de una banda continuamente creciente de frecuencias, durante más de un siglo. Se produjeron muchas falsas alarmas y los astrónomos habían registrado algunas «posibles» que podrían haber sido el artículo legítimo, y no meramente fragmentos al azar de ruido cósmico. Por desgracia, todas las muestras percibidas habían sido demasiado breves como para que hasta el más ingenioso análisis por computadora demostrara que eran de origen inteligente.
Todo esto cambió bruscamente en 2085. Una de las partidarias de larga data de SETI había dicho una vez:
«Cuando haya una señal, sabremos con seguridad qué es lo que estamos buscando. No va a ser un tenue siseo, casi hundido en el ruido». Y tuvo razón.
La señal fue recibida fuerte y clara, durante una exploración de rutina, por uno de los radiotelescopios más pequeños del Lado Oculto de la Luna, todavía un sitio bastante tranquilo a pesar del tráfico local de comunicaciones. Y no podía haber dudas sobre su origen extraterrestre. El telescopio que la recibió estaba apuntando directamente hacia Sirio, la estrella más brillante de todo el cielo.
Esa fue la primera sorpresa. Sirio era unas cincuenta veces más brillante que el Sol y siempre había parecido ser un mal candidato para planetas en los que hubiera vida. Los astrónomos todavía estaban debatiendo sobre eso, cuando ellos, y todo el mundo, recibieron una conmoción mucho mayor.
Aunque, visto en forma retrospectiva, el hecho era deslumbradoramente obvio, pasaron casi veinticuatro horas antes de que alguien señalara una interesante coincidencia:
Sirio estaba a ocho años luz y seis décimos de distancia, y el Proyecto EXCALIBUR había tenido lugar hacía diecisiete años y tres meses. Apenas había habido tiempo para que las ondas de radio se desplazaran hacia Sirio y regresaran: quienquiera — o lo que fuera— que hubiese recibido la explosión electromagnética no había perdido tiempo en contestar la llamada.
Tanto como para confirmar la cuestión, la onda portadora proveniente de Sirio estaba en exactamente la misma frecuencia que la pulsación de EXCALIBUR, cinco mil cuatrocientos megahertzios. Sin embargo, hubo una sola decepción importante.
Contrariamente a todas las expectativas, la onda de cinco mil cuatrocientos megahertzios carecía por completo de modulación: no había indicios de que fuera una señal.
Era puro ruido.
Los Renacidos
Pocas religiones sobreviven incólumes la muerte de su fundador. Así ocurrió con el crislamismo, a pesar de los esfuerzos de Fátima Magdalena por designar un sucesor.
Los primeros desacuerdos tuvieron lugar cuando su hijo, Morris Goldenberg, se materializó de la nada e intentó reclamar su herencia. Al principio se lo denunció como pretendiente fraudulento, pero cuando Morris exigió, y consiguió, que se le hiciera la prueba del ADN, el Movimiento tuvo que abandonar esa línea de defensa.
A continuación, Morris hizo la peregrinación a la Meca y, aunque se lo mantuvo a distancia segura de la Caaba, de ahí en adelante insistió en llamarse Al Hadj. Cuán sincero era respecto de esto — o, en verdad, respecto de cualquier cosa— fue tema de ardientes discusiones. Sobre la sinceridad de su madre nunca hubo serias dudas pero, después de su muerte, la mayoría de la gente decidió que Al Hadj Morris Goldenberg no era otra cosa más que un aventurero encantador y creíble, que estaba aprovechan do al máximo la oportunidad que el destino le concedía. Irónicamente, fue una de las últimas personas de las que se supo que fueron víctimas del virus del SlDA, hecho a partir del cual se extrajeron muchas conclusiones discordantes.
En lo que concernía a los no crislámicos, la mayoría de las cuestiones de discusión doctrinaria que fomentaba Morris parecía ser triviaclass="underline" ¿Las oraciones al amanecer y al ponerse el Sol eran el requisito mínimo? ¿Tenían el mismo mérito las peregrinaciones a Belén y a la Meca? ¿Podía reducirse el ayuno del Ramadán a una semana? ¿Era necesario dar diezmos a los «pobres», ahora que la sociedad en conjunto reconocía su responsabilidad en este asunto? ¿Era posible conciliar la orden de Jesús de «beber vino en recordación de mí» con la aversión musulmana al alcohol? Y cosas por el estilo…
Sin embargo, después de la muerte de Morris, los desacuerdos entre las diversas sectas se zanjaron y, durante varias décadas, el crislamismo mostró ante el mundo un rostro bastante unido. En su momento de esplendor afirmaba contar con más de cien millones de seguidores, y era la cuarta religión más difundida de la Tierra, aunque consiguió muy pocos adeptos en la Luna y en Marte.
Al cisma mayor lo disparó, en forma sumamente inesperada, la «Voz de Sirio». Una subsecta esotérica, muy influida por la doctrina sufí, afirmaba haber interpretado la enigmática señal que provenía del espacio, mediante el empleo de técnicas avanzadas para procesamiento de la información.
Todos los intentos anteriores habían fracasado por completo. La señal, si es que eso era, parecía ser ruido sin modulación. Por qué los sirianos habrían de molestarse en trasmitir ruido puro era un enigma que había generado incontables teorías. La más difundida era que, al igual que los mensajes de máxima seguridad que se enviaban en algunos sistemas de cifrado, esa señal simplemente parecía ser ruido. Podía ser una prueba para determinar el nivel de inteligencia, que únicamente los ultrarreligiosos crislámicos — los «Renacidos», como habrían de autodenominarse— habían aprobado, si es que habrían de creerse sus afirmaciones.
Y, sin embargo, el ruido, de origen evidentemente artificial, sí mandaba un mensaje inconfundible: «Estamos aquí». Quizá los sirianos estaban esperando la confirmación, el «apretón de manos electrónico» que exigían muchos dispositivos para comunicaciones, antes de empezar a trasmitir en forma inteligible.
Los Renacidos tenían una respuesta mucho más ingeniosa, aunque no original. En los primeros tiempos de la teoría de las comunicaciones se había señalado que al «ruido puro» se lo podía considerar no como basura carente de sentido, sino como al total combinado de todos los mensajes posibles. Los Renacidos tenían una bonita analogía: imagínese que todos los poetas, filósofos y profetas de la especie humana estuvieran conversando simultáneamente. El resultado sería un torrente de sonido por completo indescifrable… y, sin embargo, contendría la suma total de la sabiduría humana.
Así ocurría con el mensaje de Sirio. No era, ni más ni menos, que la Voz de Dios, y únicamente los Creyentes podían entenderla… con ayuda de un complejo equipo de descifrado y de abstrusos algoritmos. Cuando se les preguntaba qué estaba diciendo Dios exactamente, los Renacidos replicaban:
— Se lo diremos cuando sea el momento justo.
El resto del mundo se reía, claro… aunque hubo algunos refunfuños de recelo cuando los Renacidos construyeron un disco de un kilómetro de diámetro en el lado oculto de la Luna, en un intento por iniciar el diálogo con Dios, o con lo que fuera que estaba del otro lado del circuito. Ninguna de las organizaciones espaciales oficiales había dado un paso así aún, porque no habían logrado coincidir en una respuesta adecuada. En verdad, muchos creían que lo mejor para la especie humana sería permanecer en silencio o, simplemente, emitir música de Bach.
Mientras tanto, los Renacidos, confiados en las especiales amistades que tenían, trasmitían oraciones y homenajes en dirección de Sirio. Hasta sostenían que, como Dios había creado a Einstein y no al revés, no iban a estar limitados por la velocidad de la luz; la conversación que mantendrían no se vería obstaculizada por demoras de diecisiete años.