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La chica del pueblo

Электронная книга - «La chica del pueblo». Краткое содержание книги:

Hace dieciocho años, la joven Tess McPhaill se marchó de su ciudad natal, Wintergreen, en Missouri, para dirigirse a Nashville; y nunca volvió la vista atrás. Convertida ahora en una de las estrellas más importantes del country, «Mac» McPhail, es millonaria. A sus treinta y cinco años, Mac no tiene tiempo para el matrimonio, los hijos o para encontrar a su alma gemela… hasta que sus hermanas insisten en que vuelva a casa para ayudar a cuidar de su madre viuda… A Mac no le entusiasma pasarse un mes en Wintergreen, pero la visita a su ciudad resulta ser de todo menos aburrida. Después de casi dos décadas de ser una persona adorada públicamente, de pronto ahora es un ser inexistente, insultada por su celosa hermana mayor, cabreada por su intratable madre e ignorada por Kenny Kroneck, el vecino al que persiguió sin tregua durante todo el instituto. Convertido en un guapo divorciado, que adora a su hija adolescente, Kenny es un miembro muy respetado de la comunidad… y se niega a darle siquiera los buenos días. Pero una vez que Tess descubre que la hija de Kenny es un prometedor talento de la música country, Mac asume el papel de mentora… y todo cambia…
Poco a poco, la famosa Mac McPhail se convierte en parte integral de la vida de Wintergreen. Los preciados dones de la familia y la comunidad hacen que abra su corazón a las dulces recompensas del cariño y el compromiso. Y cuando la fingida indiferencia entre Mac y Kenny se transforma en una traviesa riña, y más tarde en pasión, la complicada vida de una superestrella cambia para siempre… por la simple dicha del amor…
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SE FUERON EN la vieja camioneta pick up de Casey, que era tan vieja que tenía de aquellos guardafangos traseros protuberantes y curvos, pero el radio funcionaba, y cantaron música country todo el camino al rancho de Dexter Hickey.

El lugar se veía muy distinto de día. La cerca necesitaba pintura, y el césped que lo podaran; sin embargo, el paisaje circundante era arrobador. El rancho estaba rodeado por una extensión de pastos ondulantes, con algunos manzanos salpicados aquí y allá, que daban paso a un bosque.

En el interior del establo, Dexter había dejado para Tess una yegua llamada Girasol. Había dado instrucciones de que la dejaran en el corral después de montarla.

Cuando Rowdy y Girasol estuvieron ensillados, las mujeres montaron. El pelo de los caballos brillaba al Sol, mientras Casey guiaba a Tess por la cerca, hacia los ondulantes bosques.

Casey se volvió sobre la silla y preguntó:

– ¿Cómo te sientes?

– Como si fuera a estar muy adolorida mañana. No estoy acostumbrada a esto.

– Lo tomaremos con calma al principio.

Cuando llegaron a una pradera con florecillas de botones de oro, Casey preguntó:

– ¿Quieres intentar el trote?

– ¿Por qué no?

Hizo que Rowdy trotara, y Girasol lo siguió. Después de poco más de cincuenta metros, iniciaron un tranquilo medio galope que las llevó hasta el borde del valle y a los bosques, donde Casey se detuvo y esperó a que Tess la alcanzara y también se detuviera.

– Los dejaremos descansar un rato -Casey dio unas palmaditas en la espaldilla de Rowdy y luego se quedó en silencio, mirando los árboles. De pronto, sin motivo alguno, preguntó-: ¿Qué pasa entre mí papá y tú?

Tess no logró ocultar su sorpresa.

– Nada.

– Creí percibir algo en la mesa la otra noche, y esta mañana te estaba abrazando en el atrio de la iglesia.

– Me estaba agradeciendo que hubiera ido a cantar.

– ¡Ah, eso era todo! -comentó Casey secamente. Luego añadió-: bueno, sólo en caso de que sí esté sucediendo algo, quiero que sepas que por mí está perfecto -comenzaba a adentrar a su caballo en el bosque cuando se volvió hacia la llanura y dijo-: ¡Vaya, vaya! Mira quién viene.

Tess estiró la cabeza sobre la silla y vio que Kenny se dirigía hacia ellas. Las divisó en la sombra y apresuró al bayo hasta alcanzar un medio galope. Montaba como si fuera algo natural en él, vestido con pantalones vaqueros, una camiseta blanca y sombrero de paja.

Cuando las alcanzó, se detuvo y dijo:

– Cambié de opinión. Me sentía solo en casa -casi no hizo caso a su hija, en cambio, examinó a Tess por debajo del ala de su sombrero de tal forma que reveló más de lo que él deseaba.

Casey sonrió.

– Acabo de decirle a Tess que…

– ¡Casey! -Tess le dirigió una mirada de advertencia.

– Nada -dijo, y volvió su caballo hacia el sendero-. Qué gusto que vinieras, papá. Vamos despacio porque Tess no está acostumbrada.

Montaron otra hora y media más, con poca charla, disfrutando mucho del hermoso día primaveral. Casi a las cuatro de la tarde, cuando ya se dirigían de vuelta al corral, comenzaron a formarse densos nubarrones al suroeste y el viento empezó a soplar.

Kenny ayudó a Tess a desensillar a Girasol. Ella lo miró cuando se llevaba la silla por la puerta del cobertizo y la colocó sobre un caballete de madera.

Él se volvió y la atrapó mirándolo. Cuando regresó a donde ella estaba, preguntó con indiferencia:

– ¿Quieres regresar al pueblo conmigo, Tess?

Ella miró primero a Casey y luego a Kenny.

– Bueno, no creo que…

– Está bien -intervino Casey-. Ve con él. Yo tengo prisa. Ni siquiera tendré tiempo para almohazar a Rowdy. Tengo que arreglarme para una cita -condujo a Rowdy hasta la puerta y lo dejó salir al corral. Luego regresó, saludando con la mano al pasar junto a ellos-. Te veré por la mañana, papá. Es probable que no vuelva hasta después de las once.

– Muy bien. Cuídate.

Un minuto más tarde, Tess y Kenny oyeron el ruido de la camioneta que se alejaba. Almohazaron sus caballos en silencio; luego, él dejó a un lado el cepillo y se acercó a ella.

– Así está bien. Ya me la voy a llevar -condujo a Girasol y a su caballo a la puerta y los dejó sueltos en el corral.

– Vámonos.

Kenny conducía sin prisa, con el viento entrando por las ventanillas abiertas. La miró.

– ¿Tienes hambre?

– Casi desfallezco.

– ¿Qué te parece si un muchacho sencillo de Wintergreen te invita a comer? Conozco el sitio ideal.

La llevó al Sonic Drive-in, un sitio para comer en el automóvil, y se estacionaron bajo un largo toldo de metal. El menú y el micrófono estaban del lado de Kenny. Él colocó el codo en el borde de la ventanilla y revisó el menú.

– ¿Qué quieres?

– Una hamburguesa en canasta.

– Muy bien -pulsó un botón para que los atendieran y pasó la orden. Cuando terminó, se acomodó en su asiento y la miró. Se oyeron truenos al suroeste, pero no les prestaron atención.

Por fin, Tess dijo:

– Casey me preguntó hoy qué sucedía entre tú y yo.

– ¿Y qué le dijiste?

– La verdad: nada -se quitó un pelo de caballo de los pantalones vaqueros-. Luego me dijo que por ella estaría muy bien si comenzáramos algo.

Ambos lo consideraron durante un rato antes de que Tess por fin añadiera:

– Por supuesto, ambos sabemos que no es una buena idea.

– Por supuesto.

– Después de todo, tenemos que pensar en Faith. Y yo regresaré a Nashville en un par de semanas.

– A donde perteneces -añadió él.

– A donde pertenezco.

No les quedaba más remedio que rendirse y darse un beso o morir deseándolo.

El camarero los salvó de cualquiera de esas catástrofes al presentarse para entregarles su bandeja.

– ¿Sabes algo? -dijo Tess mientras él tomaba la comida-. Ésta es la primera cita que tengo en dos años en la que salgo con un hombre y él paga por mi comida y me lleva a casa. He descubierto que ya no puedo hacerlo.

– ¿Por ser demasiado rica? Y, ¿demasiado famosa?

– Tal vez por ambas cosas. Uno nunca sabe con certeza qué es lo que la gente pretende obtener.

Una camioneta pick up azul con tres adolescentes se detuvo a la derecha del auto de Kenny.

– ¿Eso es lo que opinas de mí? -preguntó Kenny-. ¿Que trato de sacar provecho?

– No. Creo que sólo eres un accidente.

– ¡Oh! Eso es muy halagador.

– Sabes a lo que me refiero.

Las hamburguesas estaban jugosas, exquisitas; entonces, ellos dejaron de coquetear para hincarles el diente, comer sus papas fritas con salsa catsup y saborear los pepinillos. Cuando terminó de comer, Tess se limpió la boca con una servilleta de papel y echó un vistazo a la pick up azul.

– ¡Oh, oh! Creo que me reconocieron -dijo. Tres rostros le sonreían y la miraban con la boca abierta.

– ¿Ya terminaste? -Kenny se metió el resto de la deliciosa hamburguesa a la boca.

– Sí, vámonos -respondió ella.

La lluvia comenzó a caer cuando retrocedieron para salir del estacionamiento, por lo que subieron los cristales. Kenny encendió los limpiadores y dio vuelta hacia la calle principal. Rodearon la plaza del pueblo y se dirigieron al norte, por Sycamore Street. Cuando dieron vuelta en el callejón, los árboles se sacudían con el aire de la ruidosa tormenta. Kenny llegó hasta su cochera y hubiera entrado, pero ella le dijo:

– Déjalo aquí. Me gusta la tormenta.

Él la miró brevemente y obedeció. Apagó las luces, los limpiadores y elmotor.

– ¿Vas a correr bajo esta lluvia? -preguntó.

– No. Esperaré un momento.

Cayó más lluvia, hubo más rayos, más truenos, y los dos seguían en el auto sin saber qué más decir. Aunque eran apenas las seis de la tarde, el mundo se veía borroso y oscuro bajo las tormentosas nubes. De pronto, la frustración de Tess explotó.

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