Una Aventura Secreta
- Автор: Бэлоу Мэри
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
– Mira, ahí está -dijo Barbara-. Hannah, ¿estás segura de que…?
– Lo estoy, tonta -le aseguró-. Somos amantes, Babs, y no he terminado con él ni mucho menos. Apostaría lo que fuera a que ese detalle no se lo has comentado a tu vicario en las cartas.
– Ni a mis padres -añadió su amiga-. Se preocuparían muchísimo. Es posible que lleven más de once años sin verte, Hannah, pero siguen teniéndote mucho cariño.
Le dio unas palmaditas en la rodilla a Barbara.
– Nos ha visto -dijo.
Y de hecho fue Constantine quien abrió la portezuela del carruaje y desplegó los escalones en vez del cochero.
– Señoras, buenas noches -las saludó-. Tenemos suerte de que la lluvia de esta tarde haya cesado, al menos de momento. ¿Señorita Leavensworth? -Constantine le ofreció la mano a Barbara, que la aceptó y lo saludó con cortesía.
Los modales de su amiga, por supuesto, siempre eran impecables.
Hannah inspiró hondo. Era la primera vez que lo veía desde la semana anterior. La noche pasada en su casa le parecía casi un sueño, salvo por los efectos físicos que sintió durante los días posteriores. Y salvo por la alarmante punzada de deseo que la atravesó en cuanto volvió a verlo. Y por la emoción de lo que estaba por llegar esa noche.
«¡Dios mío, es guapísimo!», pensó.
En cuestión de minutos, por supuesto, todos los espectadores que acudieran esa noche al teatro sabrían, o creerían saber, que Constantine era su nuevo amante. Uno más de una larga lista de amantes. Al día siguiente a esa misma hora todo el que no hubiera asistido al teatro también lo sabría.
El señor Constantine Huxtable era el nuevo amante de la duquesa de Dunbarton.
Sin embargo y por primera vez, estarían en lo cierto.
Barbara ya estaba sana y salva en la acera.
– ¿Duquesa? -Le tendió la mano y sus ojos se encontraron.
Jamás había visto unos ojos tan oscuros. Ni tan hipnóticos. Nunca había visto unos ojos que tuvieran ese efecto tan letal en sus rodillas.
– Espero que alguien haya secado la acera-le dijo al tiempo que aceptaba su mano-. No me gustaría mojarme el bajo del vestido.
Era evidente que alguien lo había hecho. Y que también se habían encargado de controlar a la multitud. Se había abierto un camino para permitirles entrar en el teatro. Hannah contuvo una sonrisa al entrar, cogida del brazo derecho de Constantine. Barbara iba cogida del brazo izquierdo.
El palco ducal, que se encontraba en la primera planta de las tres que rodeaban el patio de butacas con forma de herradura, estaba situado cerca del escenario. Entrar en el palco era casi como salir a escena. Dudaba mucho que alguno de los presentes no se volviera para verlos entrar y saludar al resto de los invitados, que habían llegado antes y estaban de pie, charlando, a la espera de tomar asiento. Seguro que todos repararon en el detalle de que la amiga de la duquesa se sentó entre la señora Park y el hermano de esta, mientras que ella lo hacía junto al señor Constantine Huxtable.
Su nuevo favorito. El primero desde la muerte del viejo duque y su regreso a la ciudad. Su nuevo amante.
Fue fácil interpretar los cuchicheos que se escucharon por todo el teatro.
También fue fácil echar un lento vistazo a su alrededor con despreocupación, tal como había hecho en incontables ocasiones mientras el duque seguía vivo. La había enseñado a mirar a su alrededor en vez de clavar la vista en el regazo. La única diferencia era que en ese momento no sentía la alegre curiosidad que siempre la acompañaba al saber que las especulaciones acerca de su acompañante masculino eran erróneas.
Esa noche no eran erróneas.
Y se alegraba muchísimo.
Colocó una mano enguantada en el brazo de Constantine y se inclinó un poco hacia él.
– ¿Has visto La escuela del escándalo? -le preguntó-. Es una obra muy antigua. Debo de haberla visto diez o doce veces, pero siempre me hace gracia. Creo que no te parecerá demasiado aburrida ni demasiado larga.
– ¿Suponiendo que estoy impaciente por que termine cuanto antes para por fin proceder con el verdadero asunto de esta noche, duquesa?
– Nada de eso -replicó-. Pero creía que te interesarían más las tragedias.
– ¿En consonancia con mi aspecto demoníaco? -quiso saber él.
– Precisamente -contestó-. Aunque, por supuesto, ya me has explicado por qué las tragedias de las óperas no son realmente tragedias. Me quedé más tranquila. Supongo que lo próximo será decirme que los héroes de dichas tragedias no mueren al final.
– También es tranquilizador, ¿verdad? -replicó él-. Estás preciosa esta noche, vestida de blanco. De hecho, resplandeces.
Tenía un brillo extraño en los ojos… burlón, tal vez.
– ¿De alegría? -inquirió-. Nunca resplandezco de alegría. Sería vulgar. Seguro que te refieres a mis joyas. -Levantó la mano izquierda-. El diamante del dedo corazón fue un regalo de bodas. En su momento no creí que fuera de verdad. No sabía que pudieran ser tan grandes. El que llevo en el meñique fue un regalo de cumpleaños. -Le enseñó ambas manos-. Recibí un anillo por cada cumpleaños después de ese, para los distintos dedos, hasta que me quedé sin dedos y tuvimos que empezar de nuevo, ya que me parecía un poco incómodo llevar anillos en los pies. Y también recibí un anillo por cada aniversario de boda y por un sinfín de ocasiones memorables.
– ¿Y por Navidad? -le preguntó Constantine.
– Siempre recibía un collar y unos pendientes por Navidad -respondió-, y una pulsera para el día de San Valentín, que el duque siempre celebraba, el muy tonto. Era muy generoso.
– Como todo el mundo puede ver -señaló él.
Hannah bajó las manos a su regazo y volvió la cabeza para mirarlo de frente.
– Las joyas están pensadas para que los demás las vean, Constantine -repuso-. Al igual que la belleza. No pienso disculparme por ser rica o guapa.
– ¿O vanidosa? -añadió él.
– ¿Decir la verdad me convierte en vanidosa? -preguntó-. He sido guapa desde la infancia. Seguramente seguiré siendo guapa cuando envejezca, si vivo hasta entonces. Me han dicho que tengo una buena estructura ósea. No presumo de ser responsable de mi belleza, de la misma manera que un actor o un músico no presume de ser responsable de su talento. Pero todos tenemos la responsabilidad de usar los dones con los que hemos venido a este mundo.
– ¿La belleza es un don? -quiso saber Constantine.
– Lo es -le aseguró-. La belleza debería ser fomentada y admirada. Hay demasiada fealdad en la vida. La belleza puede reportar alegría. ¿Por qué decoramos nuestras casas con cuadros, jarrones y tapices? ¿Por qué no escondemos todas esas cosas en armarios oscuros para que no se estropeen con el tiempo?
– Detestaría que te escondieras en un armario oscuro, duquesa -replicó él-. A menos que yo pudiera esconderme contigo, por supuesto.
La respuesta estuvo a punto de arrancarle una carcajada. Pero la risa no formaba parte de su personaje público y no le cabía la menor duda de que era objeto de muchas miradas.
– La función está a punto de comenzar -dijo Constantine, de modo que ella se concentró en el escenario.
No se había explicado bien, ¿verdad? El duque la había enseñado a no maldecir su belleza, a no desconfiar de ella, a no intentar ocultarla. Y a no negarla. Cosas que hacía en mayor o menor medida cuando se casó con él. La había enseñado a ensalzar su belleza y a celebrarla.
Y la había celebrado. Durante diez años había sido la niña de sus ojos, y eso había bastado.
O casi.
En ese momento se preguntaba cuánta alegría había reportado su belleza. A su duque sí le había reportado alegría. Pero ¿a alguien más? ¿Importaba que no hubiera sido así? El duque era su marido. Había sido su deber y su gozo proporcionarle alegría a él.
¿Cuándo fue la última vez que experimentó verdadera alegría? Ese tipo de alegría que llevaba a la gente a girar con los brazos extendidos y la cara hacia el sol entre la hierba y las flores del campo. Ese tipo de alegría que llevaba a la gente a echar a correr por la playa con el viento alborotándole el pelo.